Paseaban por la parte más salvaje del jardín, donde los pinos empezaban a ganar terreno al césped. Hacía una tarde espectacular, de esas en las que el sol del Mediterráneo parece bañar todo en oro. Laura, vestida con su propia ropa —un vestido ligero que le sentaba de escándalo y realzaba su naturalidad—, caminaba arrancando ramitas de los arbustos, jugando con ellas mientras escuchaba a Nazario.
—Me gustaría sacarte de aquí esta noche —soltó él de repente—. ¿No hay algún sitio de moda por aquí? Algún beach club o una sala de fiestas decente.
—Muchos —respondió ella—. La costa está llena.
—¿Y no sueles ir?
—Nunca. Primero fue el internado, luego el viaje por Londres, y después lo de mi padre... ya sabes. No he tenido mucha vida social últimamente.
—Lo sé —Nazario la miró con una mezcla de ternura y culpabilidad—. ¿Te apetecería que hiciéramos una escapada? Laura y Nazario se han ido a la playa y no parece que tengan prisa por volver.
—Prefiero quedarme aquí, la verdad. Pero si tú necesitas marcha...
—Yo solo quiero estar contigo, Ana —respondió él, y su voz sonó tan real que Laura se detuvo—. Lo deseo de una forma que me asusta. Es... algo demasiado fuerte para llevar solo dos días aquí.
—¿Y por qué te asusta? —preguntó ella, clavando sus ojos negros en los de él.
Nazario se mordió el labio, al borde de confesar que él no era Celso, que no tenía yates, que solo era un trabajador con un sueldo decente.
—No... no lo sé. Dime una cosa, Ana. ¿Tú amas mucho el dinero? ¿Es vital para ti?
Laura se quedó descolocada. La pregunta era tan directa que tardó en reaccionar.
—Te extrañará que te lo pregunte así —murmuró él, evitando su mirada.
—Un poco, sí.
—Es que... no sé cómo explicártelo. Yo, como bien sabes... bueno —se atragantó con sus propias palabras—. Olvídalo. No sé ni lo que iba a decirte.
—No me importa el dinero, Nazario —replicó ella, y por primera vez sentía que hablaba la verdadera Laura, no el personaje de Ana—. Creo que podría ser feliz sin un céntimo en el banco.
—¿Incluso sin amor?
—No. Con amor. El dinero es papel, el amor es lo que te mantiene viva.
—Te entiendo perfectamente —Nazario suspiró, sintiendo un alivio momentáneo—. ¿Nos sentamos un momento? Nunca había estado en un lugar tan tranquilo. ¿Qué hora es?
—Las seis.
—¿Qué estarán haciendo esos dos en la playa todavía?
—Aquí la gente no se va de la arena hasta que se pone el sol. Es lo que tiene el veraneo, nadie quiere encerrarse en casa.
—Cierto. ¿Tú no te bañas?
—Mañana, si quieres.
Él la miró con fijeza, escrutando cada gesto de su cara.
—Ana... ¿estás preocupada por algo?
—Esa pregunta te la tendría que hacer yo a ti —respondió ella con una sonrisa triste—. Parece que siempre estás a kilómetros de aquí, como si tuvieras la cabeza en otra parte.
—Te juro que jamás he estado tan presente con una mujer como lo estoy contigo. ¿No me crees?
—Apenas te conozco —rió ella, aunque por dentro sentía que lo conocía de toda la vida.
—Y sin embargo... —Nazario se puso nervioso—. Parece que estamos destinados, ¿no crees? Es lo que decían nuestros padres.
Era la primera vez que tocaba el tema del testamento y se le notaba tenso, como si caminara por la cuerda floja. Laura no contestó rápido. Hubiera preferido quedarse en ese silencio eterno.
—Sí —dijo al fin.
—¿Y estarías dispuesta... a casarte conmigo? —La pregunta flotó en el aire, pesada.
Nazario sintió que se le encogía el corazón. Era tan auténtica, tan bella en su sencillez, que le dolía pensar que la estaba engañando.
—No lo sé, Celso —respondió ella.
—¿No lo sabes? —Él soltó un suspiro, mitad esperanza, mitad miedo—. Nuestros padres lo dejaron todo atado.
—Pero ellos no contaban con lo que nosotros pudiéramos sentir. Y yo soy de las que hacen caso a lo que sienten.
—Ana... —Nazario le buscó la mano y la apretó entre las suyas con una intensidad casi desesperada—. Te admiro tanto.
—Por favor —gimió ella, retirando la mano con suavidad porque sentía que iba a llorar de pura confusión—, no me admires. No soy quien tú crees.
—Escucha —insistió él, yendo un paso más allá—. Si de repente nos quedáramos los dos en la calle, sin herencias, sin fortuna... ¿qué harías?
—Seguir a mi corazón. Sin duda.
—Si me amaras...
—No te amo. Todavía no —matizó ella.
—Pero si llegaras a amarme... ¿te casarías conmigo aunque no tuviera ni donde caerme muerto? ¿Aunque solo tuviera la camisa que llevo puesta?
—Dios, qué dramático eres —rió ella, pero luego se puso seria—. Sí. Me casaría contigo aunque fueras un mendigo.
Laura lo miró intentando leerle el alma.
—¿Por qué me dices eso? Parece que te va la vida en ello.
—No lo sé. Olvídalo. Ven, vamos a caminar hasta el bosque, allí hace más fresco.
Ella lo siguió en silencio, sintiendo que, por primera vez en su vida, el dinero no era una barrera, sino una sombra que empezaba a estorbarles a los dos.
Ana y Celso (los verdaderos) estaban tumbados boca abajo en la arena, dejando que el sol les secara el salitre de la piel. Ambos fumaban en silencio, viendo cómo el humo se perdía en la brisa marina. Celso la observaba de reojo, fascinado y a la vez irritado.
—Tienes un atractivo fuera de lo normal, Laura —dijo él, rompiendo el hielo—. Pero que conste una cosa: yo no soy de los que pasan por el altar.
Ana soltó una risita burlona sin ni siquiera mirarlo.
—Es que, si fueras de esos, no me gustarías nada. Las situaciones fáciles me aburren soberanamente, mi elegante amigo.
Celso arqueó una ceja, desconcertado. ¿Lo estaba desafiando?
—¿Me estás intentando cazar, entonces?
—Para nada.
—¿No?
—De momento no encuentro en ti nada que me interese lo suficiente —sentenció ella con una frialdad impecable.
Celso no sabía si reírse o mandarlo todo a paseo. Se quedó mirándola con los ojos entrecerrados, tratando de descifrar si aquello era una pose o realidad.