Un Amor imposible hecho realidad

12 Cena de tacos

El lugar no es elegante. Mesas de plástico, sillas metálicas, servilletas que se vuelan con el viento. Huele a cebolla, cilantro y grasa caliente.

Me siento porque dije _Guíame_. No porque quiera estar aquí. O sí. Ya no sé.

Se sienta enfrente. Se quita el saco con cuidado. Las vendas de las manos asoman por los puños de la camisa. No dice nada. Solo agarra dos menús plastificados aunque los dos sabemos que aquí no se usan.

—Dos de pastor y dos de suadero —le dice al señor—. Con todo. Y dos aguas de jamaica.

Con todo. Como en la universidad. Se acuerda.

Pide por los dos porque si uso las manos para agarrar el menú me van a temblar. Y no quiero que vea eso. Ya vio suficiente hoy.

Miro alrededor. Estoy fuera de lugar con mi blusa de seda y mi bolso de diseñadora. Pero no me quejo. No arrugo la nariz. Solo agarro una servilleta y la pongo sobre mis piernas.

—¿Vienes mucho aquí? —pregunto. No suena a hielo. Suena a curiosidad real.

—Venía —contesta—. Cuando… cuando quería desaparecer después de la uni. Este lugar no pregunta.

Me quedo callada. _Desaparecer_. Usó mi palabra. La que le grité hace años.

El señor pone las aguas enfrente. El vaso está frío, sudado. Le doy un trago. Me mancho el labio. Como con el bolígrafo anoche.

Me mira. No se burla. Agarra una servilleta con la mano izquierda, la torpe, y me la ofrece.

—No… no te vayas a manchar más —dice.

La agarro. Nuestros dedos no se tocan, pero casi.

—Gracias, André.

No le digo “jefa”. No me dice “Dione”. Estamos en pausa.

Llegan los tacos. El plato es de plástico azul. La salsa es roja y se ve que pica.

Agarro uno de pastor. Le pongo limón, salsa, piña. Muerdo. Se me escapa un poco de jugo por la comisura. No digo “qué asco”. Solo me limpio con la servilleta que me dio.

—Están buenos —admito.

—Ya lo sé —contesta. Y sonríe. Poco. Porque le duele la cara de tanto no hacerlo en tres días.

Agarro otro taco. Este de suadero. Lo miro antes de morder.

—¿Te duelen? —pregunto al fin. Señalo sus manos con la barbilla. No con el dedo. No lo toco.

La pregunta lo desarma más que el agua a 60 grados.

—Sí —dice. Porque mentir sería volver a ser el del pasillo—. Mucho.

Asiento. No digo “te lo mereces”. No digo “bien”. Solo le doy otro mordisco al taco.

_Punto 4: Que me diga si de verdad está arrepentido._

No lo va a decir aquí. No con salsa en el plato y Don Chuy gritando “¡Órdenes listas!” al fondo.

Pero puedo preguntar otra cosa.

—¿Por qué no te fuiste el lunes? —suelto—. Después de mi mensaje. Pudiste no venir. Mandar a un abogado. Romper el trato.

Deja el taco en el plato. Se limpia las manos con cuidado. Las vendas ya están amarillas de grasa.

—Porque te dije que haría lo que fuera —contesta—. En el pasillo. Y en la cena. Y te lo digo ahora.

—Eso no es una respuesta —digo. Más duro de lo que quiero—. Eso es una frase. Quiero saber por qué __, André Grant, estás cortando mi seda con las manos rotas.

Me mira. De verdad me mira. Sin el traje de heredero. Sin la culpa ensayada. Solo él. Cansado, adolorido, real.

—Porque la cagué, Dione —dice bajito. Para que solo yo escuche—. La cagué contigo. Y llevo seis años despertando con tu cara en la cabeza, preguntándome si alguna vez vas a dejar de verme como el idiota que te puso la mano encima.

El aire se va. Todo el ruido del puesto desaparece.

No dice “perdón”. No dice “estoy arrepentido”.

Pero _“llevo seis años despertando con tu cara en la cabeza”_ me pesa más que cualquier disculpa.

No debería haberlo dicho. No aquí. No con las manos llenas de ampollas y olor a pastor.

Pero ya está. Ya lo solté.

No contesto. Agarro mi agua de jamaica. Bebo. Me mancho otra vez. No me limpio.

Don Chuy pasa y pregunta: —¿Otro par, jóvenes?

—Sí —digo, sin mirarlo a él. Mirándolo a él—. Otros dos. Para él.

Para él. No para mí. Para que no se vaya.

Pagamos. Intenta sacar la cartera con la mano derecha. No puede. Maldice por lo bajo, la primera vez en tres días.

—Yo invito —digo. Pongo un billete en la mesa—. Tú cortaste mi seda. Yo pago tus tacos. Estamos a mano por hoy.

Se ríe. Una risa rota, sin aire, pero real.

—Trato —dice.

Salimos. La calle está más fría. Mi blusa tiene una mancha de salsa, justo como dijo.

—Te dije que te iba a manchar —murmura.

—Te dije que te iba a cobrar la tintorería —contesto.

Nos quedamos en la banqueta. No somos del taller. No somos prometidos. Somos dos idiotas con olor a cebolla.

—¿Te dejo en tu casa? —pregunta.

—No —digo rápido. Luego más suave—: Camino. Son tres calles.

Asiente. Se mete las manos adoloridas a los bolsillos.

—Dione —dice. Mi nombre solo. Sin “jefa”. Sin “Cortez”—. Mañana… si quieres que no vaya, dímelo. No voy a… no voy a aparecer donde no me quieres.

_Me provocas ganas de desaparecer_, le dije hace años.

Hoy no quiero que desaparezca. Y eso me aterra.

—A las 8 —contesto—. Cortamos seda. Te espero.

Da un paso atrás. Otro. No se va. Solo me da espacio.

—Nos vemos a las 8 —dice.

Y se va caminando, despacio, como si cada paso le costara.

Me quedo ahí, con olor a pastor en la ropa y su _“llevo seis años despertando con tu cara en la cabeza”_ en los oídos.

_Punto 4: Que me diga si de verdad está arrepentido._

No lo dijo.

Pero hoy, por primera vez, le creo que podría estarlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.