El golpe en la puerta no es golpe. Es puño. Tres veces. Descompasado.
Dione abre los ojos primero. No por el ruido. Por cómo se tensa el cuerpo de André a su lado.Están en el suelo. Todavía. Espalda contra el ventanal. Ella con la cabeza en su hombro. Él con la mano en su cintura, sobre el vestido arrugado. Se quedaron dormidos así. Sin cama. Sin promesas. Solo estando.
Otro golpe.
—Dione —la voz al otro lado. Arrastrada. Rota—. Dione, sé que estás ahí.
Noah.
André se pone de pie. Lento. Sin ruido. La camiseta arrugada. El pelo revuelto. No dice nada. Solo la mira. Pregunta sin preguntar: ¿Quieres que abra?
Dione niega. Se levanta también. Descalza. El vestido cruje. No se lo quitó. No piensa quitárselo hasta que ella decida, no porque un borracho toque la puerta.
—No abras —susurra. No es miedo. Es asco. Es diez años de "te llamo cuando esté sobrio" condensados en tres golpes.
André asiente. Va a la puerta. No abre. Apoya la frente en la madera.
—Noah —dice. La voz pareja. Sin gritos. Sin veneno. Peor: con lástima—. Vete.
Del otro lado, silencio. Luego risa. Seca. Sin azúcar. Igual a la de Dione hace cuatro días.
—¿Ahora tú la cuidas, Grant? —escupe Noah—. ¿Ahora que ya la besaste? ¿Ya viste el vest...
—No termines esa frase —corta André. Bajo. Pero es una orden. No grita. No hace falta. La mandíbula se le marca hasta en la oscuridad—. Si la terminas, abro la puerta. Y no te va a gustar lo que pase.
Dione se cruza de brazos. No se esconde. No llora. Camina hasta ponerse detrás de André. No lo toca. Pero está. Cerca. Para que Noah sepa que no está sola. Para que André sepa que no tiene que pelear solo.
—Dione —dice Noah. Ahora sí suena roto—. Déjame verte. Una vez. Sin él. Como antes. Cuando era yo. Cuando...
—Cuando qué, Noah —dice Dione. Da un paso al frente. Queda al lado de André. La puerta de por medio—. ¿Cuando me dejabas plantada? ¿Cuando me decías "no arruines la foto"? ¿Cuando me hiciste creer que si me veías feliz te ibas?
Silencio.
Se oye un golpe. Como si Noah se hubiera apoyado en la puerta. O dejado caer.
—Yo te quería —dice. La voz chiquita. De niño—. Te quiero.
André cierra los ojos. Un segundo. Quiere abrir. Quiere romperle la cara por cada vez que la hizo dudar de si valía la pena que la vieran entera.
No lo hace. Porque abrir sería darle lo que quiere: drama. Público. Ser el protagonista otra vez. Y hoy la protagonista es ella. En ese vestido. Con él. Sin Noah.
Apoya la mano en la puerta. No para abrir. Para cerrarla más.
—Ella está casada —dice. No "conmigo". No "es mía". Dice un hecho—. Con un vestido que tú no viste porque no te lo ganaste. Con un hombre que se quedó cuando tú te ibas. Vete a dormir la mona a otro lado.
Noah no contesta. Se oye que se levanta. Pasos. Irregulares. Alejándose.
Luego nada.
Dione exhala. No se había dado cuenta que aguantaba el aire.
André se gira. La mira. Tiene los puños apretados. No de celos. De rabia. De ganas de haber hecho esto hace diez años, cuando ella lloraba en el pasillo del colegio por culpa del mismo imbécil.
—Perdón —dice.
—¿Por qué? —pregunta ella.
—Por no abrir. Por no partirle la cara. Por...
—No —lo corta Dione. Le pone dos dedos en la boca. Como él hizo con el vestido. Con cuidado—. Gracias por no abrir. Gracias por no convertir mi noche en tu pelea.
Baja la mano. La deja caer. No lo toca más.
—Gracias por quedarte.
André traga. Asiente. Una vez.
Va al ventanal. Se sienta en el suelo. Otra vez. Palmea el espacio a su lado.
Dione se sienta. Hombro con hombro. Otra vez.
El vestido cruje. La ciudad sigue abajo. La puerta, cerrada.
—No va a volver —dice André. No es pregunta. Es promesa—. No mientras yo esté.
—No —dice Dione. Apoya la cabeza en su hombro. Otra vez—. No mientras nosotros estemos ju ntos.
Se quedan callados.
A las 4:02 a.m., Dione se duerme.
A las 4:03 a.m., André sigue despierto. Mirando la puerta. No al vestido. A lo que significa: ella lo eligió a él.
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Editado: 01.07.2026