Un Amor imposible hecho realidad

31 Luna de miel

Cinco horas después de la pelea. Maletas. Aeropuerto.
El avión huele a café recalentado y a desinfectante. Dione va en ventanilla. André en pasillo. En medio: el espacio vacío del asiento 14B que ninguno quiso comprar pa’ tener “privacidad”. Ahora esa privacidad es un océano.
No se hablan desde que cerraron la puerta del depa. Solo lo necesario.
—¿Llevas los pasaportes? —Sí.
—¿Facturaste? —Sí.
—¿Quieres agua? —No.
El _nos vemos mañana_ del episodio anterior se cumplió. Técnicamente. Pero nadie dijo nada de _nos hablamos mañana_.
*Despegue.*
El avión carretea. Dione se agarra del reposabrazos. Siempre le dio miedo. A los diecisiete se agarraba de la mochila en las excursiones. Él lo sabe. Por eso abre la mano izquierda y la deja sobre el descansa-brazos de en medio. No la busca. Solo la ofrece.
Dione la mira. Tres segundos. La turbulencia sacude. Cierra los ojos y pone su mano encima. No entrelaza dedos. No aprieta. Solo peso. Calor contra calor. Como decir _aquí sigo_ sin usar la boca.
André traga saliva. No dice _todo va a estar bien_. Porque no lo sabe. Pero no quita la mano.
*Dos horas de vuelo.*
La azafata pasa.
—¿Algo de tomar, esposos?
Dione abre los ojos. Lo de _esposos_ le raspa todavía.
—Agua. Sin gas —dice.
—Lo mismo —dice André.
La azafata sonríe. —Luna de miel, ¿verdad? Se les nota en la cara de cansados.
Dione quiere decir _no, se nos nota en la cara de recién peleados_. No lo dice. Sonríe. Corto. Como aprendió para las fotos.
Cuando la azafata se va, André habla. Bajo. Para que solo ella oiga.
—Si quieres nos regresamos.
Dione lo mira por fin. De frente. Tiene la marca de la almohada en la mejilla. No durmió. Él tampoco.
—¿Y perder los vuelos? —dice ella. Voz plana—. Tu mamá diría que es de mala educación.
André suelta el aire. Casi risa. Casi.
—Mi tía diría que es de idiotas no hablarse en la luna de miel.
—Tu tía tiene razón en muchas cosas.
Silencio. El avión se estabiliza. Dione no quita la mano. Pero tampoco la mueve.
*Hotel. Cancún. 7:42 pm.*
La suite es ridícula. Pétalos en la cama. Forma de corazón. Toallas en forma de cisne. Una botella de champaña _cortesía de la casa para los recién casados_.
André la ve y piensa _váyanse al carajo_. Dione la ve y piensa _Noah nunca me hubiera reservado esto_. Y odia pensar en Noah aquí. Ahora.
El recepcionista se va. Cierra la puerta. El _clic_ suena a sentencia.
Dione deja la maleta junto al clóset. No la abre. Se sienta en la orilla de la cama. Lo más lejos de los pétalos. Mira el mar por el ventanal. Azul . Inmenso.
—No quiero fingir que estamos bien —dice. Sin voltear.
André se recarga en el escritorio. Cruzado de brazos. Medio metro otra vez. El de siempre.
—Yo tampoco —dice—. Sería insultar lo de ayer.
—Entonces no finjamos.
Se gira hacia él. Tiene el pelo recogido mal, de viaje. Un mechón suelto. Se ve de veintisiete y de diecisiete al mismo tiempo.
—Estoy enojada —dice. Por fin. Sin filtro—. Porque guardaste la foto. Porque pensaste que yo debía cargarla. Porque una parte de mí todavía espera que llegues tarde a todo.
André asiente. Se lo traga. Porque es verdad.
—Y yo —dice—. Porque me hablaste como si yo fuera él. Porque una parte de mí todavía cree que no merezco estar aquí si no soy perfecto. Porque te fallé hace diez años y te volví a fallar hace dos días.
No se gritan. Hace años que no se gritan. Duele más así. Quirúrgico.
Dione se quita los tenis. Los avienta. Uno pega en la maleta de André. No pide perdón.
—No quiero desempacar —dice.
—Yo tampoco.
Se quedan viendo la cama de pétalos. El enemigo.
—Odio los cisnes —dice Dione.
—Yo odio la champaña gratis —dice André.
Y ahí, entre el odio a los clichés, pasa algo. Dione resopla. Una risa. Amarga. Chiquita. Pero risa.
—Somos un desastre de luna de miel —dice.
—Somos un desastre de matrimonio —dice André. Y por primera vez en dos días, sonríe. Torcido. Cansado—. Pero somos.
Camina hasta el frigobar. Saca dos aguas. Le avienta una. Ella la cacha sin ver. Reflejos de años.
—Regla nueva —dice él, abriendo la suya—. No dormimos en la cama de pétalos. Es de mentira.
Dione agarra el cisne-toalla. Lo deshace de un jalón.
—Regla dos —dice—. No abrimos la champaña hasta que nos den ganas de brindar. De verdad. No por foto.
—Trato.
André jala el edredón y las almohadas al suelo. Arma una base junto al ventanal. Sin pétalos. Sin mentiras. Solo el ruido del mar.
—¿Vas a dormir en el piso en tu luna de miel? —pregunta Dione, con una ceja arriba. La de siempre. La que lo desarma desde los diecisiete.
—Solo si tú también, señora Grant—dice él. Se acuesta. Palmea el espacio a su lado—. Medio metro. El de siempre. Pero hoy lo eliges tú.
Dione lo mira. Al tipo que no durmió por no besarla cuando no debía. Al que guardó la foto porque no supo qué hacer con la culpa. Al que acaba de tirar una suite de 500 dólares por noche pa’ dormir en el suelo con ella.
Agarra su almohada. Camina. Se acuesta. No en el medio metro. A unos 30 centímetros. Avance.
—No te perdono todavía —susurra, mirando al techo.
—No te lo pido todavía —susurra él.
Afuera, el mar pega contra la playa. Adentro, no se tocan. No se besan.
Pero cuando Dione tiene una pesadilla a las 3 am y se mueve brusca, la mano de André ya está ahí. No sobre la de ella. Sobre su espalda. Cubriendo. Sin despertarla. Sin pedir puntos. Solo estando.
Y ella, entre sueños, no lo quita.




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