Skyler
La mañana llega en silencio: una delgada línea de luz se cuela entre las cortinas y se desliza por la alfombra, avanzando lentamente hasta alcanzar el sofá y rozar mi rostro. Abro los ojos, entrecierro un poco la vista y tardo unos segundos en entender dónde estoy. Ah, cierto… la sala del cine en casa.
La pantalla está apagada. En el aire flota el olor dulzón del popcorn, que se ha esparcido por el suelo.
Y entonces lo siento. A ella.
Mía.
Duerme acurrucada contra mí, con la cabeza sobre mi brazo, y su cabello me hace cosquillas en el cuello. Ni siquiera me atrevo a respirar más fuerte, por miedo a romper este instante. Del otro lado me calienta Chupi, que ocupa el espacio a nuestros pies, panza arriba y completamente rendido. El cuadro perfecto: la chica, el perro y yo, atrapado entre ambos en la trampa más agradable del mundo.
Giro la cabeza con cuidado y la observo. Duerme profundamente, con los labios entreabiertos y las mejillas sonrosadas por el calor. ¿Nos quedamos dormidos aquí? ¿Juntos? ¿A la vez? Espero no haber roncado…
No recuerdo la última vez que desperté al lado de una mujer y no quise que se marchara lo antes posible. Normalmente era al revés: un breve entusiasmo, unas cuantas noches, y después el vacío. Esa sensación de que, al final, estoy mejor solo. Pero ahora… ahora no.
Ahora me siento bien. Simplemente bien.
Su respiración es tranquila, cálida. Y aunque el aire del verano es sofocante, no quiero apartar el brazo. Quiero seguir abrazándola, aunque sea un poco más. Mis ojos recorren su rostro, la línea de su cuello, ese mechón cobrizo que le ha caído sobre la nariz, y pienso: Dios, qué fácil sería acostumbrarme a esto.
Sonrío. Algo se me encoje dentro, una ternura que no sé dónde guardar, que se me desborda por completo. Quisiera memorizarlo todo: su olor, su calor, cómo Chupi se da la vuelta y apoya la pata sobre su pierna, como si también la protegiera. Sí… así debería verse la imagen de una vida perfecta, esa que siempre me dio miedo imaginar. Si esto es un sueño, no quiero despertar.
Permanezco quieto unos quince minutos más. La boca me sabe seca. Necesito agua. Y, de paso, lavarme los dientes. Con cuidado, me incorporo del sofá, acomodo la almohada bajo su cabeza, le echo una última mirada y salgo.
La casa respira sol. Camino descalzo por el pasillo, disfrutando de ese silencio que solo existe por la mañana, cuando el mundo todavía duda si despertarse o no. Tengo mil cosas planeadas para hoy, pero me dan ganas de apagar el teléfono y quedarme aquí.
Al pasar frente a la habitación de Mía, me detengo. La puerta está entreabierta. En la cama hay una manta rosa chillona que rompe con todo mi decorado, una pila de libros sobre la mesita… y en la silla, el portátil.
Doy un paso al frente. Recuerdo que está escribiendo una novela. La curiosidad me muerde. Quiero leer al menos unas páginas. Sería una forma de conocerla mejor. Y si el texto resulta bueno, podría ayudarla a publicarlo. Para mí no es nada; para ella podría significar el inicio de algo grande.
Me quedo en el umbral, dudando. La conciencia me pincha. No está bien. No, peor: es una traición. Quizás debería simplemente preguntarle, durante el desayuno, con naturalidad: “Oye, ¿me enseñas tu novela?”. Sería lo correcto.
Pero entonces otro pensamiento se cuela: ¿y si escribe sobre mí? Bien podría haberme convertido en personaje de su historia. Espero que no sea uno que muera en el primer capítulo…
Resoplo. Miro alrededor. Luego doy unos pasos hacia la cama. Pulso la tecla Enter. La pantalla cobra vida. Fondo de pantalla: una foto de Chupi. Horrible. En el escritorio, justo sobre la oreja del perro, hay una carpeta con un título breve: “trabajo”.
Algo se me clava en el pecho. Esa sensación de que estoy a punto de cruzar una línea de la que ya no podré volver. Mi dedo se queda suspendido sobre el touchpad. No lo hagas, Timur.
Pero, maldita sea, solo es un libro. No un diario. No mensajes personales. ¿Qué daño puede hacer si me convierto en su primer lector?
Click.
La carpeta se abre.