La puerta de la habitación que había pertenecido a Samuel durante diecinueve años estaba entreabierta y desde el pasillo podía escuchar a mi madre revolotear alrededor de Maddox Vanderbilt como una abeja alrededor de una flor particularmente extraña.
—Y aquí tienes el armario, esta casi vacío porque Samuel se llevo casi toda su ropa a Londres, pero si necesitas perchas tengo unas en el trastero, y las sabanas son de algodón egipcio, no sé si estarás acostumbrado a algo mejor, pero son muy suaves, y la ventana da al jardín trasero, por las mañanas entra mucha luz, espero que no te moleste, si te molesta puedo poner unas cortinas mas gruesas, y el baño esta justo al lado, es compartido con Yvonne, pero ella es muy ordenada, no te preocupes por eso y…
Maddox no había dicho una sola palabra desde que cruzo el umbral de la casa tras sus padres.
Me asomé con cuidado apoyando la mano en el marco de la puerta y lo vi en medio de la habitación inmóvil rodeado de cuatro maletas gigantes de color negro mate, de esas que parecen sacadas de un anuncio de aerolínea de lujo. Estaban alineadas a sus pues.
El chico no había hecho ni el más mínimo amago de abrirlas, de moverlas, de sentarse en la cama que mi madre había preparado con tanto esmero. Simplemente estaba allí, de pie, con las manos todavía hundidas en los bolsillos de su chaqueta azul marino mirando la habitación con una expresión difícil de interpretar.
Mi madre seguía parloteando moviéndose de un lado a otro como si estuviera poseída por el espíritu de la hospitalidad. Abría el armario para enseñarle las perchas vacías, corría las cortinas para que pudiera apreciar la luz de la tarde y ajustaba la almohada que ya estaba perfectamente ajustada.
—Y si tienes frio, hay una manta en el armario del pasillo, la de cuadros, no se su la has visto, y si tienes calor la ventana se abre del todo, solo hay que girar la manilla hacia arriba y…
—Mama— intervine desde mi sitio en la puerta— Creo que Maddox necesita un momento para instalarse.
Mi madre se giro hacia mi con las mejillas encendidas y el pelo algo despeinado. La mire y por un momento vi lo que debía haber sido antes de que papa se marchara. La mujer que organizaba cenas, recibía invitados y llenaba la casa de gente.
—Tienes razón cielo, tienes razón— dijo pasándose una mano por el pelo tratando de ordenarlo— Perdona, Maddox, estoy un poco nerviosa. No todos los días se tiene un invitado nuevo en casa.
Mi madre espero la respuesta de Maddox durante un segundo, luego otro, pero el solo parpadeaba como si estuviera en un trance. Hasta que finalmente mi madre sonrió ligeramente algo tensa.
—Bueno— dijo— yo… voy a preparar algo de picar. Por si tenéis hambre antes de la graduación, hay que reponer fuerzas.
Salió de la habitación casi sin hacer ruido lanzándome una mirada preocupara antes de perderse por el pasillo.
Ninguno de los dos hizo nada por romper el silencio que se formó.
Maddox seguía ahí en medio de la habitación de mi hermano, con sus cuatro maletas y su traje carísimo sin mirar nada. O realmente estaba mirándolo todo. No lo sabia con certeza.
Me apoye contra el marco de la puerta y cruce los brazos sobre el vestido cuidando de no arrugar el satén.
—Bueno— dije al fin— esto es todo. Es pequeña, pero Samuel dice que se duerme muy bien. La cama es cómoda.
Nada.
—Las paredes son finas, eso sí. Se oye lo que pasa en la cocina. Por las mañanas mama pone la radio y no hay quien duerma después de las ocho.
Seguía sin obtener respuesta.
—También se oye cuando hablo por teléfono. O cuando pongo música. Así que, si te molesta, avísame. Puedo ponerme cascos. O hablar mas bajo.
Eso pareció hacerlo reaccionar porque me miro. No de forma amable, pero tampoco hostil.
—No creo que sea un problema.
Su voz sonó diferente que cuando la escuche en el aeropuerto. Un poco más… hueca. Como si pronunciara las palabras porque tuviera que hacerlo no porque realmente le apeteciera hablar.
—Vale— respondí— Pues eso. Bien.
Me gire para marcharme, pero algo me detuvo. No supe el que. Quizás fue la imagen de mi madre arreglando la almohada con tanto cuidado o la forma en la que Samuel me pidió que confiara en él.
Quizás fue que comprendía lo que podría estar sintiendo, la sensación de llegar a un sitio en el que no encajas y sientes que nadie te quiere allí.
Por eso me gire nuevamente.
—¿Quieres que te enseñe el baño? Es compartido, como te ha dicho mi madre. Esta justo al lado.
Maddox levanto una ceja y por primera vez su expresión no fue completamente de fastidio
—¿El baño?
—Si. Para que sepas donde están las toallas y esas cosas. Por si necesitas algo.
—No necesito nada.
—Bueno, pero igualmente. Por si acaso.
No se movió ni dijo nada.
Se me ocurrió que tal vez no quisiera estar aquí, tal vez prefiriera estar en Manhattan, en su casa enorme, con sus cosas caras y su vida de rico aburrido. Tal vez todo esto le parecía aburrido y patético.
Pero estaba aquí, y el también. Y Samuel me había pedido que confiara en él.
Así que di un paso al frente, y luego otro, hasta que me senté en el borde de la cama, con cuidado de no arrugar la falda y le sonreí.
—Mira, se que esto no es lo que mas te apetezca. Un año en un pueblo inglés, en una casa pequeña, compartiendo baño con una desconocida. Comprendo que no es exactamente el sueño americano.
Me miro y algo brillo en sus ojos, algo a lo que no supe ponerle nombre.
—Pero— continue— Puede que no sea tan horrible como parece. El instituto esta bien. Bueno, depende de a quien preguntes. A mi no me ha ido muy bien los últimos tres años, pero últimamente parece que las cosas están cambiando. Y la zona es bonita. Hay un lago cerca, y bosques, y si te gusta correr o andar en bici, hay rutas muy chulas.
—No me gusta correr.
—¿Nadar? ¿Leer? ¿Algún deporte?
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Editado: 28.03.2026