—Venga, suéltalo, Nazario. Sé que tienes esa cara de "tengo un plan para salvarnos el culo" —dijo Celso, repantingado en el sofá de cuero, con un gin-tonic en la mano y una sonrisa de absoluta despreocupación.
Nazario, que estaba revisando unos informes en su tablet, levantó la vista con una chispa de audacia en los ojos.
—¿Qué le parecería, jefe, si intercambiamos los papeles?
Celso casi se atraganta con el hielo. Dejó la copa en la mesa de golpe.
—¿Cómo que intercambiar papeles?
—Piénselo. Yo me hago pasar por usted y usted se hace pasar por mi secretario. Yo intento enamorarla, despliego todo mi encanto...
—¡Sí! ¿Y luego qué? —Celso estaba ya inclinado hacia delante, vibrando con la idea.
—Luego, si ella cae y se enamora de "mí" (o sea, del falso Celso), no podrá cumplir la cláusula de casarse con el verdadero Celso. El plan es que ella sea la que rompa el compromiso.
—Nazario... eres un genio absoluto —exclamó Celso, lanzando un cojín al aire—. ¡Es brillante!
—¿Le convence el plan, entonces?
—Me parece legendario.
—Pues no perdamos tiempo —dijo Nazario, dejando la tablet y cogiendo un cuaderno—. Siéntese, jefe. Bueno, "secretario". Vamos a redactar el correo. Hay que anunciar que llegamos la semana que viene. Tenemos siete días para que usted aprenda a ser un subordinado creíble.
Celso soltó una carcajada, frotándose las manos.
—¿De verdad crees que vas a poder sustituirme? Mira que el listón está alto.
—Creo que puedo manejarlo —respondió Nazario con una seguridad que rozaba la arrogancia—. Pero hay una condición: usted va a estar allí presente. Tendrá que tutearme delante de ella, tratarme con respeto... Bueno, con el respeto que se le debe a un Norlega. Yo seré Celso.
—Y yo... —Celso se relamió—. Yo me ocuparé de inspeccionar al servicio de la casa. He oído que las chicas de la costa son una maravilla.
Nazario fingió una mueca de preocupación profesional.
—¿Es obligatorio que nos quedemos en su villa?
—Órdenes de mi padre y su dichoso testamento —Celso se encogió de hombros con fastidio—. Eran unos antiguos, Nazario. Unos dramáticos. "Convivencia previa para asegurar la compatibilidad"... parece un reality show de los años noventa. Pero, oye, ¿y si nos pillan?
—Si usted hace bien de secretario y no se pone a pedir champán francés a gritos, no hay problema —aseguró Nazario.
—Por mi parte, te juro que seré el empleado del mes.
—Pues por la mía, hecho. Empecemos, pues... señor —dijo Nazario, probando el tono de autoridad.
—¡Hostia! —se rió Celso—. Ten cuidado con lo que haces, que te vienes arriba muy rápido.
—¿"Hostia"? ¿Así habla un secretario educado? —le recriminó Nazario, divertido—. Hemos empezado el ensayo, ¿recuerda?
—Es verdad, perdón, señor. Proceda con el comunicado —dijo Celso, adoptando una postura rígida y servicial—. Es usted un crack, Nazario.
—Lo peor será que me enamore de ella de verdad —murmuró Nazario para sí mismo mientras empezaba a escribir.
—Pues te casas —respondió Celso con una pillería inagotable—. Total, alguien tiene que hacerlo.
—¿Y su fortuna? —preguntó Nazario, recuperando la seriedad por un segundo.
—No te ralles por eso. Si ella rompe el pacto porque prefiere al "secretario", el dinero me cae a mí por defecto. Yo te pondré un sueldo de rey y un puesto de socio vitalicio. Estarás cubierto.
—Ya, pero si me enamoro y nos casamos, no pienso vivir contigo, jefe. Sé cómo te las gastas con las mujeres casadas y no quiero que mi mujer sea una de tus conquistas.
Celso estalló en una carcajada.
—¡Me encanta este lío! El aburrimiento se ha acabado.
—¿Cuándo zarpamos?
—Primero, el correo —dijo Celso, señalando el papel—. Y desde este mismo instante, yo soy tu sombra y tú eres el jefe. Enséñame cómo se hace. Empieza: "Querida Ana María..."
—No, hombre, no —corrigió Nazario con aire solemne—. Demasiado directo. Mejor: "Estimada señorita Artime". Hay que mantener las distancias hasta que atraquemos.
Nazario era el contrapunto perfecto. Alto, rubio, con unos ojos verde-azulados que sabían mirar con una mezcla de frialdad y magnetismo. Si Celso era el encanto explosivo, Nazario era la elegancia serena. Eran mejores amigos, casi hermanos, y ahora, los dos cómplices de la estafa más divertida del Mediterráneo.
Ana entró en la terraza a paso de carga, agitando el móvil como si fuera una bandera de guerra. Llevaba unos shorts deshilachados que dejaban poco a la imaginación y una determinación que daba miedo. Laura, estirada en la hamaca con el biquini desatado para que no le quedaran marcas, apenas levantó la vista de su Kindle.
—Laura, ya ha llegado el correo. —anunció Ana, plantándose frente a ella.
—¿Qué correo? ¿El del pedido de Amazon?
—No. El de ese tipo. Celso Norlega.
Laura se incorporó de golpe, sujetándose el biquini con una mano.
—¿El "heredero del imperio"? ¿Ese Celso?
Ana se desplomó en el puf frente a su amiga, soltando un suspiro dramático.
—Ese mismo. Dice que llega en su yate a finales de la semana que viene. Viene con su secretario personal. O sea, que tenemos exactamente siete días para el entrenamiento intensivo.
—¿Me estás diciendo que vas en serio con tu plan de locos?
—Más en serio que nunca. La "Chacha" ya ha despachado a todo el servicio oficial. Los nuevos están de camino: gente que no nos conoce de nada. A partir de mañana, tú eres la dueña de la casa, la heredera sofisticada, la señorita Ana. Y yo... yo soy tu asistente, Laura. Una chica del montón, eficiente y, sobre todo, invisible.
Laura la miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—Ana... esto es una locura de las tuyas. ¿Y si me enamoro?
—¡Ese es el plan! Que él se enamore de ti y tú de él. Boda, perdices y final feliz.
—Ya, pero puede que yo me cuelgue de él y él pase de mí —replicó Laura con una mueca de duda—. La vida no es una serie de Netflix.