_“Vamos a planear la boda”_, dijo Dione esta mañana. Y tiró su lista de compensaciones a la basura delante de mí. Como si mis seis años de culpa cupieran en una bola de papel.
No dijo “te perdono”. No dijo “estamos bien”. Dijo “te creo”.
Y eso es peor.
Porque el perdón se pide. La culpa se carga. Pero que te crean… eso te obliga a ser la persona que dicen que eres.
Me quito los guantes de algodón. Las ampollas están cerrando. La piel nueva es rosa, delgada, estúpida. Como yo.
Camino hasta la ventana. La ciudad está encendida. En algún edificio, Dione debe estar con su laptop, viendo paletas de colores para una boda que hace 72 horas yo creí que sería un campo de batalla.
Jardín, dijo. Con tacos al final.
Se rió. Dione Cortez se rió conmigo. No de mí. Conmigo. Y por un segundo no fui el idiota del pasillo. Fui… fui alguien que le dio una idea que le gustó.
Me siento en el suelo. La espalda contra el ventanal frío. Saco el celular. Tengo un mensaje de mi padre sin abrir desde hace tres días: _¿Cómo va todo con Cortez? El consejo está impaciente._
No le contesto. Porque no sé qué decirle. _¿Va bien, papá? Dejé de ser su empleado castigado y ahora soy su prometido a prueba. Me dejó planear la boda en vez de teñirme los dedos. Me cree._
Me cree.
Cierro los ojos y la veo esta mañana, rompiendo su libreta. _“No quiero pasar los siguientes seis meses cortándote la piel para ver si sangras arrepentimiento”_.
No sangré. No frente a ella. Pero por dentro llevo seis años desangrándome. Y hoy, por primera vez, alguien puso una gasa. No para detenerme. Para dejar de herirme.
El problema es que ahora tengo que estar a la altura de esa gasa.
Me paro. Voy al baño. Abro el cajón. Ahí está la caja azul. La que me dio mi abuela antes de la cena con los Cortez. _“Para cuando estés listo para pedirlo de verdad, no por la empresa”_.
Adentro, un anillo. Sencillo. Oro blanco. Sin piedra grande, sin logo. Dione odia lo ostentoso.
No se lo he dado. Ninguno de los dos usa el anillo de compromiso oficial. Esas rocas son para las fotos. Para el contrato.
Este es para… no sé para qué. Para cuando deje de tenerle miedo a sus ojos.
Lo saco. Me queda grande en el meñique. Lógico. No es para mí.
Pienso en los tacos. En el _“llevo seis años despertando con tu cara en la cabeza”_ que se me salió ayer como si fuera salsa. No planeé decirlo. Me quemó más que el agua a 60 grados.
Y ella no salió corriendo. Pidió dos tacos más. Para mí. Para que me quedara.
Me guardo el anillo en el bolsillo de la pijama. No estoy listo. Hoy hablamos de flores con Sofía la planner. Dione eligió lavanda y eucalipto. _“Huelen limpio”_, dijo. _“A empezar”_.
Yo elegí no opinar mucho porque si abro la boca digo algo estúpido como _“cásate conmigo de verdad”_ y la cago otra vez.
Vuelvo a la ventana. Marco el número de Ricardo. Contesta al segundo ring.
—We, al fin vives —dice—. ¿Ya te despidió tu prometida o ya te ascendió a esclavo personal?
—Ninguna —contesto. Mi voz suena ronca. Igual que en el puesto de tacos—. Me ascendió a prometido.
Silencio. Luego un silbido.
—A la mierda. ¿En serio? ¿Ya hubo… ya sabes?
—No. —Me río, pero no tiene gracia—. Me dijo que planeara la boda. Que ya no quiere cortarme las manos para ver si estoy arrepentido.
Ricardo se queda callado. Ricardo nunca se queda callado.
—Eso es bueno —dice al fin—. Eso es jodidamente bueno. ¿Y tú qué vas a hacer?
Miro mis manos. Rosas, nuevas, inútiles si no hacen algo bien esta vez.
—No cagarla —digo—. Por una vez en mi vida, no cagarla con ella.
—Empieza por no llamarla “jefa” otra vez —se burla. Pero suena orgulloso.
Cuelgo.
_No cagarla_.
Me acuesto en la cama bocarriba. Las manos sobre el pecho. En el bolsillo, el anillo pesa como si fuera de plomo.
Mañana hay prueba de menú a las 11. Dione dijo que fuera. “No tomo decisiones de comida sin ti. Eres el del pastor”.
El del pastor. No el del accidente. No el del contrato. El del pastor.
Quizá pueda ser eso. El tipo que escoge tacos para su boda. El que no le tiembla la mano cortando seda. El que llega a las 8 porque ella lo espera.
“Si vamos a fallar, fallamos juntos”, dijo.No pienso fallar.
Por primera vez en seis años, voy a dormir pensando en su cara y no queriendo desaparecer.Voy a dormir pensando en cómo hacer que un jardín huela a lavanda y a empezar.
Buenas noches, Dione.
Nos vemos a las 8.
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Editado: 11.06.2026