Un Amor imposible hecho realidad

1 El pasado de dos almas

Estaba harto de la insistencia de mis amigos, pero ya no tenía escapatoria. Ricardo y los demás no iban a dejarme en paz hasta que cumpliera el reto.

—Bien. Haré el estúpido reto —le dije a Ricardo—. Pero si me hace sentir aún más incómodo, te las verás conmigo.

Él solo se rio y me empujó.
—Ve por Dione Cortez. Bésala y ya. Fácil.

Salí a buscarla por toda la universidad. Cuando por fin la hallé, mi expresión se volvió fría por pura inercia. Caminé directo hacia ella. En cuanto nuestros ojos se encontraron, fue la primera en hablar.

—¿Qué quieres?

Me acerqué más, con paso firme. Le sostuve la mirada.
—Esto va a ser rápido, ¿de acuerdo? Solo tengo que besarte y ya está.

Noté cómo se tensó. Un frío pareció recorrerle el cuerpo. Y ahí estaba yo, otra vez molestándola.

—No, gracias —respondió.

Me detuve frente a ella y la miré con molestia. Puse mi mejor cara de arrogante.
—¿No? ¿No te gusta la idea de que un chico como yo te bese?

Me acerqué más, hasta quedar a centímetros de su rostro.
—No me gustas. Te estás burlando de mí. ¿Otra vez? —soltó una risa sarcástica.

—Sí, me burlo de ti. ¿Y qué? Eso no significa que no pueda notar que eres linda.

—Antes me has golpeado. Todavía tengo el moretón. ¿Y ahora quieres besarme?

Bajé la vista y vi el moretón en su brazo. Por un segundo, algo en mi pecho se apretó. No me gustó verlo.
—Eso fue un accidente. No quería lastimarte —dije, tratando de sonar serio, aunque mantuve mi expresión impasible.

—¡Sí, claro! ¡Contigo todo es un accidente! —fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir con eso? No todo lo que hago es un accidente.

—Entonces a veces lo haces a propósito.

La miré con sorpresa. ¿De verdad creía eso de mí?
—¿Por qué crees que lo hago a propósito? No soy tan cruel.

—¡Sí lo eres! Siempre te diviertes con mi sufrimiento.

Me quedé callado un momento. Luego recurrí al sarcasmo porque no sabía qué más hacer.
—Ah, ¿es eso lo que piensas? Bueno, supongo que es cierto. Me divierte molestarte porque eres fácil de irritar.

Me miró fijo. Vi cómo mis palabras le afectaban, pero guardó silencio. Eso solo me hizo insistir más.

Me acerqué con una sonrisa de suficiencia.
—¿Qué pasa? ¿Te quedaste sin palabras? No esperaba que fueras fácil de intimidar.

Su silencio me molestó aún más. Me reí suavemente y puse una mano en su hombro.
—Vaya, ya no tienes nada que decir. Me gusta ver tu cara de frustración.

Comenzaba a disfrutar de su silencio. Se veía tan indefensa cuando se quedaba sin palabras. Me agaché un poco para quedar a su altura y la observé.
—Vamos, no te quedes ahí parada. Di algo.

Levanté la mano y coloqué un mechón de su cabello detrás de su oreja. Sonreí.
—¿Estás nerviosa ahora? Puedo ver cómo te tiemblan las piernas.

Y entonces pasó. Me besó. Me quedé helado por un segundo hasta que sentí un dolor agudo. Me había mordido.

—¡Hey! ¿Qué haces?

En lugar de soltarme, me mordió aún más fuerte.
—¡Duele! ¡Suéltame! —gemí y tiré de ella para que me soltara.

—Me lo debías.

La miré con irritación, pero también con sorpresa.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Por qué me mordiste?

—Es... Es por todas las veces que me has humillado.

Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. En un segundo, la Dione desafiante se rompió frente a mí y dejó ver a alguien mucho más vulnerable. Me sentí terrible.

—Eh... Lo siento, no era mi intención hacerte llorar.

Me quedé paralizado al verla llorar. No supe cómo reaccionar y terminé sentándome en el suelo.
—Oye, no llores. Ya te dije que lo siento. No quería hacerte daño.

Pero no paraba. Me sentía culpable y avergonzado. Me reincorporé y me acerqué otra vez, tratando de suavizar la voz.
—Por favor, detente. No era mi intención hacerte llorar, de verdad.

—Siempre me molestas. ¡Te odio!

Bajé la mirada. Por primera vez no tuve una respuesta sarcástica.
—Lo sé. Lo siento. Yo... simplemente no sabía cómo actuar a veces. Nunca he sido bueno con las emociones.

—Me provocas miedo e incluso ganas de desaparecer.

Esas palabras me helaron la sangre.
—¿Miedo y ganas de desaparecer? No quería hacerte sentir eso. Lo juro.

—Pero ya lo has hecho. ¿Contento?

Me quedé en silencio. La culpa me estaba consumiendo.
—No, no estoy contento. Sé que he sido un tonto contigo y que he hecho cosas que te han hecho daño. Pero no quería que eso pasara. No quería hacerte llorar.

—Ya estoy llorando.

—Lo siento. De verdad. No sé cómo arreglarlo.

—Las heridas ya están hechas.

Sus palabras me golpearon más fuerte que su mordida. Tenía que cambiar. Le había hecho mucho daño, tal vez más del que imaginaba.

—¿Puedo hacer algo para compensarte? Cualquier cosa. Te prometo que haré todo lo que esté a mi alcance. Lo que sea. ¿Hay algo que realmente quieras?

—¿Estás dispuesto a todo, André?

—No me importa lo que sea, lo haré.

En ese momento estaba suplicando que me perdonara, queriendo arreglar las cosas a mi manera. No estaba preparado para lo que dijo después. Una frase que, sin saberlo, marcaría mi destino.

—André Grant, quiero que desaparezcas de mi vida...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.