Un Amor imposible hecho realidad

32 Hoy es real

La luz no pide permiso. Se mete por el ventanal y le pega a todo: a los pétalos intactos, a las botellas de agua vacías, al edredón tirado en el suelo. No es luz de luna de miel. Es luz de lunes. De realidad. De “a ver qué hacemos con esto”.

Dione abre los ojos. Lo primero que registra no es el techo. Es el peso.
La mano de André sigue ahí. En su espalda. No la rodea, no la reclama. Solo está. Como cuando tenías diecisiete y llovía y él te prestaba su sudadera sin decir nada. Calor que no cobra.

Esta vez no la quita por reflejo.
Esta vez respira con la mano ahí.

Él tampoco se mueve. Pero su respiración cambia. Ya no es la de alguien que finge dormir para no incomodar. Es la de alguien que está despierto y se queda.

—Buenos días —dice André. La voz le raspa. De no dormir, de no llorar, de no hablar.
—Buenos días —contesta Dione. Igual de rota. Igual de honesta.

No se miran todavía. Es mucho para las 6:12 am.
Solo el mar. Metrónomo. Constante. Llevan años sin algo constante.

Dione se incorpora. Se abraza las rodillas sobre el edredón. Mira la cama. Los pétalos forman un corazón perfecto. Le dan náuseas. No por romántico. Por falso. Porque anoche decidieron no mentir más, ni para la foto.

André se sienta también. Espalda contra la pared. El medio metro de siempre ahora mide veinte centímetros. No porque se acercaran dormidos. Porque ya no empujan.

—Anoche —empieza Dione. La voz se le atora en el pecho—. Anoche no dijiste que me perdonabas.
El corazón de André se aprieta. Viejo reflejo. Diez años de querer arreglar.
—No —dice. Y la mira de frente. Por fin—. Porque no hay nada que perdonar de ayer. Te enojaste. Con razón. Yo la cagué. Punto.

Dione parpadea. Esperaba el “pero”.
—Pero lo de antes... lo de los diecisiete, lo de...
—No —la corta. No es duro. Es definitivo. Como cuando cierras un libro que ya te sangró los dedos—. Dione, ya no. Ya nos cobró diez años de vida. Ya nos quitó noches, cumpleaños, llamadas que no hicimos. No le voy a dar el día uno de lo que sea que esto es.

A Dione se le deshace algo en el pecho. Un nudo que tenía desde que él guardó esa foto. No es alivio. Es espacio. Espacio para respirar sin contar hasta diez.

Lo mira. De verdad. Al tipo que tiene ojeras de no besarla cuando no debía. Al que prefiere el suelo antes que una cama llena de mentiras. Al que no promete perfección. Promete presencia.

—Nos casamos por la empresa —dice ella. Necesita decirlo en voz alta. Escupir el contrato para ver si todavía envenena—. Por tu papá y la fusión. Por mi mamá y su “es lo mejor para todos”. Por la foto en Forbes que ya salió.
—Sí —André no baja la mirada.
—Y ahora estamos aquí. En Cancún. Con cisnes de toalla que odiamos y una luna de miel que es un chiste.
—Sí.

Silencio. Pero no el de aeropuerto. No el de castigo. Este pesa menos.

—Yo no sé ser esposa —suelta Dione. Lo dice como quien dice “soy alérgica al polen”. Dato. No disculpa—. No de las que se quedan. Siempre pienso en la puerta. En cuándo va a tocar irme antes de que me dejen.

André asiente. Se le marca la mandíbula. Porque él sí sabe de irse. Se fue a los diecisiete. Se fue después.
—Y yo no sé ser marido —dice—. Solo sé ser el que arregla. El que compensa. El que llega con flores después de romper el jarrón. Pero contigo ya no quiero arreglar, Dione. —La mira. Y por primera vez en años, no ve culpa en sus ojos. Ve hambre. De futuro—. Contigo quiero construir. Aunque no tenga el manual. Aunque me tiemble todo.

Afuera una ola revienta más fuerte. Como si el mar les diera la razón.

Dione estira las piernas. Sin querer, su pie descalzo roza el de André. Ninguno lo quita. Es la primera vez en este viaje que el contacto no es por turbulencia o por pesadilla. Es accidente. Y se queda.

El calor del pie de él le sube por la pantorrilla. No es deseo. Es peor. Es hogar.

—Si ya firmamos —dice ella, con la voz más baja que ha usado en años—, si ya volamos, si ya dormimos en el suelo porque los dos somos unos tercos orgullosos...
—Ajá —André apenas respira.
—Entonces elijo que funcione. —Lo dice y le tiembla la boca, pero no se retracta—. No por Forbes. No por tu papá. Porque estoy cansada de extrañarte aunque estés al lado.

André cierra los ojos. Un segundo. Cuando los abre, están cristalinos. No llora. Hace diez años que no llora. Pero algo se le rompe bonito adentro.

—Yo también elijo —dice. La voz le sale clara—. Te elijo a ti. Hoy. Mañana no sé cómo se hace esto, pero hoy te elijo. Sin cuentas pendientes. Sin deberte perdón. Debiéndote ganas. Debiéndote intento.

No hay música. No hay beso de telenovela. No hay “te perdono” porque ya dijeron que esa palabra está muerta entre ellos. Hay algo más animal, más real: un pacto.

Dione se levanta. Las piernas le fallan un poco. De sueño, de miedo, de todo. Camina a la mesa. La botella de champaña gratis sigue ahí, sudando. La agarra.

—¿Regla dos todavía aplica? —pregunta. No lo mira. Si lo mira, llora. Y no quiere llorar. Quiere empezar.
André se levanta. Se para a su lado. Tan cerca que su brazo roza el de ella. No se mueve.
—Aplica —dice—. Hasta que nos den ganas de verdad.

Dione asiente. Deja la champaña. Abre el frigobar. Saca las dos aguas de anoche. Le tiende una.
—Entonces brindamos con esto —dice—. Porque no es de utilería. Porque es lo que hay. Porque es nuestro.

Chocan las botellas de plástico. El _clac_ es patético. Es perfecto.

—Por el trato —dice André.
—¿Cuál trato? —Dione arquea la ceja. La de siempre. La que a los diecisiete lo hacía contestar mal en el examen. La que ahora lo hace querer quedarse a estudiar la vida entera.

Él sonríe. No la sonrisa torcida de anoche. Completa. Cansada. Libre.
—El de hacer que funcione. El de prometer que nos vamos a enamorar más. No porque el contrato lo diga. No porque tu mamá lloraría si no. —Da un paso. Acorta todo lo que queda de distancia—. Porque estoy harto de quererte con miedo. Quiero quererte con ganas. Sin facturas. Sin Noah. Sin fantasmas. Solo tú.




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