Un Amor imposible hecho realidad

30 La Primera Pelea de Casados

Dos días después de la boda.

La caja está sobre la mesa.
Noah. Para Dione. Escrito con la letra torcida de alguien que no sabía si mandar flores o veneno.

Adentro: la foto del gimnasio. La de los diecisiete. Ella rota en el suelo y a su lado Noah. Y una nota: Perdón por no quererte como antes. Felicidades por tu boda.

Dione la tiene en la mano. No tiembla. Pero la aprieta tanto que el borde le marca la palma.
André entra de la calle. Llaves. Mochila. Ve la caja. Ve la foto. Se para.

El Silencio se hace presente como el de antes de la tormenta El que ya conocen.

—¿Te la mandó a ti? —pregunta Dione. La voz plana. Sin acusar. Peor: sin sentir.
—No —dice André. Deja la mochila en el suelo. Despacio—. Me la mandó el portero. Dijo que Noah la dejó ayer. Que no sabía si dármela.

Dione asiente. Deja la foto en la mesa. Boca abajo. Como si así doliera menos.
—¿Y por qué no la tiraste?

André se pasa la mano por la nuca. Quiere decirle que la iba a quemar. Que no quería que la viera. Que pensó que si ella no la veía, no existía. Que todavía intenta protegerla de cosas que ya la rompieron.
No lo dice. Porque suena a mentira. Porque suena a "no arruines las cosas" versión esposo.

—Pensé que tenías derecho a verla —dice. La verdad a medias—. Y a decidir qué hacer con ella.

Dione ríe. Seco. Sin azúcar. Igual que hace una semana con el vestido.
—Qué considerado —dice—. El mismo que hace diez años se quedó mirando mientras sufria. Ahora me deja decidir qué hacer con ella.

Golpe bajo.
André lo recibe. Se lo merece. Todavía.

Camina a la cocina. Abre el refri. Lo cierra. Sin sacar nada. Necesita tener las manos ocupadas para no decir una estupidez.
—No es lo mismo —dice. De espaldas.
—No —dice Dione—. Ahora estamos casados. Ahora se supone que me cuidas.

Se gira. Por fin.—¿Cuidarte es mentirte? ¿Esconderte las cosas? ¿Eso querías?

Quiere gritar. Se le nota en el cuello. En la vena que se le marca. En cómo aprieta el borde del mesón hasta que los nudillos se le ponen blancos.No grita. Porque gritar es de Noah. Gritar es de los diecisiete. Y prometió no ser ese.

Dione va a la mesa. Agarrala foto. La mira. A ella. Al piso. A él.
—Cuidarme es no dejar que esto entre en mi casa —dice. La voz se le rompe un poco al final. Solo un poco—. Cuidarme es quemarla antes de que yo tenga que volver a verme así.

André camina hasta ella. Se para enfrente. No la toca. Medio metro. Otra vez. El de siempre.
—Tienes razón —dice. Bajo. Ronco. Sin defender—. Lo arruine

No dice "perdón" como disculpa vacía. Dice "la cagué" como hombre que admite que todavía está aprendiendo a no ser el del casillero.

Dione lo mira. Busca la trampa. No hay. Solo un tipo que no durmió hace tres noches para no besarla cuando no debía, y que ahora no sabe cómo no cagarla cuando debe.

—Yo también —dice ella. Deja la foto en la mesa—. La cagué. Porque en vez de decirte "me duele ver esto", te ataqué. Porque es más fácil pelear que decir que tengo miedo de que un día vuelvas a ser ese.

*André quiere abrazarla. Quiere besarla y que se acabe. Quiere que el "sí" del altar arregle diez años de historia.*
*No lo hace. Porque abrazarla ahora sería callarla. Y ella tiene derecho a estar rota en voz alta.*

Da un paso atrás. Le da espacio.
—Quemémosla —dice. Señala la foto—. Ahora. Juntos.

Dione niega.
—No.
—¿No?
—Guárdala —dice. Empuja la foto hacia él—. En un cajón. Donde no la vea todos los días. Pero donde exista.

André frunce el ceño. No entiende.
—Dione...
—Si la quemamos, hacemos como que no pasó —dice ella. La voz firme. Sin temblor—. Y pasó. Tú me empujaste. Yo me caí. Él tomó la foto. Y ahora estamos aquí. Casados. A pesar de eso. No por olvidarlo.

Agarra la nota de Noah. La rompe. En cuatro. La tira al basurero.
—Eso sí lo quemo. Porque su perdón no me sirve. El tuyo sí.

André agarra la foto. La mira. Se mira. Odia al de diecisiete. Pero es él.
La dobla. Una vez. La guarda en el cajón de la mesa. Lo cierra.

No se abrazan. No se besan.
Se sientan. Uno a cada lado de la mesa. La caja vacía en medio.

—Odio que todavía duela —dice Dione. Mira el cajón.
—Odio que todavía lo causara yo —dice André. Mira sus manos.

Silencio. No incómodo. No de tormenta. De resaca. De verdad.

—Nos vemos mañana, Vargas —dice Dione. Por fin. Sin filo. Con cansancio. Con algo que parece paz.
—Nos vemos mañana, Cortez —dice André. Le pasa la mano. No la suya. La de la mesa. La madera. La toca. Para que ella sepa que sigue ahí—. Aunque hoy haya dolido.

No arreglan todo. No se perdonan mágico.
Pero no se van.

Y para dos personas que se rompieron a los diecisiete, no irse en la primera pelea... eso ya es mala suerte desafiando a la suerte.




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