Lunes, 8:47 a.m. Oficinas de Cortez Moda, piso 32.
André llega puntual. Traje gris, sin corbata, el cabello pelirrojo peinado hacia atrás como si no hubiera pasado la noche en vela. Ojalá la hubiera pasado. Ojalá mi mensaje le haya quitado el sueño.
No dice nada de mi mensaje. Yo tampoco. _Regla #1: hielo_.
—Buenos días —saluda a mi equipo. Voz grave, postura perfecta. El André Grant que cierra tratos millonarios, no el chico que me dijo _“me gusta ver tu cara de frustración”_.
—Señor Grant —contesta Marta, mi jefa de taller. Me mira de reojo. Todos lo hacen. Todos saben quién es. El prometido. El heredero de Grant Exportaciones. El hombre que va a poner nuestra marca en Europa.
Todos menos yo saben que también es el chico que me hizo llorar en un pasillo.
—No es señor Grant aquí —digo, sin mirarlo. Reviso unos bocetos sobre la mesa de corte—. En mi taller es André. Y hoy va a aprender dónde está cada cosa.
Lo escucho tomar aire. Una inhalación corta. Sorpresa, tal vez. Esperaba una oficina, un café, una charla incómoda. No un taller a las 9 a.m. con olor a tela nueva y tiza.
—Perfecto —contesta. Y hay algo en su tono. No es sarcasmo. Es… resignación. Como si ya supiera que hoy le toca perder.
Bien.
*9:15 a.m.*
Le asigno la mesa 3. La de los aprendices. Le doy un cúter, una regla de patronaje y 40 metros de muselina para cortar.
—La línea de resort es en septiembre. Necesitamos prototipos. Cortas mal, se pierde tela. Se pierde tela, se pierde dinero —recito, con la misma voz que uso para negociar con proveedores—. ¿Entendido, André?
Asiente. Se quita el saco, lo dobla con cuidado y lo deja en una silla. Se arremanga la camisa hasta los codos. Tiene antebrazos marcados. No me fijo. _No me fijo._
—Entendido, Dione.
Escuchar mi nombre en su boca, sin “Cortez” detrás, me descoloca medio segundo. Solo medio segundo. Luego vuelvo a ser hielo.
*11:03 a.m.*
Lleva dos horas cortando. No se queja. No mira el celular. No habla con nadie. Solo corta, mide, marca con tiza. Una vez se pincha con un alfiler y ni siquiera maldice. Solo aprieta la mandíbula y sigue.
Marta se me acerca. —Oye, ¿estás segura de esto? Es el hijo de…
—Es mi prometido —la corto—. Y si va a poner su apellido en mi marca, va a entender cómo se hace un vestido desde cero.
Marta no dice más. Nadie dice más.
*1:30 p.m.*
Hora de comida. El equipo baja. Yo me quedo. Él también.
Estamos solos en el taller. El ruido de la ciudad se cuela por la ventana. Huele a tiza, a tela y a algo cítrico que debe ser su perfume. O su shampoo. _No me importa_.
Se limpia el sudor de la frente con el dorso de la mano. Tiene un corte pequeño en el dedo índice.
—Tienes el botiquín en ese cajón —digo, señalando sin verlo—. No manches la muselina.
Se levanta. Abre el cajón. Saca una curita. No pide ayuda. Se la pone solo, con torpeza.
El silencio es grueso. Puedo cortarlo con el mismo cúter que le di.
—¿Vas a decirme por qué? —suelta al fin. No me mira. Sigue concentrado en su dedo.
_Regla #3: No caer en su juego._
—Por qué ¿qué? —contesto, pasando una página de mi libreta como si nada.
—Por qué hoy. Por qué esto. Por qué no contesté tu mensaje y aun así vine.
Dejo el bolígrafo. Lo miro por primera vez en horas. Directo a esos ojos verdes. Calma por fuera. Huracán por dentro. Sigue ahí.
—Porque dijiste que harías lo que fuera —respondo—. Y yo estoy cobrándomelo.
No dice nada. Solo asiente una vez. Se guarda la curita sobrante en el bolsillo y vuelve a la mesa 3.
*6:00 p.m.*
El taller queda vacío. Él sigue. La pila de piezas cortadas a su lado es perfecta. Ni un milímetro desviado. Odio que sea bueno en esto. Odio que no se rinda.
Me pongo de pie. Agarro mi bolso.
—Mañana a las 8 —digo, ya en la puerta—. Y trae ropa que puedas manchar. Vamos a teñir.
No me contesta. Solo sigue cortando. La luz de la tarde le pega en el cabello y lo vuelve casi dorado.
Cierro la puerta detrás de mí.
En el ascensor, me permito exhalar. Las manos me tiemblan. _Regla #1 fallida_.
Porque no fue miedo lo que sentí hoy viéndolo callado, obediente, con la curita en el dedo.
Fue algo peor.
Fue culpa.
_“Empezamos el lunes”_, le escribí. Empezó. Y ahora no sé si estoy castigándolo a él… o a mí.
El celular vibra cuando llego al lobby. Un mensaje.
*André Grant*
Entendido, jefa. Nos vemos a las 8.
¿Jefa? No Dione. No prometida. Jefa.
Apretó donde duele, sin tocarme.
Y yo, por primera vez, no sé si quiero que pare.
#15947 en Novela romántica
#2863 en Novela contemporánea
amorimposible, amor juvenil rencuentros de la vida, hateandlove
Editado: 19.05.2026