Diane
Todo a mi alrededor es un desastre, pero está claro que si no salgo, ellos vendrán por mí.
Me niego a convertirme en una víctima.
No me entregaré a ninguno de ellos.
Tomo el vestido negro entre mis manos. Probablemente esto confirme que estoy al borde de la locura, pero no pienso ceder. Tengo demasiado claro, por Terra, cómo terminan las mujeres que bajan la cabeza ante esta gente.
Y yo daré batalla.
Me lo pongo lentamente, ignorando el temblor de mis manos.
Si quieren una presa asustada, tendrán que buscar en otra parte porque yo no seré ella.
Abro la puerta solo para encontrarme con un hombre esperando del otro lado.
Era demasiado bueno para ser cierto.
Claramente, aunque no tuviera una cadena en el tobillo, seguía siendo una prisionera.
—El jefe quiere verla.
Mi estómago se revuelve.
—Qué considerado de su parte. —hablo sin querer mantener una conversación.
El hombre no responde. Solo se hace a un lado para permitirme avanzar.
Camino por el largo pasillo intentando aparentar una valentía que no siento. Sin embargo, al cruzar las puertas del salón, el silencio cae sobre todos.
Decenas de ojos se posan en mí.
Y entonces lo veo.
Andrew.
Sentado al final de la mesa, con una copa entre los dedos.
Sus ojos se elevan lentamente hasta encontrarme.
Por primera vez desde que lo conozco, parece... furioso.
Su mandíbula se tensa y eso de alguna forma me genera placer.
La copa se rompe entre sus dedos.
El sonido del cristal haciéndose añicos provoca que todos guarden silencio.
—¿Que te dije de ese vestido?
Su voz es baja. Mortal.
Frunzo el ceño.
—¿Importa? Estaba a mi disposición y lo tome.
Uno de los hombres a mi alrededor palidece.
Andrew se pone de pie lentamente.
—Te lo he dejado en claro, creí que serías mas inteligente para saber tomar una decisión inteligente.
Nadie se atreve a respirar.
—¿Qué te hace pensar que no es una decisión inteligente?
El color desaparece del rostro de varios presentes.
Andrew deja escapar una risa sin humor.
Mi plan inicial es
Lo miro confundida.
—Solo es un vestido. —aclaro.
Él da un paso hacia mí.
Luego otro.
Hasta quedar frente a mí.
—No.
Su mano se cierra alrededor de mi muñeca.
—Ese vestido significa que serás entregada esta noche.
El aire abandona mis pulmones porque me lo dijo pero no habia sido frente a ellos.
—A mis hombres.
El horror debe reflejarse en mi rostro porque la expresión de Andrew se vuelve todavía más oscura.
Sus ojos recorren mi cuerpo envuelto en la tela negra y algo peligroso se enciende en ellos.
Posesividad.
Ira.
Una furia devastadora.
—Nadie la toca.
Su voz retumba por toda la habitación.
—¿Andrew...? —susurra alguien.
Él ni siquiera aparta la mirada de mí.
—¿Andrew...? —susurra alguien.
Él ni siquiera aparta la mirada de mí.
Sus dedos se hunden en mi muñeca.
—Fuera.
Nadie se mueve.
La mandíbula de Andrew se tensa todavía más.
—He dicho que se larguen.
Las sillas se arrastran apresuradamente y en cuestión de segundos el salón queda vacío.
Solo quedamos él y yo.
El silencio se vuelve sofocante.
—Suéltame.
Andrew deja escapar una risa amarga.
—¿Qué demonios pretendías hacer?
Levanto el mentón.
—¿No era eso lo que querías? ¿Convertirme en un regalo para tus hombres?
Sus ojos se oscurecen.
—No juegues conmigo, Mia.
Ese nombre que se oía tan absurdo para mí, pero de alguna forma me hacia ver las cosas distantes, porque solo yo sabia que Diane es mi nombre.
—No estoy jugando.
Doy un paso hacia él, ignorando cómo su agarre se endurece.
—Me dijiste perfectamente lo que significaba este vestido. Lo entendí desde el primer momento.
Una vena palpita en su cuello.
—Entonces eres más estúpida de lo que pensé.
La furia me invade.
—¿Estúpida? Soy una prisionera. ¿Qué diferencia hace si me entregas hoy o mañana?
Algo peligroso cruza su mirada.
Muy peligroso.
—Hace toda la diferencia.
Mi respiración se entrecorta.
Andrew baja la vista hacia el vestido.
Luego vuelve a mirarme.
Y por primera vez desde que llegué aquí, veo algo que no había notado antes.
Celos.
Posesividad.
Una rabia irracional.
—Quítatelo.
Parpadeo.
—¿Qué?
—El vestido.
—No.
Su expresión se vuelve letal.
—Mía.
—No voy a obedecerte.
En dos pasos me tiene contra su pecho.
Mi espalda choca contra la mesa.
—Te estás poniendo en peligro.
—¿Por quién? ¿Por tus hombres?
—Por mí.
El aire abandona mis pulmones.
Sus ojos no se apartan de los míos.
—Porque ahora mismo apenas puedo soportar que ellos te hayan mirado vestida así.
Mi corazón se detiene.
—Aston… —remarco su apellido para que entienda que se perfectamente ante quien estoy.
—Ni uno solo de ellos volverá a verte de esta manera.
Su mano asciende hasta mi cuello, sin apretar, pero dejando clara su intención.
Reclamar.
Poseer.
Proteger.
Todo al mismo tiempo.
—A partir de ahora te quedarás en mi habitación.
Lo miro incrédula.
—¿Encerrada?
—Llámalo como quieras.
—No puedes hacer eso.
Una sonrisa fría aparece en sus labios.
—Puedo.
—No soy tuya.
Andrew guarda silencio durante unos segundos.
Luego inclina ligeramente la cabeza.
—Ese es precisamente el problema.
El silencio se instala entre nosotros.
Andrew me observa durante largos segundos.
Demasiados.
Y algo en su expresión cambia.
La furia sigue ahí.
Pero ahora está acompañada de algo mucho más peligroso.
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Editado: 22.07.2026