Un Amor imposible hecho realidad

10 Esto está mal

Martes, 10:37 p.m.

Las luces de la ciudad entran por el ventanal y se reflejan en la tina de índigo que tengo en la cabeza. No la del taller. La que me dejó André hoy con sus manos rojas, calladas, obedientes.

Saco mi libreta de bocetos. _Lista de compensaciones_. Dos puntos tachados:

No me pidió perdón en público. No hizo falta. Se presentó a las 8 a.m. a cortar muselina con las manos destrozadas y llamó “jefa” a la chica que mordió hace años. Eso fue una disculpa más grande que cualquier discurso.

Muerdo el bolígrafo. La tinta me mancha el labio. Sabe amarga. Como mi plan.

*Punto 3* sigue tachado: _Que me diga por qué lo hizo_. Lo taché porque pensé que no quería saber. Mentira. Sí quiero. Pero hoy entendí que la respuesta no importa si no sé una cosa primero.

Agarro el bolígrafo y escribo un nuevo *Punto 4* con letra temblorosa:

4. _Que me diga si de verdad está arrepentido._

Porque eso es lo que no me deja dormir. No las manos de André. No el “jefa”. No el calor del sótano. Es la duda.

¿Y si todo esto es actuación? ¿Y si André Grant, heredero, empresario, sabe exactamente qué cara poner para que yo baje la guardia? Él era bueno en eso. _“Me gusta ver tu cara de frustración”_, me dijo mientras me ponía el cabello detrás de la oreja. Sabía dónde tocar para que doliera.

Hoy no me tocó. Hoy se dejó tocar por el agua hirviendo sin chistar. ¿Eso es arrepentimiento… o es estrategia?

Cierro la libreta de golpe. Me paro frente al espejo. El mismo donde ayer tiré el vestido escarlata. Hoy llevo una camiseta vieja y el cabello recogido. Sin armadura. Sin hielo.

Me toco el brazo. Ahí, justo donde estuvo el moretón. La piel está lisa. Perfecta. Pero si cierro los ojos, todavía siento sus dedos cerrándose, su risa, su _“eso fue un accidente”_.

Abro los ojos. No. Hoy no vi al chico del accidente. Vi a un hombre que se puso guantes de algodón debajo de los de hule para poder seguir trabajando para mí. Sin que yo se lo pidiera. Sin quejarse cuando le salpicó el agua a 60 grados.

_“Puedo solo”_, me dijo. Con la voz ronca, con la gasa en el suelo, con las manos hechas polvo.

Y no sonó a orgullo. Sonó a _“no quiero darte más motivos para odiarme”_.

Me siento en el suelo del vestidor. Frío. Como yo debería estar. Como no estoy.

Si está actuando, es el mejor actor que conozco. Y yo diseñé vestuario para teatro, sé cuándo un gesto es falso. André hoy no tuvo gestos. Tuvo resistencia. Silenciosa. Brutal.

¿Eso es arrepentimiento, Dione?

¿O solo es un hombre que aprendió que a veces el castigo se cumple callado?

Agarro el celular. Su último mensaje: _Entendido, jefa. Nos vemos a las 8._

Jefa. No me gusta. Me encierra en un rol donde no tengo que sentir. Y hoy sentí. Sentí culpa cuando vi la curita azul. Sentí miedo cuando no contestó mi burla de “llegas tarde”. Sentí… algo más cuando se negó a que lo ayudara.

Dejo el celular. No voy a escribirle. No voy a preguntarle si está arrepentido. Porque si me dice que sí, no sé si le voy a creer. Y si me dice que no, no sé si voy a soportarlo.

Mejor sigo con el plan. Mañana cortamos seda. _Si te tiembla la mano, la arruinas_, le dije.

La verdad es que no me importa la seda. Quiero ver si le tiembla la mano por el dolor… o por mí.

Apago la luz del vestidor. La ciudad sigue brillando. En algún edificio, André debe estar con la mano en agua fría, igual que ayer.

_Punto 4: Que me diga si de verdad está arrepentido._

Pero antes de que me lo diga él, tengo que decidir yo si estoy lista para escucharlo.

Y no lo estoy.

Todavía no.




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