Un Compromiso en Polanco

Noel

Noel

Al llegar a la casa de mis abuelos, se arma un alboroto con los vecinos. Son personas que siempre están pendientes de lo que ocurre en el patio del otro. Entre las voces, observó a una muchacha descargando cajones de una vieja camioneta. La abuela Juana me distrae cuando empieza a levantar la voz hacia la casa de los González.

  • Vecinos, este es mi nieto Noel Olivera —anunció con orgullo.
  • ¡Abuela, por favor! No es necesario que le digas a todo el pueblo que he llegado —le reclamó en voz baja, incómodo por su entusiasmo.
  • Claro que sí, tonto. Tienen que saber a quién dejó entrar a mi casa. Aquí nos cuidamos entre todos - responde sin dudar.

Suspiro y la dejo hacer lo que quiera, como siempre. La muchacha de la camioneta vuelve a llamar mi atención. Se acerca con un cajón pesado; pienso en ofrecerle ayuda, pero pasa de largo, escuchando a mi abuela.

  • Ven, quiero que conozcas a alguien muy especial - dice abuela Juana, señalándole.

Al tenerla más cerca, puedo detallarla: es alta, con curvas, distinta a las jóvenes de ciudad a las que estoy acostumbrado. Su cabello ondulado está recogido en un moño alto, aunque algunos mechones se escapan. No recuerdo haberla visto en mis visitas anteriores.

  • Ella es Judith, la muchacha que ha estado cuidando la granja de sus abuelos.
  • ¿Tú eres Judith? - pregunto, sorprendido. Había escuchado tantas veces a la abuela hablar de ella que no inmaginaba que fuera la misma que paso todo un verano conmigo. Pero al verla, todo el pasado regresa de pronto. Tengo que disimular para que nadie se de cuenta.
  • Sí - responde seca - . La que se encarga de que la granja siga en pie.

Su voz suena cansada, como si ya estuviera rindiéndose a la vida. No se si me recuerde, como yo a ella. No habia vuelto como le prometi. Y temo que tenga mucho resentimiento hacia mi. La veo partir y entonces aparece el abuelo, el unico que sabe nuestra historia. Me acerco para darle un fuerte abrazo, de esos que reconfortan.

  • ¡Abuelo! He extrañado tus charlas a la orilla del lago. ¿Tienes las cañas listas para pescar en estos días? - lo molesto, sabiendo que nunca le gustó pescar.
  • Muchacho, con tal de que te quedes un tiempo, soy capaz de conseguir un par de cañas - bromea.
  • Vamos pa’ dentro, que tengo el guiso en la estufa -dice la abuela.
  • Qué guiso ni qué nada, eso hace rato lo apagué. Te habías olvidado otra vez, vieja - responde el abuelo.
  • Menos mal que te tengo para controlarme, viejo - ríe Juana entrando a la casa.
  • Siempre es lo mismo, ha sido asi desde que la conozco.- El abuelo me tranquiliza cuando observa mi cara seria.
  • Tu habitación de siempre está lista desde hace una semana. Lleva tus cosas y vuelve para almorzar.

Así se nos va la tarde, poniéndonos un poco al día. El abuelo en ningun momento menciono a Judith frente a la abuela, sabe que es un tema delicado para mi. Que tengo que manejar a mi propio ritmo.




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