Un Amor imposible hecho realidad

8 Las heridas de André

Me arde la mano.

No es por el corte del dedo índice. Ese ya tiene curita. Es por los otros. Los que no se ven. Los que salen de agarrar un cúter ocho horas seguidas y cortar 40 metros de muselina como si mi vida dependiera de que cada pieza fuera perfecta.

Porque sí depende.

Dejo caer el saco en el sillón. La camisa blanca tiene manchas de tiza y un puntito de sangre en la manga. _No manches la muselina_, dijo. No dijo nada de mi camisa.

Me siento en el borde de la cama y me miro la palma. Ampolla en la base del pulgar. Callos nuevos en el índice y medio. Rojez en todos los nudillos por apretar la regla.

Jefa.

Le escribí eso. No sé por qué. Tal vez porque “Dione” se me atora en la garganta. Tal vez porque si la llamo “prometida” me suena a mentira. Pero “jefa”… jefa es verdad. Hoy mandó ella. Y yo obedecí.

Y me gustó. No el dolor. No la humillación. Me gustó que no me tratara como André Grant, heredero. Me trató como André, el idiota que le debe algo.

Me levanto y voy al baño. Abro el grifo de agua fría y meto las dos manos. El alivio es instantáneo y brutal. Siseo entre dientes.

_Mañana a las 8. Y trae ropa que puedas manchar. Vamos a teñir._

Claro que voy a ir. Aunque me deje sin dedos.

Cierro el grifo y me miro al espejo. Tengo tiza en la mandíbula. Una línea blanca, como una cicatriz. Me acuerdo del moretón en su brazo años atrás. El que yo le hice. _“Eso fue un accidente”_.

No hubo curita para eso. No hubo _“no manches la muselina”_. Solo lágrimas. Y mi sarcasmo de mierda encima.

Seco mis manos con cuidado. El corte del índice tira cuando flexiono. Bien. Que duela. Duele menos que su cara cuando me dijo _“me provocas ganas de desaparecer”_.

Vuelvo al cuarto y agarro el celular. Abro su mensaje de ayer: _Empezamos el lunes_.

Hoy empezó. Y yo terminé el día con las manos destrozadas y llamándola jefa.

¿Eso cuenta como compensación, Dione?

Me tumbo en la cama bocarriba. La mano derecha late con un pulso sordo. Mañana va a estar peor. Teñir significa agua caliente, químicos, exprimir tela. Va a arder.

Y aun así, ya estoy pensando qué camisa ponerme. Una que pueda mancharse, dijo. Tengo una negra vieja de la universidad. La que usaba cuando…

Cierro los ojos. No. No voy a pensar en la universidad. No hoy.

El celular vibra. Es Ricardo.

*Ricardo*
_We, ¿sobreviviste a tu prometida? Mi hermana dice que Dione Cortez es una diabla en el taller._

Me quedo mirando el mensaje. Diabla. No. Las diablas disfrutan. Dione hoy no disfrutó. Estaba fría, cortante, profesional. Como si cada orden que me daba le costara un pedazo.

Y aun así lo hizo.

Eso es peor que una diabla. Eso es alguien que se está obligando a cobrar una deuda aunque le duela.

Le contesto a Ricardo:
_Sobreviví. Mañana te cuento._

Bloqueo el celular y lo dejo en la mesita. Me pongo bocarriba otra vez, con la mano derecha sobre el pecho.

_Entendido, jefa. Nos vemos a las 8._

Se lo escribí para marcar distancia. Para que no pensara que esto me afecta. Pero me afecta. Me afecta que no me gritó. Me afecta que no se burló. Me afecta que me miró como si yo fuera un trámite.

Prefiero su odio que su indiferencia. El odio al menos significa que todavía le importo lo suficiente para gastar energía en mí.

Flexiono los dedos. Duele.

Bien.

Que duela.

Porque si este es el precio por estar en la misma habitación que ella sin que salga corriendo, lo pago.

Con manos adoloridas, con camisas manchadas, con ocho horas de silencio.

Mañana a las 8, jefa.

Y pasado mañana también.

Hasta que dejes de mirarme como si fuera el chico del pasillo… y empieces a ver al que se quedó a cortar tela hasta las seis solo porque tú lo dijiste.




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