Un Amor imposible hecho realidad

4 Cadenas para André

“André Grant, quiero que desaparezcas de mi vida...”

Escuché esas palabras durante años en mi cabeza. En juntas, en vuelos, en noches de insomnio. Y ahora la mujer que las pronunció está sentada frente a mí, con un vestido escarlata y los ojos más verdes y furiosos que recordaba.

Dione Cortez. Mi prometida.

El señor Cortez sigue hablando de aranceles y telas italianas. Yo solo puedo verla a ella. No ha cambiado el color de sus ojos, pero todo lo demás sí. Ya no es la chica de universidad que temblaba de rabia. Es una mujer. Elegante. Fría. Y me mira como si yo fuera un fantasma que acaba de salir del pasado para arruinarle la cena.

Porque eso hice, ¿no? Arruinarle la vida.

—Siempre fuiste… creativa —logro decir. Es lo único que mi cerebro procesa. Creativa. Como cuando convirtió un beso en una mordida que me dejó marca por una semana. Y culpa por años.

No responde. Aprieta la copa con tanta fuerza que sus nudillos se ponen blancos. Los míos también. El agua debe estar helada, pero yo siento fuego en la nuca.

_“Me provocas miedo e incluso ganas de desaparecer.”_ Me lo dijo llorando. Y yo, idiota, solo supe quedarme callado. Esa noche juré que si alguna vez tenía la oportunidad, lo arreglaría. _“No me importa lo que sea, lo haré.”_

El universo me escuchó. Y me castigó con estilo.

—La boda será en seis meses —anuncia su padre—. Tiempo suficiente para que se conozcan mejor.

Seis meses. Ciento ochenta días para pagar una deuda que no sé cómo saldar. Ciento ochenta días bajo esa mirada que me dice que todavía me odia. Y con razón.

Dione por fin levanta la vista. Chocamos miradas y es como volver a ese pasillo. Veo a la chica del moretón. Veo las lágrimas. Veo mi reflejo en sus ojos, y no me gusta lo que encuentro.

No hay sarcasmo en mí ahora. No hay retos estúpidos de Ricardo. Solo hay un nudo en el estómago y la certeza de que esta mujer puede destruirme con una palabra. Ya lo hizo una vez.

—Un brindis —dice el señor Cortez—. Por la familia Cortez-Grant.

Levanto mi copa. Me tiembla la mano. Solo un poco. Suficiente para que ella lo note. Suficiente para que sepa que no soy inmune a esto. A ella.

Chocamos las copas. El sonido es limpio, delicado. Todo lo que yo no fui con ella.

Dione murmura “Salud” y bebe. Yo también, pero el agua me sabe a hierro. A sangre. A la que le saqué con mis burlas años atrás.

Su padre sigue hablando, pero yo repaso mentalmente cada maldita cosa que le hice. El moretón. El cabello detrás de la oreja. _“Me gusta ver tu cara de frustración.”_ ¿En qué estaba pensando? Tenía 18 y me creía intocable. Ahora tengo 26 y estoy aquí, a punto de casarme con la única persona a la que realmente lastimé.

Y la peor parte: una parte enferma de mí se alegra de verla. Porque después de ella, ninguna otra mirada me caló igual. Ninguna otra voz me persiguió en sueños.

_“¿Estás dispuesto a todo, André?”_

La miro sobre el borde de mi copa. Está rígida, con la espalda recta, como si una armadura invisible la protegiera de mí.

Sí, Dione. Sigo dispuesto a todo.

Aunque ese “todo” ahora signifique aguantar tu odio seis meses. Aunque signifique casarme contigo sabiendo que probablemente me desprecias. Aunque signifique pasar cada día tratando de demostrarle a la chica que me mordió que ya no soy ese chico.

Dejo la copa en la mesa. Con cuidado. Como si cualquier movimiento brusco fuera a romperla a ella. O a romperme a mí.

Porque ella quería que desapareciera de su vida.

Y ahora no pienso irme hasta que me diga que me quede.




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