Me sirvo agua. El vaso tiembla en mi mano.
¿Y si la cagué? ¿Y si confundí arrepentimiento con estrategia otra vez? A los dieciocho me dijo que le gustaba ver mi cara de frustración. Ayer me dijo que lleva seis años despertando con mi cara en la cabeza.
¿Son lo mismo con diferente perfume?
Abro el celular. Su contacto sigue guardado como _No contestar_.
Lo cambio. Borro el “No contestar”. Dejo solo el nombre. Así, a secas. Como me llamó en el taller. Como lo llamé en los tacos.
Llega un mail nuevo. Preguntan si tiene alergias. Si le gusta el pescado.
No sé si le gusta el pescado. Sé que le gusta el pastor con todo. Sé que se aguanta el dolor sin quejarse. Sé que tiene las manos rotas por mi culpa.
Pero no sé si le gusta el pescado.
Y aun así le dije que planeara la boda conmigo.
Apago la luz. Me meto a la cama. Huele a lavanda. Compré una vela esta tarde. Porque empezar significa que puedo volver a caerme.
_“Si vamos a fallar, fallamos juntos”_, le dije.
Espero no tener que cumplirlo.
Al día siguiente llega puntual. Con guantes de algodón otra vez. Las ampollas ya son callos. Ya estoy ahí, hablando con la planner. Llevo un vestido negro simple, el cabello recogido.
Hoy no hay taller. No hay seda. Solo manteles blancos, copas y diez platitos diminutos que cuestan más que los tacos del miércoles.
—Llegaste —digo. No es pregunta. Es alivio. Se escucha.
—Dije que llegaba a donde me esperaras —contesta. Y se arrepiente al segundo. Suena a reclamo. Suena a sigues castigándome.
Parpadeo. Pero no me congelo.—Bueno, pues te espero aquí —digo, y señalo la silla a mi lado—. Él es mi… prometido.Mi prometido. No lo digo con asco. No lo digo con contrato. Lo digo como si estuviera probando cómo suena.La planner, una mujer con clipboards y sonrisa de tiburón, nos mira a los dos como si fuéramos su nuevo reality show.
—¡Perfecto! Empezamos con los canapés. Tenemos tres opciones de proteína: res, salmón y una vegana. Me dijiste que odias el cilantro…
—No es que lo odie —la corto—. Es que me recuerda a… —Me callo. Miro de reojo.
A los tacos. A nosotros. A la noche que dejé de odiarlo en voz alta.
—Sin cilantro en el mío —dice rápido, para salvarme—. Y él… yo no como pescado.
La planner apunta. Lo miro. Sorprendida.
—No sabía —digo bajito. Solo para él.
—Nunca preguntaste —contesta igual. No es reproche. Es verdad. Llevamos tres días sin preguntarnos nada real. Solo órdenes y vendas.
La planner aplaude. —¡Ay, qué lindo! Ya se están conociendo. Eso es clave para una boda con alma. Ahora, el plato fuerte…
Probamos un risotto. Está bueno. Demasiado bueno. Elegante. Aburrido.
—No —digo—. Esto no somos nosotros.
La planner pestañea. —¿Perdón?
Deja el tenedor. Me mira. Y por primera vez en la reunión, sonríe de verdad. Con hoyuelos. Como si le hubiera dado permiso de ser él.
—Tiene razón —dice—. Nosotros somos… somos tacos a las ocho con las manos sucias. No risotto con azafrán.
La planner abre la boca. La cierra. Mira su clipboard como si se le hubiera roto el guion.—Bueno… podemos hacer estaciones de comida —balbucea—. Algo más… interactivo. ¿Tacos? ¿En esta boda?
—Con lavanda en las servilletas —digo, sin mirarla a ella. Lo miro a él—. Para que huela a empezar.
No contesta. Pero sus nudillos se ponen blancos sobre el mantel. No de enojo. De algo que no sé nombrar todavía.La planner se va al baño. “Un momento”, dice. Más bien a llamar a su jefa para decirle que los locos quieren tacos.
Nos quedamos solos con diez platitos y silencio.—No tenías que decir lo de los tacos —dice.
—Sí tenía —contesto. Juego con el tenedor—. No voy a casarme mintiendo desde el menú._Casarnos_. Lo digo en plural. Lo incluyo.
—Anoche no dormí —suelto de repente. No lo miro—. Tiré la lista. Y no sé si hice bien.
El aire se pone espeso. Como en el sótano con el índigo.
Tampoco dormí. Tenía un anillo en el bolsillo. Tenía el te creo en la cabeza.
—Yo tampoco —digo—. Y también me da miedo.
Levanta la vista. Por primera vez desde el pasillo de hace seis años, nos miramos sin armadura.
—Si la cagamos —dice—, la cagamos juntos. Lo prometiste.
—Lo prometí —asiento—. Y yo no rompo mis promesas. Ya no.
La planner vuelve. Carraspea.—Bueno, ¿entonces? ¿Estaciones de tacos con opciones gourmet? ¿Podemos meter un canapé de atún para los socios de tu papá?No le contesto a ella. Lo miro a él.
—¿Tú qué dices Andre?
Mi nombre. Sin barreras. Sin apellidos. Solo eso.
Y entiende. Esto ya no es planear una boda. Es planear un nosotros.
—Digo que sí a los tacos —contesta—. Y no al atún. Si van a venir a nuestra boda, que coman lo que comemos nosotros.
Sonrío. Poco. Real. Y le digo a la planner:
—Eso. Lo que dijo él.
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Editado: 11.06.2026