El sol del medio día me golpeaba la nuca mientras caminaba por Green Lane con las bolsas de plástico cortándome la circulación de los dedos.
Maddox había sido un imbécil esta mañana.
Realmente llevaba siendo un imbécil toda la semana, pero esta vez se había superado.
El director Croft había suspendido las clases a primera hora porque una tubería había reventado en el ala de ciencias ya todo el instituto olía a cloaca y humedad.
Cuando estaba regresando a casa después de que nos reunieran en el patio para avisarnos que se suspendían las clases recibí un mensaje de Maddox pidiéndome un favor.
Me pidió que le comprar algunas cosas que eran importantes para un partido de dentro de unos días y si no las tenia al terminar el entreno Torre lo mataría.
Lo que siguió fue una lista interminable, desde un vendaje deportivo, hasta barras de proteínas que solo las vendían en una tienda en todo el pueblo que estaba en la otra punta de donde estaba, hasta un cargador de teléfono porque el suyo había muerto y no podía entrenar sin música.
Y justo había tenido que ser hoy.
En mi cumpleaños.
Aunque Maddox no lo sabía, o eso me esperanzaba en creer.
Al menos yo no se lo había dicho. Porque llevaba años sin celebrarlo.
Desde que hace cuatro años, el primer cumpleaños después de que papa se fuera, llamo por teléfono para felicitarme.
Pero no fie una felicitación feliz, fue como si alguien lo estuviera obligando, como si felicitar el día que su propia hija había nacido fuera un mero tramite para poder continuar con su vida perfecta.
Esa noche me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin voz, Samuel tuvo que tirar la puerta abajo pensando que me había desmayado.
Desde entonces no lo celebraba, porque no me gustaba.
Odiaba que la gente me felicitara cuando no lo sentían de verdad, y odiaba más que yo tuviera que sonreír demostrando una felicidad que realmente no sentía.
Hoy solo quería estar sola, en silencio, sentada en el sofá hasta que el sor se pusiera y el reloj marcara las doces dando por finalizado un día mas en el calendario.
Metí las manos en el bolsillo de mis jeans buscando las llames de la casa, pero no las encontré.
Palpe en el otro bolsillo y nada.
—Mierda— gruñí dejando la bolsa en el suelo para buscar mejor.
Finalmente las encontré al final de mi bolsillo derecho, enterradas bajo un chicle sin abrir y un pañuelo de papel usado.
Cuando las metí en la cerradura la puerta se abrió con un chirrido y me encontré con que las cortinas del salón estaban echadas.
Cosa que no recordaba haber echo antes de irme esta mañana.
Quizás fue Maddox antes de salir al entrenamiento, o mi madre.
Cerré la puerta a mis espaldas y me apoyé contra ella dejando las bolsas en el suelo del recibidor antes de cerrar los ojos soltando un resoplido ruidoso.
Quizás ahora podía estar en silencio un rato antes de que Maddox llegara de entrenar.
Note un leve olor a canela y masa de hornear que me hacia recordar a cuando era una niña y Samuel hacia galletas por navidad.
Pero Samuel no estaba y mi madre y Maddox no sabían ni encender el horno sin quemar la casa entera, aunque tampoco preste mucha atención.
—Has tardado en llegar.
Mis ojos se abrieron del golpe y mi cuerpo se enderezo por reflejo casi haciéndome caer hacia el frente.
Al levantar la cabeza mi corazón se acelero latido a latido .
Porque en la puerta de mi salón estaba apoyado el.
Liam.
Vestido con pantalones de traje azul oscuro y una camisa de un tono de azul mas claro.
Estaba cruzado de brazos apoyado contra el marco de la puerta observándome fijamente desde su estúpida altura.
—Liam— grazne enderezándome nerviosa mas de lo que estaba— ¿Cómo has entrado aquí?
Se despego del marco de la puerta dando un par de pasos en mi dirección quedándose a un palmo de mi.
—Maddox me a dejado entrar— respondió.
—¿Maddox? —repetí atónita— ¿Como que te ha dejado entrar? Maddox esta entrenando.
—No— sacudió la cabeza— Maddox te ha mandado a comprar para que la casa estuviera vacía.
El mundo se movió bajo mis pies.
—¿Qué?
—Tenia que ser hoy. —continúo ignorando mi pregunta— No podía ser otro día.
—¿Qué no podía ser otro día?
En lugar de responder acorto la distancia que nos separaba mirándome de arriba abajo recorriendo mi cara hasta detenerse fijamente en mis labios.
—Liam— insistí temblando—¿Qué pasa?
Bajo la vista hasta mis dedos que seguían marcados por la presión del peso de la bolsa, y sin decir nada se agacho lentamente sin dejar de mirarme.
Sus labios quedaron a un suspiro de los míos y me petrifique en mi sitio con el corazón latiendo como un tambor.
Finalmente volvió a enderezarse un segundo después sosteniendo la bolsa en su propia mano.
Me quede mirándolo sin saber que decirle, sin saber porque estaba en mi casa y que significaban sus palabras.
—Ven— dijo y antes de que pudiera reaccionar su mano envolvió mi muñeca con suavidad.
Sus dedos rodeaban perfectamente el hueso de mi muñeca y la calidez de su palma contrastaba con el frio de mi piel.
—¿Qué…?
Pero literalmente comenzó a arrastrarme detrás de el de camino al salón sin detenerse, casi haciéndome tropezar con mis propios pies y causando que mis zapatillas se deslizaran por el suelo de madera.
—Liam, para— jadee— ¿Qué estas haciendo? ¡Para!
Pero no paro.
Siguió tirando de mi hasta que cruzamos el recibidor, pasamos el perchero y atravesamos las puertas del salón.
Cuando por fin paro me quede helada al mirar a mi alrededor.
Todo estaba a oscuras iluminado únicamente por la luz de las velas de un pastel que se encontraba en medio de la mesa central del salón.
Era de chocolate con el numero dieciséis escrito a mano en blanco sobre una base marron y todo repleto de velas.
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Editado: 15.05.2026