Un amor talla Xl

Сapitulo 25

Mía

Me atormenta la conciencia. Y lo peor es que lo merezco. Skyler confía en mí. Comparte recuerdos, sonríe de verdad. Me mira como si fuera alguien en quien puede confiar. ¿Y qué hago yo a cambio? Le miento.

Estoy sentada sobre la manta, girando con cuidado una fresa entre los dedos, y siento cómo algo dentro de mí se encoge de vergüenza. En el bolsillo tengo el teléfono, todavía lleno de decenas de mensajes sin leer de Natalia. Y cada uno me recuerda lo mismo: no soy solo la chica con la que él ha venido de picnic. Soy una espía. Una persona que debería vigilarlo, recopilar detalles, vender la verdad —o incluso medias verdades— a cambio de una carrera.

Pero ahora… ni siquiera puedo mirarlo a los ojos. Él, ese egoísta engreído que antes me sacaba de quicio con su arrogancia, ahora se comporta de otro modo. Sincero. Simple. Casi hogareño. Intenta sacar la comida del cesto con torpeza, y parte del contenido cae directamente sobre la hierba.

—Ahora este queso es aún más gourmet —dice, inclinándose para recoger un trozo—. Con hierbas y hormigas.

No puedo contener la risa. Y eso es lo peor: me río, me siento bien. Siento que empiezo a hundirme en esa sensación —en su voz, en sus torpes intentos de parecer perfecto, en el silencio que nos rodea—. Y al mismo tiempo, me desgarra pensar: él no sabe quién soy realmente. Si lo descubre, se acabó. No solo para mí. También para él. Su confianza, su calma, todo se derrumbaría.

Bajo la mirada para no cruzarme con la suya. Quiero confesarlo. Ahora mismo. Explicarle por qué estoy aquí, por qué empezó todo esto. Pero mis labios no me obedecen. Porque tengo miedo de que, si digo la verdad, pierda este momento. Lo pierda a él.

Él levanta su copa de agua mineral y dice:

—Por nuestra primera cita. Sin escándalos, sin gritos y, por suerte, sin el Chupacabras.

Sonrío y toco su copa con la mía.

—Pero a Chupi le encantaría estar en un sitio como este… —digo antes de dar un sorbo.

—Vendrá con nosotros la próxima vez.

¿La próxima vez? ¿Eso significa que quiere repetir? ¿Que realmente quiere salir conmigo en serio? ¿Se ha enamorado? ¿Y yo? Yo no lo planeaba…

Nos dejamos abrazar por el sol. Hablamos de tonterías. Me siento tan bien que, por momentos, olvido dónde estamos y quiénes somos. Solo el día, el campo, el viento cálido y él a mi lado.

—¿Sabes? —me recuesto contra el árbol—. Yo también tuve un columpio parecido. Aunque no tan bonito ni resistente. Lo hicimos con una cuerda y una vieja llanta que Artem le “tomó prestada” a un vecino.

Skyler levanta una ceja, intrigado.

—¿Le “tomó prestada”?

—Bueno… se la pidió sin permiso. Estábamos convencidos de que el vecino ya no la necesitaba. La atamos a una cuerda, la colgamos del manzano y nos balanceábamos. Solo que… cuando el vecino se dio cuenta…

—¿Resultó que sí la necesitaba?

—Sí —respondo, riendo—. Resultó que era una llanta de invierno que pensaba poner en el coche cuando llegara la temporada. Y nosotros además la pintamos… Dos inviernos seguidos condujo por el pueblo con dibujos en una rueda.

Skyler se ríe. Una risa real, profunda, que resuena por todo el campo. Incluso se inclina hacia adelante, sujetándose el estómago.

—¡Dios mío, puedo imaginármelo! ¿Y vuestros padres no os castigaron?

—Bueno… Mis padres no. En ese entonces mi padre estaba en el hospital, y mi madre estaba tan agotada por su enfermedad que no tenía fuerzas para nuestras aventuras con Artem. Pero los padres de Artem sí que nos dieron una buena lección… Nunca volvimos a soñar con tener otro columpio.

—Y para mí este columpio es el único trozo del pasado que no duele recordar —dice Skyler, sin apartar la vista de las cadenas.

Guardo silencio. El viento juega con el borde de la manta, y el aire se vuelve más denso.

—Luego empezó a beber —continúa Skyler, con voz contenida—. Al principio solo después del trabajo, luego en lugar de trabajar. No teníamos mucho, y con el tiempo nos quedamos sin nada. Mi madre intentó sacarnos adelante, se fue a España a trabajar. Decía que volvería cuando estuviera estable. Y… —sonríe con amargura—. Lo consiguió. Solo que decidió no volver.

Siento un nudo en la garganta.

—Se casó con otro. Obtuvo la nacionalidad —añade con calma, aunque esa calma es falsa—. Ni siquiera me enfadé. Simplemente… dejé de esperarla.

—¿Y te quedaste con tu padre? —pregunto en voz baja.

—Sí. E intenté fingir que todo estaba bien. Porque si alguien se enteraba de que bebía, me habrían mandado a un orfanato. Así que mentía… Aprendí a cuidarme y a cuidarlo. Inventaba excusas para los profesores cuando no iba a las reuniones. Lo encubría ante los vecinos.

Habla con tono sereno, pero veo cómo se tensa su mandíbula. No es solo una historia; es una herida que todavía no ha cerrado.

—Y luego —suspira— me presenté a La Voz del País. Quería escapar de ese pozo. Demostrarme algo… bueno, no. ¿A quién engaño? Quería demostrarle a mi madre que valía algo y que se equivocó al dejarme.

—No tenías que… —empiezo a decir, pero Skyler me interrumpe.

—Lo sé. Ahora, que soy adulto. Pero entonces era un adolescente. Pensaba que si ganaba, mi madre se sentiría orgullosa de mí, reconocería su error y me llevaría con ella… Tenía una motivación enorme, y por eso gané. Pero como aún era menor de edad, el premio lo pusieron a nombre de mi padre. Debería haber bastado para lanzarme, grabar mi primer álbum, empezar una carrera. Pero él… —su voz se quiebra—. Simplemente se quedó con casi todo. Me dejó una décima parte y desapareció.

Skyler guarda silencio, mirando hacia el campo. El sol ya se inclina hacia el horizonte, bañando su perfil en una luz dorada y suave.

—Tuve que empezar de cero —dice tras una pausa—. Sin dinero, sin apoyo. Solo con mi voz. Y eso, creo, fue lo único que me salvó.

Siento un dolor sordo en el pecho. Quiero consolarlo, pero cualquier palabra me parece insuficiente.




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