Camino por el pasillo haciendo resonar cada uno de mis pasos sobre las baldosas.
Las zapatillas de Liam eran ruidosas y chirriaban.
Y luego estaba su chándal. El que me dio la tarde del miércoles y que todavía llevaba puesto.
Me quedaba enorme. La sudadera gris con su número del equipo me llegaba casi por las rodillas y me quedaba como un barco.
Para que los pantalones no me quedaran como una vela de barco tuvo que enrollármelos tres veces a la cintura.
No me dijo de donde lo saco, cuando regreso al vestuario de espaldas tendiéndomelo. Simplemente me lo entendió y espero pacientemente a que me vistiera antes de llevarme de regreso a mi casa.
Y ahora llevaba su ropa.
Porque la mía todavía no había aparecido. Y mis uniformes de sobra estaban en la lavadora esta mañana.
Pero eso no estaba en mi mente en ese momento.
Lo único en lo que podía centrarme es en seguir buscándolas.
A Chloe.
A Marianne.
No tenía palabras para describirlas.
Llevaba desde que sonó el timbre a primera hora recorriendo cada rincón del instituto buscándolas sin éxito.
Busque primero en la clase, no estaban. Luego en la biblioteca, vacía. Luego en la cafetería, cerrada hasta el recreo. En los baños de la segunda planta.
No. Estaban. En. Ningún. Sitio.
Eso era lo que más me desesperaba.
Siempre estaban cuando menos quería verlas. Y ahora que estaba deseando encontrarlas no estaban por ninguna tarde.
No se iba a hacerles cuando las encontrara. Pero no sería bonito para nadie.
La segunda clase comenzó hace unos minutos. También me la salte. No me importaba.
No me importaba que me pusieran una falta o que me castigaran y llamaran a mi madre.
Prefería un regaño a seguir quedándome sentada en una silla fría fingiendo que nada ocurría mientras todo se desmoronaba en mi interior.
Gire la esquina del pasillo en dirección a unas puertas de cristal que daban al campo de rugby.
A través de él podía ver el césped con sus líneas marcadas y las gradas.
Mi mano se aferró al tirador de la puerta antes de escuchar una voz a mis espaldas.
—Ni se te ocurra.
La voz llego tan cerca que el vello de mi nuca se erizo.
Antes de que pudiera girarme una mano se aferró a mi muñeca arrastrándome hacia un lado. Mi espalda choco contra el metal de las taquillas del pasillo.
Al levantar la vista encontré unos ojos grises que me observaban con intensidad.
Liam
Me tenía acorralada contra la pared. Cada uno de sus brazos se encontraba a cada lado de mi cabeza y su cara tan cerca de la mía que podría ver perfectamente la grieta de su labio partido y el surco amarillento de sus moratones.
—Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando hacer— susurro.
—No sé de qué hablas— respondí.
—Si lo sabes. Llevas toda la mañana buscándolas. Te he visto. A primera hora, has recorrido todos los pasillos, cada una de las esquinas. ¿Crees que no me he dado cuenta?
—No es asunto tuyo.
—¿Qué no es asunto mío? —pregunto frunciendo el ceño— Ayer fui yo quien te saco de esas duchas. Es mi ropa la que llevas ahora puesta. Mi número el que llevas en la espalda. ¿Y según tu no es mi asunto?
Aprete la mandíbula.
—No te metas Liam.
—Ya estoy metido. —respondió con una media sonrisa— Y tú vas a dejar de buscarlas. No vas a enfrentarte a ellas. Y no vas a hacer ninguna tontería.
—¡No es una tontería! —explote empujando su pecho con los puños. Sin conseguir apartarlo— ¡Lo que hicieron ayer no tiene nombre! ¡Me dejaron encerrada en un baño sin ropa durante horas! ¿Y piensas que voy a seguir quedándome quieta? ¿Esperas que lo ignore de nuevo, como todo lo que han hecho hasta ahora?
—No estoy diciendo que lo ignores.
—Entonces ¿Qué esperas?
Liam acerco su cara un poco más a la mía. Su nariz roso la mía y pude sentir su aliento caliente en mis labios
—Espero que confíes en mí.
Pestañee conmocionada.
—¿En ti? —pregunte.
Todo mi cuerpo se paralizo cuando mis labios estuvieron a solo un milímetro de tocar los suyos al hablar. El también parecido afectado pero lo disimulo.
—Tengo un plan— continuo con la voz ronca.
Espere que siguiera hablando, pero se quedó en silencio.
—¿Qué plan? —pregunte al fin conteniendo el aliento.
Negó con la cabeza separándose hasta enderezarse por completo.
—No voy a decírtelo.
Levante la cabeza para mirarlo a la cara. Lo cual fue complicado por lo alto que era.
—¿Cómo que no vas a decirme?
—Si te cuento vas a pensar que estoy loco o que es una mala idea. O ambas. Así que vas a tener que confiar por primera vez en mí.
—¿Confiar en ti? —repetí la pregunta como una completa estúpida.
—Si Yvonne. Confía en mí.
Asentí muy bien sin saber por qué mirándolo a los ojos. Había algo en ellos que no había visto antes.
—Vale— susurre.
Sonrió nuevamente agarrando mi mano para arrastrarme por el pasillo.
—¿A dónde vamos? —grazne trotando detrás de él.
—A clase.
—¡Pero si acabo de saltármela!
—Pues llegas tarde. Yo te cubro.
—¿Qué me cubres? ¡Con que plan!¡No me lo has contado!
—Confía Yvonne. ¿No era eso lo que me has dicho hace unos segundos?
Fruncí el ceño, pero no me queje. Caminaba demasiado rápido y casi sentía que podría volar como una cometa agarrada a su mano, pero no quería soltarlo.
Llegaos a la puerta del aula de lengua. La señora Morrison estaba impartiendo la clase.
Y Liam abrió sin llamar.
Todos se voltearon a mirarnos. Y en la primera fila las vi.
Chloe y Marianne, observándonos. Cuando se dieron cuenta que llevaba el chándal de Liam sus ojos se abrieron como platos.
Las mire de vuelta notando la rabia ya familiar asentarse nuevamente en mi pecho.
—Señorita Fournier— resonó la voz de la señora Morrison— Que alegría que haya decidido honrarnos con su presencia. ¿Por casualidad sabe qué hora es?
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Editado: 09.03.2026