Estaba tirada en el sofá de mi casa como un ovillo humano completamente inservible.
La tele se encontraba puesta en algún canal aleatorio al que no había prestado atención en un aproximado de tres horas mientras maldecía a Liam mentalmente.
El maldito no había consentido decirme nada.
el viernes por la noche, cuando ya había perdido toda esperanza de que escribiera mi teléfono vibro. Casi me abrí la cabeza cuando me lancé sin miramientos sore el para alcanzarlo.
Liam: te echo de menos Fournier.
Me quede mirando la pantalla con el corazón en un puño observando como los tres puntitos aparecían y desaparecían del chat.
Liam: te echo de menos para seguir vacilándote.
Liam: eres muy graciosa cuando te enfadas.
Liam: sobre todo cuando intentas pegarme y no llegas.
Liam: enana.
Lance el teléfono con tanta fuerza hacia la otra punta del cuarto que todavía no sabia como la pantalla no se había roto. Aunque tampoco me importo, porque me hundí entre los cojines y no respondí a ninguno de los mensajes.
Te hecho de menos Fournier.
Ese mensaje todavía seguía marcado en mi cabeza y no se marchaba por mucho que quisiera.
Tampoco es que hiciera mucho esfuerzo por alejarlo.
Me gusto leerlo.
Y eso me confundía mas que todas las cosas.
Ding-dong.
El timbre corto el hilo de mis pensamientos haciéndome levantar la cabeza de la posición tan cómoda que había conseguido.
¿Quién llamaba un sábado por la tarde? ¿Y porque quien sea no utilizaba el teléfono como todo el mundo?
Ding-dong
Nuevamente.
Gemí incorporándome sin demasiado ánimo.
El camino desde el sofá hasta la puerta fue un suplicio.
Al mirar por la mirilla parpadee varias veces confundida.
Un chico. Debería de tener la edad de Samuel, sobre unos veinte. Llevaba el uniforme de una empresa de mensajería que no reconocí y tenía una caja enorme entre las manos.
Blanca. monstruosamente grande. Con un lazo rojo en la parte superior de esos que ponían en los regalos de las series adolescentes.
Abrí con algo de cautela.
—¿Yvonne Fournier?
—Si. Soy yo.
—Firma aquí.
Me tendió un dispositivo electrónico con una pantalla diminuta y un lápiz digital sujeto con un cable. Lo agarre torpemente sin dejar de mirar la caja.
—¿Qué es? —pregunte estampando mi firme en la pantalla.
El chico se encogió de hombros mientras recuperaba el dispositivo y lo guardaba en uno de sus bolsillos.
—Solo entrego, no pregunto—respondió con voz monótona—Pero pesa lo suyo te lo adelanto. Cuidado al cogerla.
Me coloco la caja en los brazos con cuidado y el peso me hizo arquear la espalda.
—Gracias— dije, pero el chico ya estaba alejándose del porche hacia su furgoneta.
Me quede en la puerta un momento, sosteniendo la caja como si se tratara de un explosivo. Cuando me fije con mas detalle vi dos palabras escritas en la esquina superior de la caja.
Yvonne Fournier.
Únicamente mi nombre.
Sin remitente, ni logotipo.
Estaba escrito con una caligrafía que me resultaba demasiado familiar.
Letras mayúsculas, ligeramente ladeadas a la derecha.
Mi cerebro pareció recordar de golpe y visualice de repente los apuntes que Liam había estado dejando caer sobre mi mesa en las ultimas semanas.
La misma letra de la nota en la caja con las fotos del viaje a los lagos.
Mi corazón dio un vuelco.
Cerré la puerta con un pie y subí las escaleras con cuidado de no caerme. La caja me impedía ver mis propios pies, así que avance a ciegas apoyando un pie detrás de otro con cuidado.
El primer escalón lo encontré con el dedo gordo y maldije en voz alta.
—Concéntrate, Yvonne— me dije a mi misma.
Un escalón. Luego otro. Así fui subiendo la escaleras durante al menos cinco minutos.
¿Qué locura había hecho Liam ahora?
Porque no había ninguna duda de que se trataba de él.
Cuando llegue al rellano y gire a la izquierda entre a mi habitación empujando la puerta que estaba entreabierta.
La cama se encontraba desecha, como siempre. La ropa del ayer estaba sobre la silla y los apuntes de historia estaban desperdigados sobre el escritorio.
Deje caer la caja con cuidado sobre la cama y me quede mirándola un momento demasiado largo.
El lazo rojo contrastaba perfectamente con el blanco de la caja. Y mi nombre en una esquina hacía que un escalofrió me recorriera de pies a cabeza.
Tanta perfección me ponía nerviosa.
Exhale varias veces antes de comenzar a desatar el lazo.
El lazo se deslizo entre mis dedos con demasiada facilidad mientras lo deslizaba a un lado. La caja no tenia cinta adhesiva, no tenía ningún precinto, solo la tapa.
Pase las manos por la superficie fría y lisa del cartón a la vez que tragaba saliva.
—Vale—susurre— Vale.
Levante la tapa y me quede sin aire.
Dentro protegido por capas y capas de papel de seda blanco, había un vestido.
Pero no un vestido cualquiera.
Uno de satén. Lo sabia incluso antes de tocarlo por la forma en la que la luz de la ventana rebotaba en su superficie.
Era amarillo, pero no uno cualquiera. Era amarillo pastel, como el de la mantequilla. Amarillo crepuscular.
El tipo de amarillo que parecía absorber toda la luz del mundo y devolverla multiplicada.
Mis manos temblaban cuando aparte el papel de seda lentamente, como si estuviera tocando algo sagrado.
Las capas cayeron a los lados de la caja arrastrando consigo el olor a nuevo y tienda cara.
El vestido era largo hasta el suelo y la tela al levantarlo cayo en una cascada perfecta hasta el suelo.
Lo sostuve frente a mi como si sostuviera un trozo de cielo.
Mi mirada abarco el corpiño sencillo con un escote de palabra de honor que dejaba los hombros al descubierto con un drapeado en el centro donde me imaginaba que iría mi pecho.
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Editado: 28.03.2026