Diane.
Tres días fueron los que transcurrieron sin que yo pudiera ver a otra persona más allá de una chica que me traía puntualmente el desayuno, y la cena, almuerzo no había o al menos para mi.
Todo era tan silencioso pero de cierta forma lo agradecia así podía conectar con mis pensamientos.
Pero finalmente el silencio llegó a su fin.
Un hombre entró a mi nueva habitación con una caja negra y una roja.
—Me dijeron que debes elegir un vestido, vendrán a buscarte pronto.
Solo observo al hombre y no digo nada.
Este termina por marcharse.
Ya estoy en un punto que ya no me cuestiono absolutamente nada, este lugar aparentemente guarda tantos secretos que ni un banco esconde tanto.
—Voy a enloquecer. —digo acercándome a las cajas.
Al abrirla me encuentro con dos vestidos demasiado cortos para poder ser considerados vestidos, pero al menos no tienen todo el polvo que tiene mi ropa actualmente, pero incluso sucia mi ropa se ve mas decente que los vestidos que trajeron para mi.
—¿Pero qué? —veo una nota debajo.
Un vestido era color rojo de unos 40 centímetros de largo en totalidad, con un bordado a mano de una A justo en la espalda, y el otro era un poco más largo pero todo de encaje, lo que volvia un chiste al vestido porque por mas que era más largo no cubría absolutamente nada.
“Bienvenida a tu nueva realidad, tienes dos opciones toma la que mas creas que te convenga, pero elige con inteligencia esta opciones te pueden llevar al cielo o al infierno.”
Me quedo mirando los vestidos, de pronto la puerta se vuelve a abrir y lo veo a él.
—¿Qué se supone que es esto? —pregunto, mirándolo con una furia que llevaba tres días acumulándose en el pecho.
Él cierra la puerta con un movimiento tranquilo.
Ni siquiera se apresura.
Como si supiera que nadie iba a sacarme de allí.
Como si el mundo entero le perteneciera.
Sus ojos recorren los vestidos antes de volver a mí.
—Tu futuro.
Suelto una risa amarga.
—Prefiero morir.
—No. —Lo dice con una calma tan absoluta que hace que el aire se vuelva pesado.—Morir no está entre las opciones.
Aprieto los puños y mis uñas juro por dios que podrian romperse en las palmas de mis manos de toda la ira que contengo en ese instante.
—No puedes decidir sobre nada hacia mí.
Da un paso, luego otro; hasta quedar lo bastante cerca para obligarme a levantar el rostro.
—Ya lo hice. —El silencio se instala entre los dos.
No retrocedo, ya no me importa intentar mostrarme distante, pienso pelear por mi y defenderme con todo lo que soy de cualquier amenaza así me pueda llevar a la muerte, porque ya se quien esta persona que se presenta ante mi.
Él tampoco retrocede, porque ante los ojos de él, no soy alguien de quien debería huir.
—Tienes dos caminos, Dulzura. —Su voz es baja. Elegante.
Pero cada palabra cae como una sentencia.
—El primero…—hace referencia a los vestidos que se encuentran sobre las cajas. — aceptar convertirte en la diversión de mis hombres.
Mi estómago se revuelve.
Él continúa como si estuviera hablando del clima.
—Ellos llevan demasiado tiempo sin una mujer. Les bastará con que yo dé la orden.
Siento náuseas.
—Eres un maldito monstruo.
Una leve sonrisa aparece en la comisura de sus labios.
—Lo soy.
No intenta defenderse.
No niega nada, eso resulta aún más aterrador.
—La segunda opción...
Levanta una mano y aparta con los dedos un mechón de mi cabello.
No es una caricia, es una declaración de propiedad.
—Te conviertes en mi esposa.
Mi respiración se corta.
Él sostiene mi mirada con una intensidad insoportable.
—Llevarás mi apellido, dormirás bajo mi techo, nadie volverá a tocarte sin mi permiso, nadie volverá siquiera a mirarte si no quiero, porque desde el momento en que aceptes... dejarás de pertenecerte a ti misma, serás mía, solo mía, para protegerte, para destruir a cualquiera que se atreva a desearte y también para recordarte todos los días que este mundo dejó de tener puertas para ti.
Trago saliva.
—Eso no es un matrimonio. —murmuro atrapada entre las palabras que él menciono, mientras él sonríe apenas cuando escucha mi aclaración.
—No. —Hace una pausa. —Es una condena.
Mi pecho sube y baja con fuerza.
—Jamás aceptaría algo así. —mi voz ya no se escucha baja, porque llego el momento de levantar la voz.
Él se inclina apenas hacia mí, puedo sentir su respiración.
—Lo harás.
—¿Y si no? —Por primera vez percibo algo diferente en sus ojos.
No ira.
No odio.
Algo mucho peor.
Convicción.
—Entonces escogeré por ti.
Mi mandíbula se tensa.
—No puedes obligarme.
—¿Crees que todo esto fue para preguntarte qué querías?
El silencio vuelve a envolvernos.
Él observa los vestidos sobre la cama.
—El rojo es para la esposa del jefe. —Hace una pausa.—El negro... para la mujer que mis hombres compartirán esta noche.
Siento que la sangre abandona mi rostro.
Él vuelve a mirarme.
—Escoge con cuidado, porque cuando esa puerta vuelva a abrirse … no tendras otra oportunidad solo la vida que yo haya decidido darte, y da las gracias a que alguien que necesito de mi lado se ha preocupado por ti y me ha obligado a mantenerte viva, porque no me gustan los enigmas como lo eres tú, una completa desconocida viviendo bajo mi techo. —toma mi cabello mientras sus ojos se mantienen fijos en mi.
La rabia me consume.
Sin pensarlo, tomo el vestido negro y lo arrojo al suelo. No es suficiente.
Mis ojos encuentran el jarrón de cristal sobre la cómoda.
Perfecto.
Lo sujeto con ambas manos y lo levanto.
—Mia. —grita.
Su voz retumba demasiado tarde.
Lanzo el jarrón con todas mis fuerzas contra la pared.
El cristal estalla en decenas de fragmentos que se dispersan por la habitación.
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Editado: 06.07.2026