Un amor a contraluz

Martes 30 de Mayo

Estaba sola en casa.

Mi madre iba a estar toda la semana en un viaje de negocios en sabe dios donde y yo estaba sola.

El silencio es una de las cosas que menos me gustaba de la casa. es lo que mas se hizo notar después de que papa se marchara.

Sostenía un plato de porcelana blanca que encontré en el lavaplatos frente a mí. Sobre el se encontraba un trozo de pizza frio del domingo.

No me había molestado en calentarlo. Porque realmente no tenía abre igualmente.

Llevaba sin tenerla desde hacia seis días. Desde esa tarde.

Intente obligarme a probar un bocado. Cuando la porción rozo mis labios la aparte rápidamente depositándola en el plato.

—Vale— murmure para mi misma— Vale.

No valía nada.

Me levante arrastrando los pies descalzos de regreso a la caja de cartón con el nombre de la pizzería pintado en la cubierta.

Cerré la tapa justo en el momento justo.

Ding-dong

El timbre.

E quede inmóvil en medio de la cocina con la mano apoyada cobre la superficie de cartón.

Las once y media de una noche de martes.

Mama estaba a doscientos kilómetros de casa y la única que tenia llaves era yo a excepción de Samuel que estaba en Londres.

Ding-dong.

Nuevamente.

—Vale, ya voy.

Atravesé el pasillo arrastrando todavía lo pies. La casa estaba a oscuras iluminada únicamente por la luz amarillenta de la cocina.

Pase por delante del espejo del recibidor y me pare a observarme. Pero revuelto, cara pálida, sudadera gigante y ojeras de mapache.

Ding-dong.

—¡Ya voy leche!

Abrí la puerta y mi mundo se detuvo.

Liam. Con un chándal gris y las manos metidas en los bolsillos sosteniendo bajo uno de sus brazos un saco de dormir enrollado.

—¿Qué…? ¿Qué haces aquí?

No respondió, se limitó a mirarme de arriba abajo antes de regresar a mi cara.

—Voy a quedarme a dormir.

Así. Sin más.

Como si fuera la cosa mas normal del mundo presentarse en casa de alguien a las once y media de la noche con un saco de dormir bajo el brazo.

—¿Qué? —grazne.

Dio un paso hacia delante. Luego otro. Hasta que quedo a menos de un palmo de mi cerrando la puerta a sus espaldas.

—Mira no se que te pasa— dijo en un susurro—No sé porque llevas toda la semana con esa cara de perro apaleado.

Trague saliva con dificultad.

—Liam…

—No— corto suavemente— No me digas que estas bien. No me cuentes otra vez la excusa de que estas cansada y solo necesitas dormir.

Levanto la mano posando sus dedos en mi barbilla tirando de mi suavemente hacia él.

—No se que te pasa— repitió— Pero no voy a parar hasta saberlo.

Sus ojos perforaron los míos.

—Puedes esconderte— continuo— puedes fingir, decirme que me largue y no volver a dirigirme la palabra en la vida. Pero voy a seguir aquí. En la puerta de tu casa, en clase. Voy a seguirte al puto infinito si hace falta.

Su mano tiro de mi hasta que solo hubo un suspiro entre nuestros labios.

—Así que Yvonne— susurro— puedes rendirte ahora, o después. Pero te prometo que vas a acabar rindiéndote.




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