La Chacha subió las escaleras como si estuviera huyendo de un incendio. Entró en el dormitorio de Ana como un meteoro, jadeando y con la cara roja. Las dos jóvenes, que estaban retocándose el maquillaje al fondo de la habitación, se giraron asustadas.
—¿Qué pasa, Chacha? —preguntó Ana, alarmada, acercándose a la mujer para calmarla—. ¡Pero si estás empapada en sudor!
—Y... y no es para menos —consiguió decir entre jadeos—. Han llegado, Ana. Están abajo. En el salón principal.
Ana y Laura se quedaron de piedra. El silencio en la habitación se podía cortar con un cuchillo.
—¿Han llegado? —repitió Ana, procesando la información—. ¿Quiénes? ¿Ya?
—Ellos. El señor Norlega y su secretario.
—¿Celso? —susurró Laura, sintiendo que las piernas le flaqueaban.
—¡Oh! —exclamó Ana, sintiendo una descarga de adrenalina.
—¡Ah! —gimió Laura, dejándose caer en el borde de la cama.
Ana se inclinó hacia la Chacha, con los ojos brillando de curiosidad.
—Dinos, Chacha... rápido. ¿Cómo son? ¿Qué aspecto tienen?
—¡Madre mía! —susurró la mujer, poniendo los ojos en blanco como si hubiera visto una aparición—. Los dos... parecen sacados de una serie de Netflix. No sabría decir cuál es más guapo. El señor Norlega es rubio, con una percha impresionante, y el secretario es moreno, con unos ojos que te miran y parece que te están leyendo el pensamiento. Parecen dos estrellas de cine, de verdad os lo digo.
Ana se giró hacia su amiga, que estaba pálida.
—Laura... ¿qué me dices? ¿Estás lista?
—Estoy... estoy a punto de un ataque de ansiedad —confesó Laura con voz trémula.
—¿Dónde están ahora, Chacha?
—En el salón. Les he servido algo frío mientras esperan.
—Perfecto. Laura, se acabó el ensayo. Empieza la farsa de verdad. Ahora mismo bajas y los recibes.
—Iremos las dos, ¿no? —suplicó Laura, agarrando la mano de Ana.
—No. Tú sola. Yo soy tu asistente, recuerda. Si ves que te bloqueas o que la situación te supera, me das un toque al móvil o tocas el timbre del servicio y bajo volando con mis gafas puestas y mi actitud de "becaria invisible".
—Si el secretario es tan guapo como dice la Chacha, no entiendo por qué tienes que ponerte fea y apagada —protestó Laura, que se sentía morir de miedo—. Lo mejor es que te presentes tal como eres.
Ana se detuvo frente al espejo y reflexionó un segundo, ajustándose un mechón de pelo.
—Bueno... creo que tienes razón. Me presentaré con mi cara normal, pero manteniendo el papel de empleada. Ahora vete. Si me necesitas, me haces una señal.
—Vale... —Pero Laura no se movía. Estaba clavada al suelo.
La Chacha las miraba alternativamente, negando con la cabeza.
—No sé en qué va a terminar esto, pero me da que os vais a arrepentir. Esos dos son demasiado... demasiado interesantes para andar con mentiras.
—Tú no digas nada, Chachita —la cortó Ana con cariño—. Cosas de nuestra generación. Ya nos apañaremos.
—Ya veremos si el "apaño" no acaba en desastre —refunfuñó la mujer mientras salía del cuarto.
Ana agarró a Laura por el brazo, la levantó de la cama y la empujó hacia la puerta con una energía renovada.
—¡Hala, vamos! Empieza ya.
—No me atrevo a bajar sola, Ana. Me va a dar algo.
—¡Laura! —se desesperó Ana—. ¿De qué han servido todas las horas que hemos pasado ensayando cómo cruzar las piernas y cómo mirar por encima del hombro? ¡Acuérdate de que eres una Artime!
—¡Pero es que ya has oído a la Chacha! Que son guapísimos.
—¿Y qué? ¡Tú también lo eres! No seas cobarde.
—¡Ay! —exclamó Laura, como si la hubieran pinchado—. ¿Y si me enamoro del tal Celso a primera vista?
—Pues te casas y problema resuelto.
—Él no se querrá casar conmigo cuando descubra que no tengo ni un euro en el banco —replicó Laura, recuperando su realismo habitual—. Ana, el amor sin dinero es como... como un coche sin gasolina. No llega a ninguna parte.
—¡Qué poco romántica eres! —se impacientó Ana—. Pásate un poco de colorete, saca pecho y a por todas.
—Baja conmigo... por favor.
—No quedaría bien. Bajaré cinco minutos después, cuando ya hayáis roto el hielo.
—¡Ay, Dios mío!
—¡Laura, por favor! —Ana la empujó físicamente fuera de la habitación—. Y no lo olvides: a partir de este escalón, tú eres la señorita Ana y yo soy Laura, tu secretaria. ¡Suerte!
Laura soltó un último suspiro de agonía y, haciendo acopio de toda la dignidad que pudo reunir, empezó a bajar la gran escalinata de mármol hacia el salón, donde los dos "artistas de cine" la esperaban.
—Esta niña es imbécil —protestó Celso en voz baja, paseándose por el salón como un león enjaulado—. Se está haciendo esperar a propósito. Como tarde cinco minutos más, nos largamos. Narices.
—Sí, señor —respondió Nazario, tratando de mantener la compostura.
—¿Qué es eso de "señor"? —siseó Celso, fulminándolo con la mirada.
—¡Ah, perdón! Sí... Nazario. Perdona, "jefe".
—Mejor. Bonita casa, ¿eh? —Celso echó un vistazo a las molduras del techo y las obras de arte contemporáneo de las paredes.
—Impresionante.
—Supongo que no estará dispuesta a dejarla escapar. Querrá casarse a toda costa, está claro —Celso soltó un bufido de desdén—. Además, las tías de hoy en día matan por un buen partido. Apuesto lo que quieras, Nazario —sonrió con ironía, metiéndose en su papel de secretario—, a que se casaría contigo aunque fueras el jorobado de Notre Dame con tal de mantener este tren de vida.
—Seguramente —asintió Nazario, aunque de repente se quedó rígido.
—¿Qué diablos te pasa ahora?
Nazario tragó saliva, ajustándose el cuello de la camisa.
—No estoy muy tranquilo, "Narices" —forzó una sonrisa—. Tengo la sensación de que nos están espiando por alguna esquina.
—No me extrañaría. Curiosidad y mujer son la misma palabra. ¿Sabes lo que te digo? —Celso arqueó una ceja.
—No lo sé.