Faltan Cuatro días antes de la boda y el vestido está en la bolsa. Colgado en la puerta del clóset desde hace una semana. Blanco. Corte recto. Sin encaje. Sin cola de tres metros. _Cortez Atelier_. Primera pieza.
La luz del atardecer se cuela por la ventana y se queda en el plástico. Lo vuelve ámbar. Lo vuelve frágil.
Dione lo mira. André sale de la ducha. Toalla en el cuello. Ve la bolsa. Se detiene medio segundo de más. El vapor de la ducha todavía le marca los hombros. Luego sigue.
—Dicen que da mala suerte —dice ella. No lo mira a él. Mira el vestido—. Que el novio no debe verte antes. Que si te ve, el matrimonio se rompe.
André se pone una camisa. Botón por botón. Lento. Como si cada uno fuera una promesa que no sabe si puede cumplir. No pregunta. Pero tampoco aparta los ojos del clóset. El sonido de los botones al pasar es lo único que se oye.
—Mi mamá lo creía —sigue Dione—. Y yo lo creí mucho tiempo. "No arruines la boda". me decían. Como si mi trabajo fuera no estropearle el encuadre a alguien.
Se ríe. Seco. Sin azúcar.
—Claro que no querían que me lo probara sola. Así no veía cómo me quedaba sin opinión ajena. Sin un "ajusta aquí, suelta allá".
Camina hacia la bolsa. Pasa los dedos por el plástico. La tela adentro no hace ruido, pero ella jura que respira.
—Hoy fui al taller. Me lo probé. Sola. Me quedó. No necesité que nadie me diera permiso para respirar dentro de él.
André termina de abotonarse. Se apoya en el marco de la puerta. La mira a ella. No al vestido. A ella. La luz le corta la cara a la mitad: un lado sombra, un lado oro.
—¿Y entonces?
Dione baja el cierre de la bolsa. Lento. El sonido es un susurro largo en el cuarto. Lo mira de reojo. Calibrando.
—Entonces entendí que la mala suerte no es que me veas —dice—. La mala suerte es casarte con alguien a quien tienes que ocultarle cómo te ves cuando eres feliz . La mala suerte es no saber si el otro se queda porque te quiere… o porque le conviene la foto.
Eso último va con filo. Para él. André lo recibe. No se defiende. Le baja la mirada un instante. Se lo merece. Todavía.
Saca el vestido. No hay gasa. No hay drama. Hay tela. Hay corte. Hay trabajo. Hay meses de insomnio entre cada costura.
—André.
Él levanta la vista. Y ahí se le atora. Un segundo. Solo uno. La garganta se le mueve cuando traga. La toalla sigue en su cuello, pero ahora parece que le pesa. No dice nada. Todavía.
—¿Quieres verlo? —pregunta ella—. Ahora. No en la boda. No con música. Aquí. Conmigo. Sin nadie más midiendo si salimos bien en la postal.
André exhala. Por la nariz. Corto. Como si estuviera aguantando un golpe en las costillas.
—Yo ya te vi rota, Dione —dice. La voz más baja de lo normal, ronca del vapor—. En el pasillo del colegio. En la foto del gimnasio. Si la mala suerte es verte entera… que venga.
No es poesía. No es "te amo". Es él, admitiendo que el verdadero infierno sería perdérsela.
Dione entrecierra los ojos. No se lo cree del todo. No aún. La luz del atardecer le enciende el borde del pelo.
—No me digas lo que quieres que oiga —dice—. Demuéstrame que no sales corriendo.
Asiente. Va al baño. No cierra la puerta. Cinco minutos. El agua no corre. Solo el silencio.
Sale.
No hay velo. No hay maquillaje. El pelo suelto le cae sobre los hombros como tinta. Los pies descalzos. El vestido le queda como se quedan las cosas cuando son tuyas: sin pedir permiso. Como si la tela la hubiera estado esperando.
André no habla por tres segundos. Tres segundos enteros. La recorre con la mirada y tiene que apretar la mandíbula . Porque el cuarto de pronto es chico. Porque el aire pesa. Porque se le nota en los nudillos blancos de tanto apretar el marco de la puerta.Quiere besarla. Se le ve en cómo se le mueve el pecho. En cómo baja la vista a su boca medio segundo y la sube rápido, como si lo hubieran cachado robando. En cómo traga otra vez, más fuerte.
Pero no lo va a hacer. No todavía. Porque besarla ahora sería fácil. Quedarse después de besarla, cuando ella le pregunte si fue real, eso es lo difícil. Y él no sabe si está a la altur, si es real.
Camina. Se para frente a ella. No la toca. Las manos en los bolsillos. Las aprieta dentro de la tela. Como si tuviera miedo de que si las saca, va a buscar su cara. Y si la busca, va a cagarla. Va a convertir esto en otra cosa que ella no le pidió.
—Te queda —dice.
Dos palabras. Roncas. Casi a regañadientes. Como si le doliera soltarlas. Como si admitir más fuera caer de un edificio que él mismo construyó. Como si decir "estás hermosa" fuera a romperla otra vez.
Dione ladea la cabeza. Lo estudia. Busca la trampa. La luz le pega de frente ahora y André tiene que entrecerrar los ojos. Y tiene que hacer fuerza para no dar el paso que le falta. Uno. Solo uno.
—¿Y? —pregunta—. ¿Se rompió algo? ¿Se cayó el edificio?
André niega. La sonrisa no le llega a los ojos. No porque no quiera. Porque si la deja llegar, se le cae la armadura. Y sin armadura, la besa.
—Se rompió una estupidez —dice—. La de pensar que si te veía así, iba a querer menos. Pasa al revés.
No dice "te quiero más". Dice "pasa al revés". Es lo más cerca que va a estar de confesar que está hasta el cuello, que se ahoga y le gusta. Y los dos lo saben. El cuarto se llena de eso que no dicen. De la distancia de un paso que él no da.
Dione da un paso. Otro. El suelo está frío, pero no tiembla. No para que la bese. Para probar si él retrocede. No lo hace. Se queda. Se aguanta. Le tiembla un músculo en la mandíbula por el esfuerzo.
—Cuándo eras adolescente me empujaste contra un casillero por una apuesta —dice. La voz sin temblor, pero con años de historia en la lengua—. Hoy te estoy dejando verme sin apuesta. Sin público. ¿Vas a estar a la altura o esto también es un juego?
Le pasa la mano. No la suya. La del vestido. La tela.
—Tócala —dice—. No a mí. A esto. Esto lo hice yo. Sola. Y ahora tú lo ves. Y no se acaba el mundo.
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Editado: 01.07.2026