Un Amor imposible hecho realidad

13 Tenemos que planear una boda

No dormí. Otra vez. Pero esta vez no fue por el _“Empezamos el lunes”_. Fue por el _“llevo seis años despertando con tu cara en la cabeza”_.

Seis años. La misma cantidad de tiempo que llevo diseñando vestidos para mujeres que sí se casan por amor y no por contratos. Seis años él pensando en mí. Seis años yo fingiendo que lo odiaba.

Miro mi libreta. Lista de compensaciones. Punto 4: Que me diga si de verdad está arrepentido.

No lo taché. Pero ya no hace falta.

La puerta suena. Son las 8 en punto. No hace falta mirar para saber que es él.

—Pasa —digo.

Entra. Camisa blanca, mangas dobladas hasta los codos. Las vendas ya no están. Ahora trae guantes de algodón finos, de esos que usan los museógrafos. Idea suya, supongo. Para que no se le abran las ampollas con la seda.

No dice “buenos días, jefa”. No dice nada. Solo se queda parado, esperando órdenes. Esperando su castigo del día.

Y yo estoy cansada de castigarlo. Cansada de castigarme.

Dejo la libreta a un lado. Me pongo de pie.

—Hoy no cortamos seda —digo.

Levanta la vista, confundido. En sus ojos verdes hay algo parecido al alivio… y al miedo. Como si fuera peor lo que viene.

—André, llega al taller —digo, y mi voz no es hielo. Es… estoy temblando por dentro, pero por fuera suena firme—. Pero no vamos a teñir, ni a cortar, ni a fingir que esto es una pasantía de seis meses para que aprendas humildad.

Se tensa. Espera el golpe.

—Vamos a planear la boda —suelto.

Silencio.

El tipo de silencio que hay después de que se rompe una copa. Todo el mundo contiene la respiración esperando ver cuántos pedazos hay que recoger.

Parpadea. Una vez. Dos.

—¿Qué? —logra decir. No es sarcasmo. No es burla. Es un ¿qué? de verdad. De: no entendí.

Camino hasta la mesa de corte. Me apoyo en ella porque las piernas me fallan.

—Escuchaste bien —digo—. Tenemos seis meses. La fusión de nuestras empresas depende de que nos casemos. Mis padres, los tuyos, el consejo, la prensa… todos esperan un vestido blanco, un sí, un beso en el altar.

Hago una pausa. Lo miro a las manos. A esos guantes blancos que se puso por mí.

—Si vamos a hacerlo, lo hacemos bien. No voy a llegar al altar con un hombre que me tiene miedo, y tú no vas a llegar con las manos rotas porque te puse a teñir tela como venganza.

Trago saliva. Regla #1: No dejar que vea el miedo. A la mierda la regla.

—Así que llega al taller. Pero hoy abrimos el calendario, llamamos al wedding planner y escogemos flores. Porque si vamos a estar casados en papel, al menos que la boda no sea un circo. Que sea… nuestra.

No dice nada. Se pasa la mano enguantada por el cabello. Está nervioso. Peor que el lunes con mi mensaje.

—Dione… —empieza.

—No —lo corto—. No me digas que no te lo mereces. No me digas que la cagaste. Ya lo sé. Ya me lo dijiste ayer con olor a pastor.

Me acerco dos pasos. No lo toco. Pero estoy cerca. Lo suficiente para que huela mi perfume y no el índigo del sótano.

—Te creo —digo bajito—. Lo de los seis años. Te creo. Y no sé qué hacer con eso. Pero sé que no quiero pasar los siguientes seis meses cortándote la piel para ver si sangras arrepentimiento.

Sus ojos se ponen vidriosos. No llora. André Grant no llora. Pero está cerca.

—¿Y si la boda sale mal? —pregunta. Su voz es un hilo—. ¿Y si yo… si yo te fallo otra vez?

Por primera vez en años, soy yo la que da un paso al frente.

—Entonces fallamos juntos —contesto—. Pero al menos fallamos sabiendo que lo intentamos sin cuchillos en la mesa. Sin cúters, sin agua hirviendo. Solo… nosotros.

Se queda callado. Mira mis manos. Luego las suyas. Luego el anillo de compromiso que ninguno de los dos se ha puesto todavía, guardado en la caja fuerte de mi padre.

—Está bien —dice al fin. Asiente, despacio, como si estuviera firmando un contrato más importante que el de nuestras empresas—. Planear la boda.

Exhalo. No sabía que estaba aguantando el aire.

—Bien —digo. Vuelvo a mi escritorio, a terreno seguro—. Siéntate. Marta ya contactó a Sofía, la planner. Llega a las 10.

Obedece. Se sienta frente a mí. Sin saco. Sin barreras. Solo André, con guantes blancos y ojeras.

Agaro mi libreta. Arranco la hoja de la _Lista de compensaciones_. La hago bolita y la tiro al bote de basura.

Él lo ve. No dice nada. Pero sus hombros bajan dos centímetros.

—Primera decisión —digo, abriendo mi laptop—. Iglesia o jardín.

Me mira. Y por primera vez en tres días, no parece que le duela estar aquí.

—Jardín —contesta—. Con tacos al final. Si vamos a mentirle a todo el mundo, al menos que haya pastor.

Se me escapa una risa. Corta. Sorprendida. Real.

—Trato —digo.

Y así, sin seda, sin castigos, sin “jefa”, empezamos.

No el lunes. No el plan de venganza.

Empezamos nosotros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.