Hoy tengo que llevar productos de la granja a los Olivera, Juana y Martin, ancianos que viven en Polanco desde antes que llegaran la mayoría de los que habitan, y supongo que allí estarán después de que muchos se vayan. Su único hijo emigró a la capital antes de casarse y ahora tiene una gran empresa. Vienen todos los meses a visitarlo, pero mientras tanto todos nos damos una vuelta para ver cómo están o si precisan alguna cosa. Anoche me llamo Juana, para hacerme un pedido de huevos y acelga.
Judith colgó el teléfono y se quedó mirando la ventana.
La lluvia seguía golpeando el vidrio, y pensó en el nieto de los Olivera que estaba por llegar.
Quizá su visita trajera un aire nuevo al pueblo.
Quizá, sin saberlo, también a su vida.
La mañana amaneció gris, con la lluvia golpeando los techos de chapa del pueblo.
Judith cargaba la camioneta con los cajones de huevos y acelga para los Olivera cuando vio un auto negro detenerse frente a la plaza.
No era común ver vehículos tan modernos en Polanco.
Del asiento del conductor bajó un hombre alto, de unos treinta y tantos, con abrigo elegante y gesto serio.
Juana salió a recibirlo con los brazos abiertos.
—¡Noel! —exclamó la anciana, emocionada—. ¡Al fin llegaste, hijo!
Lo abrazó con fuerza, como si quisiera recuperar en segundos todos los meses de no verse. Luego, con orgullo, lo tomó del brazo y lo condujo hacia la entrada de la casa.
—Vecinos, este es mi nieto Noel Olivera —anunció Juana,
alzando la voz para que la escucharan los curiosos que se habían
asomado a las ventanas por la novedad—. El hijo de Martín, que ahora dirige la empresa en la capital. Un hombre de ciudad, pero con raíces aquí, en Polanco. Ha venido a pasar unos días con nosotros, y espero que lo reciban como siempre recibieron a nuestra familia.
Judith, cargando el cajón de verduras, se cruzó con él en la entrada.
Sus miradas se encontraron un instante: la de ella cansada, marcada por el trabajo;
la de él distante, acostumbrada a los negocios más que al barro.
—Ven, quiero que conozcas a alguien muy especial —dijo Juana, mirando hacia Judith, que se acercaba con el cajón de verduras.
—Ella es Judith, la muchacha que ha estado cuidando la granja de sus abuelos
y que nunca nos deja faltar nada. Es trabajadora, responsable… casi como una nieta para nosotros.
Judith se sonrojó un poco, incómoda con tanta atención.
Noel la observó con curiosidad, arqueando una ceja.
—¿Tú eres Judith? —preguntó Noel, como si ya hubiera escuchado su nombre en boca de su abuela.
—Sí —respondió ella, seca—.
La que se encarga de que la granja siga en pie.
Juana intervino rápido, sin notar la tensión.
—Noel, Judith nos ayuda siempre. Es como de la familia.
Ya verás que aquí todos se apoyan.
Judith dejó el cajón en la mesa y se despidió.
Mientras volvía a la camioneta, pensó que aquel hombre elegante sería más problema que ayuda.
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Editado: 28.08.2026