Un Contrato Muy Travieso

Capítulo 5

Ana terminaba de colocar las copas de cristal fino y las aceitunas rellenas sobre la mesa de teca, mientras hablaba en un susurro rápido, asegurándose de que Laura, que fingía leer un libro en la hamaca con unas gafas de sol de marca, no perdiera detalle.

—Son brutales los dos, reconócelo —soltó Ana, casi sin mover los labios.

—Sí... —contestó Laura con un hilo de voz.

—No te quedes ahí alelada, tía. Reacciona.

—Es que estoy un poco en shock, Ana. Esto es muy fuerte.

—¿De cuál te vas a enamorar tú? —preguntó Ana con una sonrisa traviesa.

—De ninguno, espero. Y tú deberías hacer lo mismo.

—A mí me ha ganado el secretario —confesó Ana, dejando el sifón sobre la mesa—. Tiene unos ojos de gato apasionado que te atraviesan. Me ha dejado frita.

—Mucho cuidado, Ana —le advirtió su amiga desde detrás de las gafas—. Que no se te olvide quién eres.

—No pienso tener cuidado. Voy a hacer lo que me pida el cuerpo.

—Ya veremos qué dice tu cuenta corriente cuando el cuerpo te meta en un lío.

—Nunca he sido pobre, así que no sé qué se siente —rió Ana con una ligereza envidiable—. Será una novedad... seductora.

—No te equivoques. No tiene nada de seductor. Es una pesadilla.

—¿Incluso con amor? —insistió Ana.

—¡Por favor! —protestó Laura, bajándose un poco las gafas—. "Con amor, con amor...". ¿De verdad crees que va a haber amor en este circo? No seas una romántica de película antigua.

—Pues igual es que soy una tonta, pero estoy soñando despierta.

—Baja de la nube, anda.

Ana terminó de preparar la mesa y colocó dos tumbonas más.

—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó Laura.

—Tú me vas a invitar. En cuanto yo haga el amago de irme, tú, con ese tono de jefa indulgente que hemos ensayado, me dices: "Laura, por favor, quédate. Hazle compañía al señor Arenas".

—Eres una actriz nata. Parece que te lo estás pasando bomba con todo este engaño.

—Me chifla, de verdad. Llevo años sin hablar con un hombre que no trabaje para mi padre o que no sea el notario. Mi vida ha sido un desierto social. Ahora es cuando empiezo a vivir, y paso de llevar una mochila de preocupaciones.

—Lo malo es que te cuelgues del secretario —insistió Laura, que no podía evitar ver el desastre—. ¿Y si Celso se enamora de mí pensando que soy tú y luego descubre el pastel? Yo no tengo nada que perder, pero él sí. El dinero siempre acaba pesando más que el amor.

—¿Y bien?

—Imagínate que cuando sepa que soy la "pobre", me da la patada y quiere casarse contigo por la herencia.

—Eso no va a pasar —sentenció Ana—. Te va a querer tanto que le dará igual el dinero.

—Ana, esto no es una serie turca de Divinity. Es la vida real.

—Precisamente por eso. En una serie, Celso llegaría, yo le pondría ojitos, nos casaríamos y fin. La realidad es mucho más divertida si le metes un poco de farsa. Mi imaginación es muy adaptable, ya lo verás.

—Ya lo veo, ya...

—¡Ahí vienen! —anunció Ana, sintiendo un vuelco en el pecho—. Me retiro. ¡Llámame!

Ana desapareció hacia el interior justo antes de que los dos hombres llegaran a la altura de Laura.

—Señorita Ana —empezó Nazario (el falso Celso), con su mejor sonrisa de seductor.

—Dime Ana, por favor. A secas.

—Pues tú a mí, Celso.

Mientras tanto, el verdadero Celso (el falso secretario) ni siquiera se molestó en mirar a la "dueña". Sus ojos estaban fijos en Ana, que salía de nuevo con una bandeja de aperitivos. Se fue directo hacia ella.

—Laura —dijo él, interceptándola cerca de la puerta—. Estoy encantado de haberte conocido. De verdad.

—Digo lo mismo, Nazario —respondió Ana, tratando de que no se le notara el temblor en las manos.

—Es un sitio increíble —comentó Celso (falso Nazario) mirando a su alrededor—. Una finca espectacular.

Mientras tanto, en la mesa principal, Nazario (falso Celso) se dio cuenta de que su "secretario" se había distraído.

—¿Dónde está mi secretaria? —preguntó Laura (falsa Ana), fingiendo buscarla.

—Se ha ido con mi secretario —respondió el falso Celso con una carcajada—. No se preocupe por ella, están en buenas manos.

—La aprecio mucho, ¿sabe? —dijo Laura, intentando mantener el tipo.

—¿Por qué no nos tuteamos, Ana? —propuso Nazario, inclinándose un poco hacia ella.

—Claro... creo que es lo mejor —admitió Laura, sintiendo un escalofrío que no sabía si era de miedo o de algo más—. Gracias, Celso.

—Laura... —susurró Celso a sus espaldas.

—¡Ah, es usted! —exclamó ella, fingiendo sorpresa. La muy pilla sabía perfectamente que el moreno la seguía de cerca—. Venga, pase... ¿No le apetece un baño? Mire qué espectáculo de mar tenemos hoy.

Celso se apoyó en la barandilla de cristal de la terraza y contempló la playa privada. El agua estaba de un azul turquesa casi insultante, salpicada por algunos veleros que descansaban en la bahía.

—¿Qué es ese edificio blanco de allí, al otro lado de la cala? —preguntó él.

—El Club Náutico. Ahí se mueve todo el mundo de la zona.

—Supongo que iréis mucho a las fiestas que organizan.

—Bueno, la señorita Ana no es mucho de dejarse ver —explicó Ana, metiéndose en su papel de secretaria—. Primero estuvo estudiando en Londres, luego el viaje a París, y después lo de su padre... El luto y los negocios la han tenido muy apartada de la vida social.

—¿Y usted?

—¡Oh, yo...! Yo solo soy la que le lleva la agenda —dijo ella con una sonrisa esquiva.

—Pues me interesa mucho más su agenda que la de su jefa, Laura. ¿No podríamos... tratarnos con más confianza? ¿Tutearnos?

—Bueno, si insiste...

—¿Le molesta?

—No, no. Para nada.

—Entonces, seamos amigos —Celso le tendió la mano con una seguridad que la desarmó.

—Amigos, Nazario.

Cuando ella le dio la mano, él la estrechó con una fuerza que le mandó un calambre directo al estómago. Por primera vez, Ana sintió un ramalazo de miedo. ¿Y si acababa pillada por el secretario? Pero luego se encogió de hombros mentalmente. Era joven, rebelde y, en el fondo, le encantaba la idea de mandar el dinero a paseo por un tío que la hiciera vibrar así.




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