Un amor talla Xl

28.1

La mañana llega en silencio: una fina franja de luz se cuela entre las cortinas cerradas, se desliza por la alfombra, avanza lentamente hasta el sofá y me toca el rostro. Abro los ojos, entrecierro un poco la vista y, al principio, no entiendo dónde estoy. Ah, claro… la sala del cine en casa.

La pantalla está apagada. El aire huele a palomitas de caramelo derramadas por el suelo.

Y luego siento algo más. O mejor dicho, a alguien. Mia.

Duerme acurrucada contra mí, su cabeza sobre mi brazo, su cabello me hace cosquillas en el cuello. Tengo miedo de respirar, no quiero romper este momento. Del otro lado, Chupi calienta mis piernas, panza arriba, completamente rendido. El combo perfecto: una chica, un perro y yo, atrapado entre ambos como en la trampa más agradable del mundo.

Giro la cabeza con cuidado y la miro. Duerme profundamente, con los labios entreabiertos y las mejillas sonrojadas por el calor. ¿Nos quedamos dormidos aquí? ¿Juntos? ¿Al mismo tiempo? Espero no haber roncado…

No recuerdo la última vez que desperté al lado de una chica y no quise que se fuera cuanto antes. Normalmente era distinto: un par de noches, algo de atracción y luego el vacío. Pero ahora… ahora no.

Ahora estoy bien. Simplemente bien.

Su respiración es suave, cálida. Y aunque el aire esté pesado y bochornoso, no quiero apartar el brazo. Quiero abrazarla un poco más. Mis ojos recorren su rostro, la línea de su cuello, ese mechón cobrizo que le cayó sobre la nariz, y solo puedo pensar: Dios, qué fácil sería acostumbrarse a esto.

Sonrío. Siento cómo algo dentro de mí se encoge, un nudo de ternura que no sé dónde meter. Me dan ganas de repartirla por el mundo, tanta que me sobra. Quiero grabar cada detalle: su olor, su calor, el modo en que Chupi se da vuelta y le apoya una pata en la rodilla, como si también la protegiera. Supongo que así se ve la imagen de una vida perfecta, esa con la que nunca me atreví a soñar. Si esto es un sueño, no quiero despertar.

Permanezco quieto unos quince minutos más. Tengo la boca seca. Necesito agua. Y cepillarme los dientes, de paso. Me incorporo con cuidado, acomodo la almohada, la miro una vez más y salgo.

La casa respira sol. Camino descalzo por el pasillo, disfrutando de ese silencio que solo existe por la mañana, cuando el mundo aún no ha terminado de despertar. Tengo mil cosas que hacer hoy, pero quisiera apagar el teléfono y quedarme aquí todo el día.

Al pasar frente a su habitación, me detengo un segundo. La puerta está entreabierta. En la cama, una manta rosa que parece una mancha chillona dentro de mi decoración; en la mesita, una torre de libros… y sobre la silla, su portátil.

Doy un paso dentro. Recuerdo que está escribiendo una novela. La curiosidad puede más que los buenos modales. Muero por leer aunque sea unas páginas. Tal vez eso me ayude a conocerla mejor. Y si su trabajo vale la pena, podría ayudarla a publicarlo. Para mí sería nada, pero para ella… podría serlo todo.

Me quedo en el umbral, dudando. La conciencia me pincha. Esto no está bien. Es casi una traición. Tal vez debería esperar al desayuno y preguntarle sin rodeos: “Oye, ¿me enseñas tu novela?”. Sería lo correcto.

Pero otra idea cruza mi mente: ¿y si hay algo sobre mí allí? Podría haber usado mi vida como inspiración. Espero que al menos ese personaje no muera en el primer capítulo…

Respiro hondo, miro a los lados, y al final me acerco. Presiono Enter. La pantalla cobra vida. El fondo es una foto de Chupi —horror puro—. Y justo sobre su oreja, una carpeta con un título simple: trabajo.

Siento un pinchazo en el pecho, como si estuviera a punto de hacer algo de lo que no habrá marcha atrás. Mi dedo tiembla sobre el touchpad. No lo hagas, Timur.

Pero, al diablo, es solo un libro. No es un diario ni mensajes privados. ¿Qué daño puede haber en ser su primer lector?

Clic. La carpeta se abre.

En la pantalla, una lista de títulos, simples, secos, pero que me atraviesan como una descarga eléctrica:

“Skyler: ¿fenómeno o ficción?”
“La vida secreta del ídolo. Exclusiva.”
“Tras bastidores: quién es Skyler fuera del escenario.”

Al principio no entiendo lo que veo. Tal vez solo es una recopilación de materiales sobre mí. Quizás los reunió para documentarse, para interpretar mejor su papel de novia. Sí, debe ser eso. Mia es observadora y meticulosa; necesita fuentes. Tiene sentido.

Intento aferrarme a esa idea como un náufrago a una bocanada de aire. Sé que si la suelto, me hundo.

Abro el primer archivo. Y mi mundo empieza a derrumbarse.

En la pantalla, mi vida. Diseccionada. Mis gestos, mis manías, incluso detalles como el movimiento que hago con el anillo cuando estoy nervioso. Pero lo peor es el tono. Reconozco su estilo. Es su voz, sus palabras, su ironía, sus malditos comentarios sarcásticos.

“En cuanto a arrogancia y soberbia, Skyler no tiene rival. Su corazón es tan helado que ni el cambio climático lo afecta. Un hipócrita que solo finge amar a sus fans. ¿Por qué? Porque le conviene.”

Eso… eso es sobre mí. Y lo escribió ella.

Cierro los ojos, pero el texto sigue allí, grabado. Un dolor agudo me atraviesa el pecho, como si alguien me clavara un cuchillo y girara la hoja con calma. Leo y releo, buscando un rastro de broma, un guiño, algo que me diga que no es en serio. Pero no hay nada. Es un análisis quirúrgico: preciso, frío, despiadado.

Abro otro archivo. Hay notas, fechas, recordatorios:

“¡Entregar el material antes de fin de mes!”

“Reacción de Skyler al hablar de su infancia: emocional, potencialmente útil para seguir explorando.”

“Después del podcast, se nota un cambio en su actitud. Seguir observando.”

La luz de la pantalla me quema los ojos. Me cuesta parpadear. Todo zumba en mi cabeza. Cada frase es una bofetada. Ella me observaba. Me estudiaba. Me vendía.




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