Miércoles, 8:00 a.m. Taller, mesa 1
André llega a las 8 en punto. Camisa negra de manga larga. Hoy se cubrió las manos con vendas de tela antes de ponerse los guantes de algodón. Aprendió.
No digo nada. Pongo un rollo de seda natural sobre la mesa. Blanca, cara, traicionera.
—Seda —digo—. Si te tiembla la mano, la arruinas. Si la jalas, se corre. Si respiras muy fuerte, se mueve.
Él asiente. No dice “jefa”. No dice nada. Solo se pone los guantes de hule encima de los de algodón y agarra el cúter.
*ANDRÉ*
La seda es peor que la muselina. Se desliza. No perdona. Como ella.
Me arden las manos debajo de tres capas de tela, pero es mejor que el agua hirviendo de ayer. Al menos esto no quema. Solo duele.
Dione no me quita los ojos de encima. Ya no finge revisar pantones. Me mira las manos. Busca el temblor.
No lo va a encontrar. Puedo estar deshecho por dentro, pero estas manos no van a arruinarle su seda.
Lleva cuatro horas. No ha roto ni un centímetro. Sus trazos son limpios, precisos. Odio que sea bueno. Odio que no me dé motivos para gritarle.
A la hora de comida, no se va. Como ayer. Como antes de ayer.
Me acerco con dos cafés de la máquina. Le dejo uno al lado de su regla, sin decir nada. Es negro, sin azúcar. Como le gustaba en la universidad. No sé por qué me acuerdo de eso.
Él lo mira. Luego me mira a mí. No lo toca hasta que yo me alejo.
_Punto 4: Que me diga si de verdad está arrepentido._
No lo va a decir. Y yo no lo voy a preguntar. Así que seguimos cortando seda en silencio.
* 5:10 p.m.*
La última pieza queda lista. 150 metros de seda cortada sin un solo error. Me quito los guantes. Las vendas están manchadas de azul todavía por el tinte de ayer. Las manos me laten.
Dione se acerca a revisar. Se inclina sobre la mesa. Su cabello cae hacia adelante y me roza el antebrazo desnudo.
No se aparta rápido. Yo tampoco respiro.
—Está bien —dice al fin. Su voz sale más baja de lo normal—. No la arruinaste.
Es lo más parecido a un “gracias” que me va a dar. Y aun así, me sabe a victoria.
Se endereza. Me mira las vendas. Abre la boca. La cierra.
_Dilo_, pienso. _Pregúntame si me duele. Pregúntame si estoy arrepentido. Dame una puta señal_.
No lo hace.
—Ya puedes irte —dice en su lugar—. Son las 5:15.
*DIONE - 5:20 p.m.*
Se pone el saco con cuidado. Veo cómo aprieta los dientes cuando pasa la manga por la mano derecha.
Debería dejarlo ir. Es lo que haría la Dione del lunes. La de la Regla #1: hielo.
Pero la Dione del miércoles acaba de pasar ocho horas viendo a un hombre cortar seda con las manos destrozadas solo porque yo se lo pedí. Y no dijo una palabra.
—André.
Se detiene en la puerta. No se gira. —¿Sí?
—Tengo que ir a Suministros Vega a escoger botones para la colección —miento a medias. Sí tengo que ir, pero puedo ir sola—. Son tres calles. Si te vas a desmayar en el metro, prefiero que sea fuera de mi taller.
Ahora sí se gira. Me mira confundido. La luz de la tarde le pega en los ojos y por un segundo vuelve a tener 18 años. Sin culpa. Sin traje. Solo André.
—¿Me estás diciendo que te acompañe, jefa?
_Jefa_. Otra vez. Y esta vez no me irrita. Esta vez me hace querer tirar la _Regla #1_ por la ventana.
—No —contesto, agarrando mi bolso—. Te estoy diciendo que si te caes, manches la banqueta y no mi piso. Vamos.
ANDRÉ - 5:45 p.m. Calle 8, caminando a Suministros Vega.
No estamos en el taller. No hay mesas, ni telas, ni roles. Solo la calle, el ruido, y Dione dos pasos adelante de mí, con el bolso cruzado y el cabello suelto porque ya salió del trabajo.
—Deberías ponerte pomada con árnica —dice sin mirarme—. Para las manos.
No es una orden. Es… otra cosa.
—Lo haré —contesto. Y porque soy idiota, añado: —Gracias, jefa.
Se detiene en seco. Se gira. Por primera vez en tres días, no hay hielo en su cara. Hay algo cansado. Humano.
—No me digas así fuera del taller —dice.
—¿Entonces cómo? —pregunto. El corazón me late en las manos rotas—. ¿Dione? ¿Prometida? ¿Cortez?
Se muerde el labio. Mira al cielo. Es tarde, naranja, sin nubes.
—Dione está bien —dice al fin—. Cuando no estemos trabajando. Cuando no…
No termina la frase. No hace falta. _Cuando no me estés odiando_, quiere decir.
Seguimos caminando. Llegamos a Suministros Vega. Es una tienda vieja, llena de cajones de madera con botones de todos los tipos. Huele a polvo y a nácar.
*DIONE - 6:20 p.m.*
Empiezo a revisar botones de madreperla. Él se queda atrás, mirando sin tocar nada. Le tiemblan las manos si no las apoya en algo.
—¿Cuál te gusta? —pregunto sin pensar. Levanto dos: uno blanco puro, otro con un borde dorado.
Se acerca. No agarra ninguno. Solo los mira por encima de mi hombro. Su perfume cítrico me llega otra vez. Como en el taller. Como en la universidad.
—El dorado —dice—. Hace que la seda no se vea tan… fría.
Tiene razón. El dorado le da calidez. Como su voz ahora, que no suena a heredero ni a culpable. Solo suena a André.
Pago los botones. Salimos. Ya es de noche.
—Tengo hambre —digo. Y es verdad, pero también es una prueba. ¿Se va a ir? ¿Va a usar la excusa?
Se mete las manos adoloridas a los bolsillos del saco. —Conozco un lugar a dos calles. Tacos. Nada elegante. Te va a manchar la blusa.
Lo dice como reto. Como hace años. Pero sin veneno.
_Punto 4: Que me diga si de verdad está arrepentido._
Tal vez no me lo diga. Tal vez me lo demuestre. Tres días cortando, tiñendo, sin quejarse. Acompañándome por botones sin preguntar por qué.
—Guíame —contesto—. Pero si me mancho, te cobro la tintorería.
Por primera vez en tres días, André Grant sonríe. Es pequeña. Cansada. Real.
—Trato, Dio… Dione.
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Editado: 11.06.2026