Ya había olvidado lo responsable que puede ser eso de tener una cita. Resulta que hay que pensar en tantas cosas... y yo no sé hacerlo. No recuerdo la última vez que estuve en una cita de verdad. Es decir, sí salí con chicas, pero nunca tuve miedo de decepcionarlas. Todas estaban dispuestas a saltar a mi cama desde el primer encuentro. Y nada más serio que eso me interesaba.
Con Mía todo es diferente. Ella es la excepción a la regla. Mi dolor de cabeza… y, al mismo tiempo, una poderosa fuente de endorfinas en mi sangre.
Decido no arriesgarme y confiar la organización a Vadim. Salgo a la calle para que Mía no escuche nuestra conversación y lo llamo.
—¿Qué ha pasado? —pregunta en cuanto contesta—. Estoy cerca, enseguida voy.
—¿Por qué siempre asumes que ha pasado algo malo?
—Porque te conozco demasiado bien.
—Qué suerte tienes de que estoy de buen humor y voy a fingir que no he oído eso.
—¿De buen humor? ¿Y eso por qué?
—Porque tengo una cita. De hecho, por eso te llamo.
Vadim guarda silencio. No reacciona de ninguna manera.
—¿Hola? ¿Sigues ahí? —pregunto, por si se cortó la llamada.
—Sí —responde por fin—. Escucha, Skyler, sabes que mientras Mía finge ser tu novia, no puedes salir con otras. ¿Para qué provocar a la prensa con otro escándalo?
—No habrá ningún escándalo. Voy a tener una cita con Mía —le informo, bastante orgulloso de mí mismo.
Oigo cómo suelta un suspiro de alivio.
—Uf —ríe—. Ya pensaba que te referías a una cita de verdad.
¡Otro más! ¿Se han puesto de acuerdo o qué?
—Es una cita de verdad —gruño entre dientes—. Una cita real con Mía. La invité yo.
—¿Y ella aceptó?
—¿Te sorprende?
—Sí.
¡Me saca de quicio! Y el tiempo pasa. En vez de estar charlando, ya deberíamos estar organizándolo todo.
—En fin. Necesito que lo dejes todo espectacular. Ya sabes… una manta de cuadros rojos, una cesta con delicatesen, un lugar con buenas vistas. Como en las películas. Y no tienes mucho tiempo, así que ¡anda, ponte a trabajar!
—Si lo organizo todo, ¿qué me impide invitar yo mismo a Mía a una cita?
—La amenaza de despido —gruño—. ¿Entonces no me ayudarás?
—Puedo ayudarte, pero no lo haré todo por ti. Si quieres impresionar a una chica, tendrás que esforzarte, no llevarla a algo que ya está preparado. Si fuera por temas de relaciones públicas, te ayudaría encantado. Pero tu vida personal arréglala tú. Soy asistente de un cantante, no un casamentero.
—Ah, con que así estamos... Me lo voy a recordar. Cuando me pidas un día libre o…
—Hace medio año que no tengo días libres.
—¡Y los próximos seis meses tampoco los tendrás! —resoplo, intentando contener mi enfado—. Al menos, ¿me prestarás el coche? ¡Ni siquiera tengo con qué salir de la ciudad!
—Sí. El coche te lo presto. Pero hasta ahí.
—Déjalo junto a la puerta. Las llaves en el buzón. ¡Y mejor no te cruces conmigo, porque no estoy de humor para verte!
—De acuerdo.
Cuelgo. ¿Y para qué necesito un asistente si se niega a ayudarme? ¡Todo tengo que hacerlo yo!
Empiezo a correr por la casa como un loco. Miro a mi alrededor. Picnic... ¿Qué se necesita para eso?
La manta —listo. Bueno, más bien una manta gruesa de la habitación de invitados, que nadie ha usado jamás. De paso, agarro una almohada. Por si acaso.
Luego, la comida. Voy a la cocina. Abro la nevera y me quedo mirando dentro unos segundos, como esperando que aparezca de repente una cesta llena de delicatesen. En lugar de eso, veo medio limón, tres huevos, un trozo de queso, un frasco de aceitunas y restos de mis tortitas caseras.
—Romántico —murmuro—. Simplemente, romántico.
Empiezo a improvisar. Corto el queso en cubos y lo meto en un recipiente. Las aceitunas, también. Añado un trozo de baguette (seco, pero puedo fingir que era la intención), unas cuantas fresas medio muertas y una manzana, al menos algo fresco. Pienso en añadir vino, pero recuerdo que conduzco y que Mía probablemente no beberá sola.
Al final tomo una botella de agua con gas y limón, y decido que es mejor así. Más saludable.
Mi mirada cae sobre el termo —puedo preparar té caliente por si acaso hace frío. Lo lanzo junto a las demás cosas, y solo después caigo en la cuenta de que difícilmente tendremos frío con cuarenta grados.
Recuerdo que en los picnics todo suele verse bonito. Así que hace falta algo “decorativo”.
Tomo un jarrón vacío (ya recogeré flores silvestres), unas cuantas velas de la repisa de la chimenea e incluso la guitarra decorativa que me regalaron unos fans.
Después, los cubiertos. Busco durante un buen rato, no encuentro tenedores iguales, así que pongo tres distintos. Añadiré las servilletas de lino que estaban en el cajón de la mesa, esperando su momento de brillar en una cena elegante. Picnic o no, el ambiente tiene que ser festivo.
Por fin meto todo en la cesta y me detengo a contemplar el resultado. Parece un apocalipsis sacado de Pinterest. Y, aun así… hasta tiene su encanto.
—Parece que nos mudamos de casa —dice la voz de Mía a mis espaldas.
Está detrás de mí, observando con escepticismo el caos que he armado. Chupi también decidió “ayudar” y añadió su juguete y una cola de toro seca y maloliente que me vendieron en la tienda de mascotas como un “snack saludable”.
Me doy la vuelta y la miro (a Mía, no al montón de cosas). Se ve… impresionante. Shorts claros que dejan ver sus rodillas bronceadas. Una camisa suelta color leche con las mangas remangadas. El cabello recogido en una coleta desordenada, con unos mechones sueltos que le caen suavemente sobre el rostro. En la muñeca, una pulsera de conchas que no le había visto antes. Y en los pies, las mismas zapatillas con las que llegó a mi casa.
Sin brillo, sin glamour, y aun así no puedo apartar la mirada. Estoy tan fuera de mí por estos sentimientos inoportunos que probablemente la admiraría igual aunque volviera a ponerse el pijama.