Tres días después del ensayo de la boda. Departamento de André. 8:14 a.m.
El café se enfría. Dione no lo toca. Tiene la taza entre las manos solo para que no tiemblen.
André deja el periódico. La mira. Ya sabe. Cuando Dione calla así, es porque está calculando cuánto va a costarle decir algo.
—No me voy a mi departamento hoy —dice ella. No es una pregunta. Suena a disculpa.
André no responde rápido. Aprendió que con Dione, el silencio no es ausencia. Es espacio.
—¿Por qué? —pregunta al fin.
Dione deja la taza. El ruido contra la madera es lo único que se atreve a romper.
—Porque anoche pasé por mi calle —dice—. Su auto estaba ahí. El negro. Sin placas. El que usa cuando no quiere que lo vean.
André no maldice. No golpea la mesa. Solo cierra los ojos un segundo. Como si así pudiera borrar la imagen.
—¿Te vio?
—No lo sé —Dione se frota el antebrazo. Ya no hay marcas. Pero el cuerpo recuerda—. No paré. Di la vuelta a la manzana tres veces. Cuando volví, ya no estaba. Pero estuvo.
Se levanta. Va a la ventana. El departamento de André da a una calle tranquila. Sin cámaras. Sin gente que Noah pueda comprar.
—No es por el departamento —dice, sin voltear—. Es por el mensaje. "Sé dónde vives. Sé que estás sola.". Eso me dijo hace cuatro años. Su cerebro funciona en plazos. En vencimientos.
André se levanta también. No la toca. Se pone a su lado.
—Dime qué necesitas, Dione.
Ella traga saliva. Odia esta parte. Odia pedir. Noah le enseñó que pedir es deber.
—Necesito que vivamos juntos —suelta. Rápido. Como si así doliera menos—. No es por el compromiso. No es por el anillo. Es porque no quiero dormir sola cuando él decide que mi plazo se venció otra vez.
André no sonríe. No dice "ya era hora". Sabe que esto no es un sí al amor. Es un sí a la trinchera.
—¿Te da vergüenza pedírmelo? —pregunta.
—Sí —admite Dione. La voz se le quiebra ahí, en la verdad—. Porque él me dijo que sin él me caía. Que sin él no sabía vivir. Y ahora te estoy demostrando que tenía razón. Que necesito a alguien para que Noah no me toque.
André por fin la toca. Solo la mano. Pulgar sobre sus nudillos.
—No —dice—. Me estás demostrando que él estaba equivocado. No te estás cayendo, Dione. Estás eligiendo no caerte sola.
Ella lo mira. Tiene los ojos secos. Aprendió a no llorar delante de hombres. Noah le robó eso también.
—Si vivimos juntos antes de la boda, va a escalar —dice—. Noah no pierde. Si ve que ya no estoy sola, cambia el juego. No viene con flores. Viene con abogados. Con mi padre. Con Isabela diciendo que la acosé.
—Que venga —responde André. Va a la entrada. Toma un juego de llaves de su cajón. Las pone en la mesa. No se las da en la mano. Las deja ahí. Para que ella decida—. Esta casa no es un marco, Dione. Es un refugio. Y los refugios no se presumen. Se habitan. La boda puede esperar. Tu seguridad, no.
Dione mira las llaves. Son sencillas. Sin diamantes. Sin cinco quilates.
—Él va a decir que te manipulé —susurra—. Que usé el compromiso para esconderme.
—Que lo diga —André se encoge de hombros—. Yo no me comprometí con un trofeo. Me comprometí contigo. Y tú no caducas.
Dione toma las llaves. No tiembla.
—Gracias —dice. Y lo dice entero. Sin cálculo.
Esa tarde, Dione no vuelve a su departamento.
Solo lleva una cosa: el contrato que firmó sin Noah. El que dice _Cortez & Asociados_. Su nombre. Solo suyo.
A las 2:17 a.m., el auto negro pasa otra vez por su calle vieja.
La ventana está apagada.
El marco está vacío.
Y por primera vez, a Noah no le sirve.
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Editado: 01.07.2026