La boutique es blanca. Demasiado blanca. Paredes, alfombra, flores. Como si el lugar intentara convencerme de que esto es un cuento de hadas y no un contrato con fecha de vencimiento.Me paro frente a tres espejos. El vestido es de seda natural, corte sirena, espalda descubierta. Sin encaje. Sin brillos. Limpio.
La dependienta ajusta el cierre. Sus dedos son rápidos, fríos.
—Queda perfecto, señorita Cortez. Su prometido se va a morir cuando la vea.
Su prometido. Ya no suena a insulto. Suena a… a algo que no sé nombrar todavía.
—Él no va a verme —contesto. Más seco de lo que quiero—. Superstición.
La dependienta sonríe como si supiera un secreto. —Claro. Pero está afuera. Llegó hace veinte minutos. Dijo que esperaría lo que hiciera falta.
Se me corta el aire.Está afuera.
Con sus manos nuevas, sus guantes de algodón. Esperando. Sin pedírselo. Sin reclamar nada.
—Dígale que se puede ir —miento—. Esto va a tardar.
La chica asiente y sale. Yo me quedo sola con tres reflejos míos. Tres Diones en blanco. Ninguna se parece a la de hace una semana, la que cortaba tela con rabia.Me toco el brazo. Donde estuvo el moretón. Donde él no me ha tocado en seis años.
¿Qué hago si entro y me ve así? ¿Qué cara pone? ¿La del pasillo? ¿La de los tacos? ¿La de llevo seis años despertando con tu cara en la cabeza?Está sentado en el sillón de la recepción. Sin saco. Con camisa blanca y los guantes puestos. Lee una revista de novias al revés. No se ha dado cuenta.
La dependienta se le acerca. —Su prometida dice que puede irse, que va a tardar.
Levanta la vista. Deja la revista.
—No —dice. Simple. Firme—. Dije que la esperaba. Y la espero.
La chica se encoge de hombros y se va.
Se queda solo. Mira hacia la puerta del probador. Como si pudiera ver a través de ella. Como si llevara seis años intentando verla de verdad.Se mete la mano al bolsillo del pantalón. Saca algo. Una caja pequeña, azul. La abre. Adentro, un anillo. Oro blanco. Sencillo. Sin piedra gigante.
Lo cierra de golpe cuando escucha pasos. Se lo guarda. Aprieta los puños. Los guantes se marcan con la tensión.
No vino a verla. Vino a estar. A cumplir el nos vemos a las 8 aunque ahora la hora no importe. A demostrar que no arruinarlo empieza por cosas chiquitas. Como esperar sin que te lo pidan.
El cierre se atora. La dependienta no puede con él.—¿Quiere que llame a otra persona? —pregunta.—No —digo rápido. Demasiado rápido—. Yo puedo.
Voy a la puerta. La abro una rendija. Solo se ve el pasillo blanco.
—¿Sigues ahí? —pregunto. No grito. No hace falta. Sé que me escucha.Pasos. Luego su voz, al otro lado de la madera. Cerca. Sin verme.
—Aquí estoy —contesta—. ¿Necesitas algo?
El corazón me late en la garganta. Ya no hay reglas. Las tiré con la lista.
—El cierre —digo—. Se atoró. ¿Puedes…?
Silencio. Un segundo. Dos.
—Si abro, te veo —dice. No es excusa. Es recordatorio. De la superstición. Del respeto. De que ya no es el chico que me agarraba sin permiso.
—Ya sé —contesto. Y me odio por lo que voy a decir—. No me importa.
La puerta se abre lento.No entra. Se queda en el marco. De espaldas. Solo mete las manos. Enguantadas, cuidadosas.No me mira. Mira la pared. El cierre cede bajo sus dedos.
—Listo —murmura.
No se va. No saca las manos.Yo no me muevo. Podría. Pero no quiero. Porque sus manos están en mi espalda. Sin piel contra piel. Con algodón de por medio. Pero están. Y no duelen.
—Gracias —digo. La voz me sale rota.
Asiente. Todavía sin verme.
—Dione —dice mi nombre. Solo eso—. Te queda… te tiene que quedar increíble.
No dice “te ves increíble”. No me ha visto. Pero lo dice como si lo supiera. Como si llevara seis años imaginándome así.
—Lo siento —suelto. No sé por qué. Por el cierre. Por los tacos. Por la lista. Por todo.
Sus manos se quedan quietas en mi espalda.
—No lo sientas —contesta—. No hoy.
Saca las manos. Cierra la puerta desde afuera. Sin verme.Me quedo sola otra vez. Con el vestido puesto. Con el cierre arriba. Con el calor de sus manos fantasma en la espalda.Me miro al espejo. Por primera vez, la Dione del reflejo no quiere llorar de rabia.Quiere llorar porque alguien esperó.
Porque alguien no miró cuando pudo.
Porque llevo seis años despertando con tu cara en la cabeza ya no suena a condena.
Suena a promesa.
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Sale de la boutique diez minutos después. Sin haberla visto.
Caminando despacio, como siempre. Con las manos en los bolsillos. Con una caja azul pesándole como culpa.
Pero hoy la culpa no le dobla los hombros.
Hoy sonríe poco. Para él solo porque no lo arruino, porque la esperó.
Hoy ganaron.
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Editado: 11.06.2026