La puerta se cierra. Por fin.
Sin juez. Sin cuarteto. Sin las cineto cincuenta sillas.Dione se quita los tacones. Uno. Luego el otro. Los deja caer. El sonido es lo único que no mide.
El vestido sigue puesto. Arrugado del abrazo de Tania. Del de Tía Carmen. Del de nadie más, porque no dejó que nadie más la tocara.
André se quita el saco. Lo deja en una silla. No lo cuelga. No piensa quedarse tanto tiempo como para colgar ropa. Vieja costumbre.Se miran.
Medio metro. Otra vez. El mismo de la cama hace cuatro días. El mismo del altar hace tres horas.La suite es grande. Demasiado. Ventanales. Ciudad abajo. Cama al fondo.
Ninguno la mira.
—Deberías cambiarte —dice André. La voz ronca. Del beso. Del "sí". De tres días sin dormir bien—. Vas a...
—Estoy bien —corta Dione.
No es desafío. Es verdad.
Está bien. Por primera vez en años, está bien y no le da miedo decirlo.
Camina al ventanal. Descalza. El vestido le roza los tobillos. La luz de la ciudad le sube por la tela y le marca la espalda.
André no se mueve. Las manos en los bolsillos. Otra vez.
Quiere tocarla. Quiere quitarle el cierre que Tania le subió hace horas. Quiere terminar lo que empezó en el altar cuando le puso dos dedos en la cara.Y por eso no se mueve. Porque esta vez no hay juez que diga "puede besar a la novia". Esta vez, si la toca, es porque ella quiere. No porque se lo permiten.
—Anoche no dormí —dice. No la mira a ella. Mira la ciudad—. Tampoco la anterior.
—Lo sé —dice Dione. Sigue de espaldas—. Respirabas raro.
Silencio.
Se ríe. Él. Corto. Sin ganas.
—Raro es poco.
Dione se gira. Lo enfrenta.
—André.
Él levanta la vista. Y ahí está. El chico del casillero. El que no la besó en tres días para no cagarla. El que la besó en el altar y le tembló la boca.
—Dime una cosa —dice ella—. Una real. No para la foto. No para el juez. Para mí.
André traga. Se saca las manos de los bolsillos. Por fin.
Las tiene vacías. Le tiemblan. Un poco.
—Tengo miedo —dice.
—Tengo miedo de que mañana te despiertes y te acuerdes de los diecisiete. De que te acuerdes que yo fui el que te empujó. Y que todo esto sea una estupidez.
Dione camina. Acorta el medio metro. Queda a un paso.
No lo toca.
—Yo también tengo miedo —dice—. De que mañana te despiertes y te acuerdes de que enamorarte no estaba en tu contrato. Y te vayas.
Está ahí. El paso que falta. El que no dio hace tres noches. El que no dio en el altar hasta que fue legal.André lo da.No la besa. Le pone la mano en la cintura. Sobre el vestido. Sobre la tela que tocó con dos dedos hace cuatro días. Ahora la toca entera. Con la palma. Con cuidado. Como si fuera vidrio. Como si fuera ella.
—No me voy —dice. La voz baja. En la boca de ella, pero sin tocarla—. Hoy no.
Y la besa.
No como en el altar. Corto. Torpe. Real.La besa como se besa cuando ya no hay nadie mirando. Despacio. Preguntando. Dando tiempo a que ella se vaya.
Dione no se va.
Le pone las manos en el pecho. Sobre la camisa. Sobre el corazón que le va a mil.
Le devuelve el beso. Igual. Despacio. Preguntando también.
Se separan. Respiran. Frente con frente. Como en el altar.
—Te queda —susurra él. No del vestido. De ser su esposa.
—Te queda —susurra ella. No del traje. De ser el que se queda.
No van a la cama. Todavía no.
Se sientan en el suelo. Al lado del ventanal. Espalda contra el vidrio. Hombro con hombro.
Descalzos. Él en camisa. Ella con el vestido puesto.
Porque la mala suerte no era ver el vestido antes.
La mala suerte era no saber si el otro se queda cuando se apagan las luces y se calla la música.
Y él se quedó.
Y ella también.
—Nos vemos mañana, Grant—dice Dione. Cierra los ojos. Apoya la cabeza en su hombro.
—Nos vemos mañana, Cortez —dice André. Le roza el pelo con la boca. No la besa. La cuida.
Afuera, la ciudad no sabe que dos personas que se rompieron a los diecisiete decidieron no romperse hoy.
Aquí, en el piso 14, la mala suerte ya no parece existir, a unas manos que tiemblan, y a un "sí" que todavía da miedo.
Pero se dijeron "sí".
Y se quedaron.
Y por esta noche, eso es suficiente.
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Editado: 01.07.2026