Un amor a contraluz

Martes 30 de Mayo

El timbre sonó cinco minutos después de lo que debería.

Recogí mis cosas mis mirar a nadie a mi alrededor. Sin ganas de nada.

Los últimos seis días fueron un lapsus interminable de clases. Liam se sentó a mi lado en clase cada hora, cada día.

Su brazo encontró el mío en cada movimiento por encima de la mesa, su olor a menta se impregno en mi ropa, en mi piel y incluso en mis sueños.

Pero también en mis pesadillas. En cada una desde el día de las duchas.

El momento se reproducía cada noche en cada sueño de forma constante, con los mismo tres protagonistas.

Chloe, Marianne y Liam.

Las mismas risas que sonaron aquel día, las mismas palabras se reproducían una y otra vez.

Pero algo cambiaba en la historia.

El.

En el sueño se unía a ellas. Siguiendo sus bromas y lanzando comentarios crueles.

Me despertaba a las tres de la madrugada empapada de sudor con las sabanas pegadas.

Y no podía volver a dormir

Ya iban cuatro noches así.

Siempre con el mismo final. Porque no podía ser real.

Porque gente como Liam Croft no se fijaban en gente como soy.

Porque los monstruos no se enamoraban de sus presas.

Porque si el se enteraba de lo rota que estaba, de lo dañaba que estaba, saldría corriendo.

Porque la idea de que corriera de mi dolía mas que la idea de que todo fuera una mentira.

Así que fingía.

Fingía estar bien cuando sus brazos me rodeaban. Fingía creerme sus mentiras. Fingía que no notaba sus ojeras, su cojera, los moretones amarillentos de su mandíbula.

Porque fingir siempre fue más fácil que afrontar la verdad.

Pero luego llegaba la noche y las grietas se abrían.

Sali del instituto arrastrando los pies sintiendo que la mochila pesaba el doble. O tal vez era yo que pesaba el doble. La que se estaba quedando son fuerzas para seguir fingiendo.

Las piernas me llevaron sola a la cancela. Una, dos, diez, pisadas más y estaba afuera.

Pero antes de dar el ultimo paso, dos brazos me rodearon por detrás alrededor de mi esternón dejándome paralizada.

El corazón me dio un vuelo al tiempo que me tensaba entero y mi respiración se cortaba.

—Soy yo. tranquila— murmuro una voz contra mi oreja.

Era ronca, familiar. Demasiado conocida.

Liam.

Mi cuerpo se negó a responder.

El por supuesto lo noto.

Yvonne— dijo despacio soltándome apenas lo suficiente para girarme hacia el— Oye ¿Qué ocurre?

Cuando sus ojos encontraron los mío vi como fruncia el ceño. Como buscaba algo en mi expresión, algo que le dijera que es lo que ocurría.

No podía decírselo.

—Nada— conseguí articular— no dormí bien y estoy cansada.

—No es es— respondió demasiado rápido.

—Es eso— insistí.

Mo se lo trago.

Su mano encontró mi barbilla obligándome a mirarlo. Con cuidado.

—Yvonne— repitió— ¿Qué cojones te pasa? Llevas toda la semana rara. Y no me refiero a tu rara normal. Me refiero a rara-rara. Como si tu cabeza estuviera en otra puta parte a mil años luz de aquí.

—No estoy…

—No me mientas— corto cansado— Me he dejado la puta piel por ti. Lo único que te pido es que dejes de mentirme.

—No te estoy mintiendo.

Liam soltó un bufido retirando la mano dejando que el aire frio golpeara mi piel

Su tacto dejo un vacío que me costo todo lo que me quedaba de sentido común para no buscar su tacto nuevamente.

—Si no quieres contar no cuentes— susurro con un deje de decepción.

—Solo quiero ir a casa y dormir— dije tratando de cambiar de tema.

El me miro largo y tendido.

—Vale— dijo finalmente.

Y eso fue todo. No insistió, no pregunto, no presiono.

Y dolió mas que cualquier otra cosa que pudiera decir.

—Voy a casa— murmure ajustando la correa de mi mochila sobre mi hombro— nos vemos.

Di medio paso alejándome de el pero su mano encontró mi muñeca. Sin fuerza. Solo poso su mano sobre mi piel.

—Te acompaño.

—No hace falta.

—No he preguntado la hacía.




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