Dione despierta primero.
No por la luz. Por el silencio.
Por la ausencia de portazos, de gritos, de Noah diciendo "¿otra vez dormiste con esa cara?".
Por el sonido de alguien respirando cerca. Parejo. Despierto.
No se gira. Todavía no.
Mira al frente. A la pared. El reloj marca las 7:03.
Tres minutos despierta. Tres minutos comprobando si la puerta del clóset sigue entreabierta.
Sigue.
El blanco sigue ahí. No desapareció.
Tampoco él.
André está de lado. De cara a ella. No la toca. Hay medio metro de sábanas entre los dos. Un continente.
Tiene los ojos abiertos. No la mira a ella. Mira el techo. Como si contara grietas para no contar segundos.
Como si anoche no se hubiera dormido apretando los puños para no buscarla.
Dione respira. Él también. Pero no al mismo tiempo. Descompasados.
Anoche se acompañaban. Hoy se miden.
—¿Te fuiste? —pregunta ella. La voz rasposa. No de sueño. De prueba.
André no se sorprende. Esperaba la pregunta.
—No —dice. Corto. Ronco.
No dice "claro que no". No dice "cómo me iba a ir". Dice "no". Porque "claro" sería mentira. Anoche pensó en irse. Cuando ella se durmió. Cuando el cuarto olía a vestido nuevo y a boca que no besó.
Pensó en salir a correr hasta que se le olvidara cómo se veía con el pelo suelto y los pies descalzos.
No lo hizo.
Se quedó. Mirando la luna chiquita del clóset. Apretando la mandíbula cada vez que Dione se movía y la sábana se le pegaba al cuerpo.
Dione se sienta. Lento. La sábana le cae en la cintura. Lleva una camiseta vieja. De él. Se la puso anoche sin pedir permiso. Otra prueba.
Él no dice nada. Pero la mira. Solo un segundo. A la camiseta. A la clavícula. A la marca de la almohada en la mejilla.
Y tiene que desviar los ojos. Porque anoche no la besó para no arruinarlo. Y hoy, con la luz de la mañana y ella así, besarla sería rendirse. Y no sabe si rendirse es ganar o perder.
Se sienta también. Del otro lado de la cama. Apoya los codos en las rodillas. Se pasa las manos por la cara.
—No soñé —dice. No la mira—. Me quedé despierto.
Dione agarra agua de la mesa de noche. Bebe. Le ofrece.
Él niega. Si acepta el vaso, le va a rozar los dedos. Y si le roza los dedos, va a acordarse de la tela del vestido. Y si se acuerda de la tela, va a acordarse de que no la tocó a ella.
—El vestido sigue ahí —dice Dione. No es pregunta. Es hecho.
—Sigue —dice él.
Silencio.
Afuera pasa un camión. Aquí adentro, el mundo son dos personas que no saben cómo hablarse después de casi besarse sin besarse.
Dione se levanta. Va al clóset. Cierra la puerta. Del todo.
El blanco desaparece.
André levanta la vista. Rápido. Como si le hubieran quitado el aire.
Ella lo nota.
—No se fue —dice—. Solo lo guardé. Para que no tengas que hacer fuerza cada mañana para no mirarlo. Para no mirarme.
Se cruza de brazos. Lo reta. Otra vez.
—¿O sí te fuiste anoche? ¿En la cabeza?
André se pone de pie. Por fin. Camina hasta el ventanal. Le da la espalda. Las manos en los bolsillos. Otra vez.
—Me quedé —dice—. Pero no te mentí. Falta ver si yo tampoco me rompo.
Se gira. La mira. Da un paso. Se para. Porque si da otro, queda a distancia de besarla. Y anoche se prometió que no. No hasta que ella no tenga que preguntar si es un juego.
—Anoche quería —dice. La voz baja. Cruda. Sin adornos—. Quería cruzarlo. El metro. Tu boca. Todo.
Dione no respira.
—Y no lo hiciste.
—No.
No dice perdón. No tiene que.
No dice por qué. Ella lo sabe.
—Bien —dice Dione. Asiente. Una vez—.
Agarra su ropa del sillón. Va al baño. Cierra la puerta. Esta vez sí.
André se queda mirando la puerta del clóset. Cerrada.
Se queda mirando la del baño. Cerrada.
Se lleva una mano a la boca. Aprieta. Como si pudiera callar lo que no dijo. Como si pudiera borrar lo que casi hace.
Tres días para la boda.
Medio metro entre ellos.
Y un beso que no se dieron pesando más que todos los que se dieron con otras personas.
La mala suerte no es ver el vestido.
La mala suerte es querer besar a la novia y tener que recordarte por qué no puedes. Todavía.
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Editado: 01.07.2026