Para que la farsa fuera perfecta, la Chacha había asumido el papel de la tía de la heredera, usando su nombre real, doña Lucía. Fuera de la intimidad, ya no era la niñera, sino la respetable señora de la casa. Pero les faltaba un tío. Tras mucho pensar, decidieron que el candidato ideal era Braulio, el mayordomo de toda la vida.
Braulio, a sus sesenta años, con sus gafas de cerca y sus patillas impecables, se encontró de la noche a la mañana convertido en "marido" de la Chacha y tío de una Ana que ahora respondía al nombre de Laura. El pobre hombre estaba al borde del colapso nervioso.
Aquella noche, justo antes de entrar a cenar, Braulio arrinconó a la Chacha en la biblioteca, desesperado por entender algo de aquel guirigay.
—Oye, Lucía... —susurró Braulio, sudando frío—. ¿Estás segura de que esto es necesario?
—¿Vas a ayudar a tu señorita o no, Braulio? —le espetó ella, perdiendo la paciencia.
—¡Que sí, diantre, que sí! Pero es que no entiendo nada —protestó el anciano—. Hay dos tipos que no he visto en mi vida dándome puros y llamándome "don Braulio" como si fuera un ministro. La señorita Ana dice que es Laura, la señorita Laura dice que es Ana... Tú te pasas el día llamándome "maridito mío" con una voz de miel que me da escalofríos. Y encima, el servicio nuevo me mira como si fuera un bicho raro. ¿Por qué tanta tontería, Chacha?
—¡Braulio! —ella trató de calmarlo—. Ya te lo expliqué mil veces.
—Una boda por contrato... sí, algo me suena —gruñó él—. Pero sigo sin verle la lógica.
—Ven aquí y no estropees el plan ahora que los jóvenes están empezando a caer —dijo ella, agarrándolo del brazo—. Escúchame bien: oír, ver y callar. Ese es tu nuevo lema.
—Pero es que es un lío de mil demonios. A la una como con las señoritas y me llaman "tío". Luego vienen los invitados y soy "don Braulio". Y la mitad de la casa aún no sabe que llevo aquí desde que cumplí los treinta. ¡Que tengo sesenta años, Lucía, sesenta!
La Chacha suspiró hondo, como quien le explica los colores a un ciego.
—A ver, por última vez. Don Celso y la señorita Ana tienen que casarse antes del 15 de noviembre. Si no lo hacen, la compañía naviera —que es de donde sale todo este lujo— se va al traste.
Braulio asintió, eso al menos lo entendía. El dinero era real.
—Bien. Como la señorita Ana no quiere que le impongan a un marido, se ha hecho pasar por la secretaria de Laura. Si el tal Celso se enamora de la secretaria y rechaza a la "heredera", Ana se queda con la empresa. Pero si es ella la que lo rechaza a él, la empresa pasa a manos de don Celso. ¿Lo pillas ahora?
—Todo eso me lo dijiste el primer día —rezongó Braulio—. Pero sigo sin entender por qué se cambian los nombres. ¿No es más fácil decir que no y ya está?
—¡Porque es una estrategia, hombre de Dios! —exclamó la Chacha—. Tú límítate a seguirme la corriente. Entramos al comedor del brazo. Tú eres mi esposo, yo soy Lucía, tú eres Braulio. Ana es Laura y Laura es Ana. ¿Cristalino?
—No sé yo...
—Todos los días la misma charla, Braulio. Me tienes agotada.
—Está bien, está bien. Entremos. Seré discreto. Si no abro la boca, no me equivoco.
—Pues eso, ni una palabra. Dame tu brazo, "maridito"...
Braulio abrió los ojos como platos, horrorizado por el apelativo, pero se mantuvo firme. Se cuadró, le ofreció el brazo a la Chacha con una dignidad de gran señor y ambos se dirigieron al comedor para enfrentarse a la cena más surrealista de sus vidas.
La cena terminó y el grupo se desplazó al gran salón, donde el eco de los pasos sobre el mármol acentuaba la extraña atmósfera de la casa. Los "tíos", doña Lucía y don Braulio, se refugiaron en un rincón: él tras un periódico que apenas leía y ella observando con ojos de lince los movimientos de los cuatro jóvenes.
—Vamos a poner música —anunció la verdadera Ana (la secretaria), tratando de romper el hielo—. Diez discos seguidos si hace falta.
—Me parece un plan perfecto —secundó el verdadero Celso (el secretario), con esa sonrisa de cazador que tanto irritaba y atraía a Ana.
Nazario y Laura, atrapados en sus papeles de prometidos millonarios, no compartían esa euforia. Se movían con la pesadez de quien lleva cadenas invisibles.
—¿Y si mejor vamos a dar un paseo por el muelle? —sugirió Nazario, desesperado por un poco de aire fresco.
—¡Oh, no! —saltó Laura. La idea de estar a solas con él, fuera de la protección de la casa, le daba pánico.
—Pues a bailar se ha dicho —sentenció Nazario, ofreciéndole la mano a Ana con ironía—. ¿Me concede este baile, "señorita"?
—Por supuesto, mi "elegante secretario" —respondió Ana con una reverencia burlona.
Mientras tanto, Nazario rodeó la cintura de Laura y empezaron a moverse al ritmo de una melodía lenta. Él la atrajo hacia sí, rompiendo esa distancia de seguridad que ella intentaba mantener.
—Te noto triste, Ana —le susurró Nazario al oído—. ¿Qué te pasa?
—Nada, de verdad.
—Algo te ocurre. Tienes una sombra en los ojos que no me gusta. A partir de ahora tienes que compartir tus problemas conmigo, para eso vamos a estar juntos.
Laura intentó sonreír, pero la mueca le salió forzada.
—Eres preciosa cuando sonríes —continuó él, ignorando su resistencia—. Parece que toda la luz del mundo se concentra en tus ojos.
—Se nota que tienes práctica con los piropos —murmuró ella.