Celso abandonó la terraza con el ardor de la bofetada aún en la mejilla y un nudo extraño en el estómago. Atravesó la casa en silencio. Todas las luces estaban apagadas.
No fue a su cuarto. Necesitaba hablar con la única persona que entendía el lío en el que se habían metido. Empujó la puerta de la alcoba de Nazario y entró sin llamar.
—¿Dónde estás? —preguntó a la penumbra.
—Aquí —respondió una voz ronca, cansada.
Celso avanzó y encontró a su amigo derrumbado sobre la cama, todavía vestido, con una pequeña lámpara de noche iluminando su rostro pálido. Parecía haber envejecido diez años en una noche.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó Celso, dejándose caer en una butaca frente a él.
Nazario no respondió. «Al final hemos venido aquí a amargarnos la vida», pensó Celso para sus adentros.
—¿Puedo saber qué te ocurre, Nazario?
—No puedo más, Celso. Se acabó.
—¡Ah!
—Si para usted esto es un juego divertido, para mí es un infierno —dijo Nazario recuperando el trato de "usted", ese que solo usaba cuando quería marcar distancias y recordar su verdadera identidad—. No aguanto más.
—Menos formalismos, caray —le cortó Celso—. Olvida el "usted". Recuerda que aquí soy yo tu secretario.
—Lo voy a decir todo —Nazario se incorporó en la cama, con los ojos inyectados en sangre—. No creí que amar a una mujer doliera tanto. Estoy loco por ella, Celso. Loco. Pero no la entiendo. —Se llevó las manos a las sienes—. Me huye, se asusta... no comprendo nada.
—Cuéntame qué ha pasado y quizá yo, que tengo más colmillo, pueda ayudarte.
—Tú eres demasiado cínico para esto —le recriminó Nazario—. Te aferras a las pasiones rápidas. No tienes sensibilidad para juzgar a una mujer como Ana.
—Oye, oye... me estás poniendo fino —Celso se removió en el asiento—. Mira, yo nunca me he interesado por una mujer concreta, pero hoy... hoy me siento ligado de una forma extraña a esa secretaria de ojos grises. Pero no me voy a morir por ello.
—Ni te casarás con ella.
—¡Ni hablar! No soy tan impresionable como tú.
—Estoy enamorado de la mujer que te pertenece a ti, Celso. Esa es la realidad.
—¡Que no! —Celso se impacientó—. Yo renuncio a ella. Nadie me obliga. Es más, después de conocer a Laura, no me casaría con la heredera ni aunque me mataran. Ana es libre para amarte a ti.
—Pero perderá su fortuna por mi culpa.
—¿Y no estás tú aquí para darle un futuro con tu trabajo? —Celso se inclinó hacia él—. En cuanto termine este lío, dejarás de ser mi secretario. Te haré gerente principal de la naviera. Tendrás un sueldo de socio.
—No quiero sacar provecho de esto —respondió Nazario con voz agotada—. Empezó como una broma y para mí es sagrado. Lo que desearía es que ella renunciara a todo por mí, por quién soy yo de verdad. Pero cuando le hablo de dinero, sale corriendo.
—¿Le has hablado de eso? Mal hecho. Tienes que ilusionarla, no asustarla con la pobreza.
Nazario se puso de pie de un salto, indignado.
—¡Todo lo ves desde tu beneficio! No eres noble, Celso. Solo te importa tu objetivo. Pues no cuentes conmigo. No puedo seguir burlándome de la mujer que amo. ¡No puedo!
—Escúchame bien, Nazario —Celso bajó la voz y se puso serio—. Si te digo que estoy en el mismo barco que tú, ¿me creerías?
—¡No!
—Pues lo estoy. Laura me gusta tanto que me va a ser imposible renunciar a ella.
—Te conozco. Eres incapaz de amar a nadie más que a ti mismo. No perderías una fortuna por una mujer ni en mil años.
Celso guardó silencio un momento. Sus propios sentimientos eran un territorio desconocido para él.
—Eso es lo que yo mismo ignoro todavía. No sabía que esa jovencita iba a calarme así, pero te aseguro una cosa: si me interesa de veras, pierdo la fortuna y hasta la vida. —Sonrió con una suavidad inusual—. Así que ten calma. Solo un poco de calma.
—Te doy una semana —sentenció Nazario.
—¡Un mes! —pidió Celso—. Dame un mes para dejarlo todo claro y que nadie salga herido.
Nazario lo miró largamente, buscando un rastro de la antigua frivolidad de su amigo, pero solo encontró determinación.
—De acuerdo. Un mes a partir de hoy. Ni un día más.
—Hecho. Buenas noches, "jefe".
Celso salió de la habitación dejando a Nazario sumido en sus pensamientos, mientras el eco de la bofetada en su mejilla ya no le escocía por el golpe, sino por el deseo de volver a ver a la mujer que se la había dado.
El yate se balanceaba suavemente en la bahía mientras los marineros levaban anclas. En el puente, Nazario (el verdadero secretario) empuñaba el timón con una imagen de lobo de mar impecable. A su lado, Laura (la verdadera secretaria), con la mirada perdida en el horizonte azul, sentía cómo la brisa agitaba su jersey rojo.
Desde la popa llegaban las voces de Ana y Celso, enfrascados en una de sus eternas discusiones.
—Esos dos se van a matar —comentó Laura.
—Terminarán casándose, ya lo verás —respondió Nazario sin apartar la vista del rumbo.
—Lo dudo mucho, Celso.
—¿Por qué? —Nazario la miró de reojo.
—Te has levantado con demasiados "porqués" hoy. Deja el timón a un marinero y ven conmigo.
Nazario llamó a Juan, el marinero, para que se hiciera cargo del mando con instrucciones claras: rumbo a la ensenada para preparar la comida. Luego, rodeó los hombros de Laura con el brazo y caminaron hacia proa. Al pasar junto a la barandilla, no pudieron evitar oír los ecos de la pelea entre los otros dos:
—¡Te digo que no! —gritaba Ana.
—Porque eres tonta, niña... —respondía la voz de Celso.
—¿Tanta importancia le das a un beso?
Nazario tiró de Laura para alejarse.
—Parece que tu amiga sabe defenderse sola. No te preocupes.
—No me preocupo —dijo Laura, y de repente, algo en su interior se rompió. No podía más. La culpa le quemaba la garganta—. Estoy segurísima de que se defiende... porque Laura soy yo.