“André Grant, quiero que desaparezcas de mi vida...”
Las palabras que le escupí años atrás en ese pasillo de la universidad me golpean ahora como un bofetón. Y el universo, con su humor cruel, me lo pone enfrente en un restaurante elegante, como mi prometido.
Mi padre sigue sonriendo, radiante por su alianza comercial. No tiene idea de que acaba de encadenarme al chico que me provocó miedo y ganas de desaparecer.
—André —dice papá, palmeándole el hombro—. Qué gusto que aceptaras la cena.
André se pone de pie. Más alto. Más ancho de hombros. El cabello pelirrojo más oscuro, peinado hacia atrás. Ya no es el adolescente arrogante del reto estúpido. Ahora viste un traje que debe costar más que mi auto, y ese porte… ese maldito porte calmado.
Pero sus ojos siguen siendo los mismos. Verdes. Intensos. Huracán por dentro.
—Señor Cortez. Dione —su voz es más grave. Me mira directo.
No contesto. El corazón me late en la garganta. ¿Me reconoce? ¿Recuerda mi cara llena de lágrimas, mi mordida, mi “te odio”?
—Hija, siéntate —insiste papá, apartándome la silla como si esto fuera una cena normal de domingo.
Obedezco porque las piernas no me responden. Me siento frente a él. Frente a André Grant. El chico al que le dije que desapareciera. Y lo hizo. Durante años. Hasta hoy.
Un mesero nos sirve agua. Aprovecho para mirar el moretón que ya no existe en mi brazo, pero que todavía siento. "Eso fue un accidente" dijo aquella vez. Mentira.
—Dione trabaja en diseño conmigo —comenta papá, orgulloso—. Tiene un talento increíble. Ella se encargará de la línea nueva que lanzaremos con ustedes en Europa.
André asiente, sin quitarme los ojos de encima. Estudia mi cara como si buscara algo. ¿Culpa? ¿Miedo? ¿La chica que lo mordió?
—Lo recuerdo —dice al fin, y su voz me raspa la memoria—. Siempre fuiste… creativa.
Se me corta la respiración.Lo recuerda. Sabe exactamente quién soy. Y por cómo aprieta la mandíbula, también recuerda lo último que le dije.
Papá no nota la tensión. Sigue hablando de números, exportaciones, telas italianas. Yo solo puedo oír el eco de mi propia voz adolescente: “ Me provocas miedo e incluso ganas de desaparecer”.
Bajo la vista al mantel blanco. Está impecable, como mi vestido escarlata. Como la mentira que estamos a punto de vivir.
—La boda será en seis meses —anuncia papá, como si hablara del clima—. Tiempo suficiente para que se conozcan mejor.
Seis meses. Ciento ochenta días con el chico que juré odiar. Ciento ochenta días fingiendo que no quiero salir corriendo.
Levanto la vista y me topo con la de André otra vez. Ya no hay sarcasmo en ella. Solo algo indescifrable. ¿Remordimiento? ¿Curiosidad?
No lo sé. Y me aterra descubrirlo.
—Un brindis —propone mi padre, alzando su copa—. Por la familia Grant Cortez.
André alza su copa también. Sus nudillos están blancos. Los míos deben estar igual.
Tomo mi copa con dedos temblorosos. El cristal está frío. Como aquel día en la universidad. Como su mirada antes de que yo lo besara y lo mordiera.
“¿Estas dispuesto a todo, Andre? ”
“No me importa lo que sea, lo haré.”
Chocamos las copas. El sonido es delicado, casi musical.
Qué irónico. Él dijo que haría cualquier cosa para compensarme. Y ahora el destino me lo entrega en bandeja de plata.
¿Sigue dispuesto a todo?
Porque yo no he olvidado. Y el 2 de mayo me recuerda cada año por qué.
Bebo el agua. No sabe a nada. Como mi futuro.
—Salud —murmuro.
Y en mi cabeza, termino la frase que empezó hace años:
Andre Grant, quiero que desaparezcas de mi vida...
pero parece que tendrás que vivir en ella primero.
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Editado: 01.05.2026