—Ya es hora de que sientes cabeza —me dijo mi padre aquella mañana, con el mismo tono con que revisa los balances de la empresa.
Esposa, hijos, estabilidad.
Yo lo escuché en silencio, pensando que aún no me veo compartiendo mi vida con nadie.
Quizá algún día, pero no ahora.
Tengo 35 años, se que ya no soy lo que se dice joven, pero tampoco es que este tan viejo. He tenido varias relaciones a lo largo de mi vida, pero ninguna llegó al punto del compromiso.
Después de varios días desde que visité a mis padres, recibí la llamada del abuelo. Reclamandome que no me veían desde Navidad, y ya estamos en julio. Con el invierno arriba.
Mis abuelos, aburridos de estar encerrados, quieren tener visitas en la casa. Se que mis padres y abuelos hablan seguido de mi futuro, o falta de él según ellos. Y que esta llamada no es otra cosa más que una intervención por parte de ellos.
Pero para mantenerlos contentos, y como mi trabajo lo puedo hacer desde cualquier lugar, siempre que tenga internet. Decidí tomarme unos días de vacaciones de la oficina.
El pueblo de mis abuelos, Polanco, me espera con su ritmo lento y sus calles de tierra
Ellos nunca quisieron mudarse a la capital, y cada tanto viajo para recordar de dónde venimos.
Llegó una mañana lluviosa. El temporal no da tregua y el aire huele a tierra mojada.
En el poblado, todos se conocen, todos saben lo que sucede con todos.
Mientras me dirijo hacia la casa de mis abuelos, me pregunto si aquí también me pedirán que “siente cabeza”.
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Editado: 28.08.2026