Un Amor imposible hecho realidad

Años después

Cortez Atelier by Dione Grant 11:17 am. Inauguración oficial de nueva sucursal_

La calle huele a café recién molido y a tela nueva. El local ya no es un muestrario en la pared de su depa. Es real. Paredes rosa pálido, letras doradas en la ventana, maniquíes vestidos con los diseños de Dione. Adentro hay veinte personas, copas de champaña —esta vez no gratis, esta vez porque quieren—, y el ruido bonito de cuando un sueño deja de ser sueño.

Dione trae puesto un vestido camisero color marfil que diseñó ella. Suelto. Cómodo. Elegante sin gritar. Lo que nadie nota —todavía— es por qué lo eligió suelto.

André está en la caja, cobrando un velo de tul degradado. Sí, el mismo que tardaron tres meses en encontrar. Ahora vende tres por semana. Aprendió a hablar de hilos, de metros, de “este cae mejor si el escote es corazón”. No por obligación. Porque le gusta ver cómo se le prende la cara a Dione cuando una clienta se enamora de algo suyo.

La mamá de André corta el listón. La mamá de Dione llora. La prensa toma fotos. Esta vez sí sonríen para Forbes. Pero no es pose. Es de verdad.

_3:42 pm. El local vacío._
Se fueron todos. Quedan pétalos en el suelo —estos sí los quisieron—, copas a medio tomar y la etiqueta de “VENDIDO” en el vestido principal del aparador.

Dione se quita los tacones. Los pies le matan. André la ve y ya sabe. Camina a la trastienda, regresa con sus pantuflas de unicornio. Sí, las mismas de hace un año.

—Señora Grant, su transporte —dice, dejándoselas enfrente.
—Gracias, señor Grant —dice ella. Se las pone. Lo mira—. Siéntate. Tengo que decirte algo.

André se tensa medio segundo. Reflejo viejo de cuando “tenemos que hablar” era peligro. Luego respira. Porque llevan un año eligiendo quedarse. Porque ya no huyen.

Se sienta a su lado en el sillón de terciopelo que compraron para las novias. Dione juega con el anillo. No el de matrimonio. El de compromiso que él le dio tres meses después de Cancún, sin empresa de por medio. Sin papás. Solo porque quiso.

—Bueno —empieza ella. Se ríe nerviosa. No la de “me voy”. La de “no me lo creo”—. Te acuerdas que el mes pasado me desmayé por el olor del tinte disperso?
—Que no fue desmayo, que fue “bajón de azúcar” según tú —André arquea la ceja. La de siempre.
—Ajá. Bueno. No era azúcar.

Le toma la mano. Se la lleva al vientre. Todavía plano. Todavía secreto. Pero ahí.

André se queda quieto. Procesando. Diecisiete, veintisiete, treinta y uno. Todas las versiones de él en una sola respiración.

—¿Estás...? —no termina. Tiene miedo de decirlo y que se rompa.
—De ocho semanas —Dione sonríe. Agua en los ojos. No de tristeza. De las que no duelen—. Me enteré ayer. Quería decírtelo aquí. Hoy. Porque este lugar también es nuestro “hoy”.

Silencio. Un segundo. Dos.
Y luego André se ríe. Se ríe como no se reía desde antes de los diecisiete. Le agarra la cara con las dos manos, con cuidado, como si fuera tul.

—¿Vamos a ser papás? —susurra.
—Vamos a intentarlo —dice ella—. Sin manual. Sin saber cómo. Igual que todo nosotros.

Él la besa. En la frente. En la nariz. En la boca. No es de película. Es mejor. Es de ellos. Sabe a champaña de verdad y a futuro.

—Trato —dice él, contra sus labios.
—Trato —dice ella.

Afuera, una clienta toca el vidrio para ver si siguen abiertos. André se levanta, niega con la cabeza y señala el letrero de “Cerrado por inauguración”. Luego se lo piensa. Mira a Dione. Mira su mano en su vientre.

Abre la puerta.
—Pasen —dice—. Cinco minutos más. La dueña está feliz hoy.

Dione lo ve atender, hablar de tul, de escotes, de amor. Y piensa en Cancún. En el suelo. En el medio metro. En lo lejos que están de esos dos rotos que no sabían perdonar.

Se toca la panza.
_Hoy_, piensa.
_Hoy también te elijo. A ti. A él. A esto._

En el escritorio, junto al muestrario de tul, hay una foto nueva. La de la inauguración. Él la abraza por la espalda. Ella tiene la mano sobre la de él, justo en su vientre. Nadie más lo nota todavía. Pero ellos sí.

Abajo, Dione escribió anoche con plumón dorado:
_Capítulo 1._

Porque entendieron algo: el amor no era el final feliz.
Era el principio.
Y ahora, empieza de nuevo.

Fin. ¿O comienzo?




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