Martes, 8:02 a.m. Taller de teñido, sótano 1.
André llega a las 8 en punto. Camisa negra vieja, jeans gastados, manos en los bolsillos. No hace falta ser diseñadora para notar que flexionó los dedos antes de empujar la puerta. Le duelen. Bien.
Regla #2: Usar los seis meses a mi favor.
—Buenos días —dice. La voz es la misma de ayer: grave, sin sarcasmo. Pero hoy tiene ojeras. No durmió. _Bien otra vez_.
—Llegas tarde —miento. Son las 8:02. Quiero ver si reacciona.
No lo hace. Solo asiente. —Perdón, jefa.
Jefa. Me lo vuelve a decir. Ayer me descolocó. Hoy me irrita. No sé por qué.
—Hoy teñimos —señalo las tinas de acero—. Índigo natural. Agua a 60 grados. Guantes hasta el codo. Si te quemas, es tu problema.
Le aviento un delantal grueso de hule. Lo agarra al vuelo. Veo cómo aprieta la mandíbula cuando los dedos lastimados hacen contacto. No se queja.
El sótano huele a metal, a pigmento y a vapor. Hace calor. Mucho. André está empapado en sudor, el cabello pelirrojo pegado a la frente. Los guantes le llegan al codo, pero cada vez que sumerge la tela, el agua caliente le salpica las muñecas.
No dice nada. Solo exprime, sumerge, exprime. Repite.
Yo finjo revisar pantones, pero lo miro de reojo. Tiene la curita de ayer en el índice. Ya está azul por el tinte. Debajo, la piel debe estar en carne viva.
Marta entra con muestras. Me habla bajo: —Dione, le va a salir una quemadura si sigue así. El agua está…
—Está a la temperatura que tiene que estar —la corto, sin subir la voz—. Si no aguanta, que lo diga.
Marta se va. André no levantó la vista en toda la conversación. Pero aprieta más fuerte la tela. El agua índigo chorrea entre sus dedos. Apuesto a que le arde como ácido.
Regla #1: No dejar que vea el miedo. ¿Y la culpa, Dione? ¿Esa sí puede verla?
A la una pido un descanso de 20 minutos. El equipo sube. Él se queda, como ayer. Se quita los guantes con los dientes porque no quiere usar las manos.
Lo veo. Tiene ampollas nuevas en los nudillos. La piel alrededor de la curita está roja, hinchada.
Debería sentir satisfacción. _“Me gusta ver tu cara de frustración”_, me dijo una vez. Ahora yo debería decirlo.
No puedo.
Camino hasta el botiquín. Saco gasas, pomada para quemaduras, guantes de algodón. Lo pongo todo en la mesa de acero, entre los dos. No lo miro.
—Tienes diez minutos —digo—. Después seguimos con el fijador. Eso pica más.
No dice gracias. No dice nada. Solo se sienta en un banquito y empieza a curarse con la mano izquierda, torpe. Se le cae la gasa dos veces. A la tercera, la piso sin querer.
Levanta la vista. Por primera vez hoy, me mira directo. No hay súplica. No hay enojo. Solo está… cansado. Y aun así, ahí sigue.
—Puedo solo —dice. La voz ronca por el vapor.
_“No me importa lo que sea, lo haré.”_ Lo dijo en un pasillo hace años. Lo está cumpliendo en un sótano hoy.
Se me hace un nudo en la garganta. Regla #1 fallida otra vez.
—Ya sé que puedes —suelto antes de pensarlo—. No dije que no pudieras. Dije que tienes diez minutos.
Me doy la vuelta y salgo. Necesito aire. Necesito no verle las manos.
*4:40 p.m.*
Volvemos al trabajo. Él con guantes de algodón debajo de los de hule. Idea suya. Inteligente. Le van a sudar, le van a picar, pero no se va a quemar más.
No hablamos. Solo el sonido del agua, de la tela, de su respiración aguantándose quejidos.
A las 5:55, la última pieza queda colgada. 200 metros de muselina teñida en índigo perfecto. Ni una mancha. Ni un error.
Se quita los guantes. Las manos están rojas, arrugadas, hechas polvo. Las mira como si no fueran suyas. Luego me mira a mí.
—¿Mañana qué toca, jefa?
No es sarcasmo. No es reto. Es… entrega. Está esperándo la siguiente orden. El siguiente castigo. Y lo va a cumplir.
Y yo, por primera vez en seis años, no sé qué orden darle.
—Mañana… —carraspeo—. Mañana cortamos seda. Es más delicada. Si te tiembla la mano, la arruinas.
Asiente. Agarra su delantal. Se lo quita con cuidado, como si le doliera hasta el aire.
—Entendido. Nos vemos a las 8.
Se va. No cojea, pero camina rígido. Como si todo el cuerpo le doliera, no solo las manos.
Me quedo sola en el sótano, rodeada de tela azul colgada. Parece un océano. O un cielo antes de tormenta.
Saco mi libreta. Lista de compensaciones. Punto 1: Que se disculpe en público. Punto 2: Que trabaje en mi taller.
Tacho los dos. Ya los hizo. Sin que se lo pidiera.
_“No me importa lo que sea, lo haré.”_
El problema, André Grant, es que no sé qué quiero que hagas.
Ayer quería verte sufrir. Hoy solo quiero entender por qué no te vas.
Guardo la libreta. Me miro las manos. Están limpias, sin ampollas, sin tiza.
Y aun así, me arden más que las tuyas.
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Editado: 19.05.2026