Un Contrato Muy Travieso

Capítulo 9

Al caer la noche, Celso estaba al límite. Él, que siempre se había jactado de su sangre fría y su dominio sobre las mujeres, sentía que aquella "secretaria" le estaba robando el juicio. No era de hierro; era un hombre de pasiones encendidas, y la resistencia de Ana le estaba quemando por dentro. Por primera vez en su vida, el sueño se le escapaba, y todo por culpa de una jovencita terca que se negaba a ser una conquista más.

Mientras caminaban de regreso a la casa tras desembarcar, Ana observó con ironía a la otra pareja.

—Mira, amigo Nazario —rió ella, señalando a la proa—. Tu jefe no se anda con rodeos. Ahí los tienes, como dos tórtolos, dispuestos a casarse mañana mismo si les dejan.

Celso gruñó, con los nervios a flor de piel.

—¿Y qué? ¿No es lo que querían sus padres? Están destinados el uno para el otro.

—¿Y te parece mal? —provocó ella.

Celso casi la muerde. La miró con una furia que ocultaba un deseo desesperado.

—Será mejor que te calles. No te puedo ver, Laura.

—¡Qué pena! —respondió ella, divertida.

Celso perdió los estribos, la asió por el brazo y la sacudió ligeramente. Su voz bajó a un tono peligroso.

—¿Sabes qué te digo? Que antes de irme de esta maldita ciudad, te voy a seducir.

Ana ni se inmutó. Le gustaba aquel hombre; le gustaba tanto que estaba dispuesta a jugarse su fortuna y su apellido con tal de estar a su lado. Sabía que él la amaba, aunque su orgullo de "soltero empedernido" no le permitiera admitirlo.

—No lo lograrás, Nazarito —rió ella—. No soy ninguna tonta.

—Pero me amas —sentenció él, apretándole el brazo hasta casi hacerle daño—. Me estás volviendo loco y lo sabes perfectamente.

—Pero no te casas —disparó Ana, dando en el clavo.

Celso la soltó como si su piel quemara.

—¡Por mil demonios, que no! —gritó. Aún no estaba seguro de si una mujer valía tanto como para renunciar a su libertad... y a su patrimonio.

—Mira esas siluetas en la oscuridad —insistió Ana, señalando a Laura y al verdadero Nazario—. Sus manos juntas... eso es amor de verdad.

—Mejor para ellos —mascó Celso con amargura—. Yo me he pasado el día luchando por un beso y no he conseguido nada. Voy a olvidarme de los prejuicios y te voy a tomar en mis brazos ahora mismo.

Ana lo miró de reojo, manteniendo su sonrisa imperturbable.

—Por lo visto, para ti solo cuenta tu deseo.

—Supongo que eso te preocupa poco.

—Al contrario, me preocupa mucho. Pero yo no doy nada "a lo tonto", ni mucho ni poco.

Celso, herido en su vanidad, intentó el último ataque.

—Un día me iré y me reiré de tu amor.

—Yo no te amo —soltó Ana con una carcajada—. Me gustas, simplemente. Como me gustó el jardinero, o el repartidor de leche, o aquel fontanero por el que estuve loca un tiempo. Eres una novedad porque eres el único chico que no ha intentado casarse conmigo todavía.

—¡Maldita sea!

—Tu señor, don Celso, no es como tú —continuó ella—. Él sí tiene ganas de cambiar de estado.

—¡Por el dinero! —saltó él, furioso por la mención de su propio nombre—. Pero creo que no se lo va a llevar.

Ana se encogió de hombros, divertida por el mal humor de su "secretario".

—Estás inaguantable. Se diría que te has enamorado de verdad. ¿De mí?

—¡Porque no! ¡Porque no me gustas! —mintió él, deteniéndose en mitad de la escalera.

Ana no le creyó ni por un segundo. Sabía que lo tenía en la palma de la mano.

—Mejor para ti. Sube a cambiarte, te invito a un baile en la terraza.

Celso la miró con una intensidad cegadora, un desafío final antes de retirarse a sus habitaciones.

—Si te tomo en brazos esta noche, te voy a besar hasta dejarte sin aire. No querrás exponerte a morir asfixiada...

Ana le devolvió un guiño cómplice y una sonrisa que era una invitación directa al peligro.

—Te equivocas, cariño. Me expondré.

Celso caminaba por la habitación de un lado a otro, como un león enjaulado que no entiende por qué los barrotes no se doblan ante él. Nazario, en cambio, se preparaba frente al espejo con una parsimonia irritante, canturreando una melodía alegre mientras se ajustaba la corbata. A través del reflejo, observaba a su "jefe" despotricar sin sentido.

—¡Es inaudito! ¡Absurdo! ¡Inadmisible! —gritaba Celso, con las manos cruzadas a la espalda—. ¡A mí! ¡A Celso! Que conozco a las mujeres desde el primer tobillo hasta el último cabello... ¿me ocurre esto? ¡Una secretaria de pueblo me torea!

—Calma, amigo —dijo Nazario con una sonrisa interna.

Celso se detuvo en seco, indignado.

—¿Pero qué te pasa a ti? ¿Es que ya no te preocupa que esa chica sea mi prometida legal?

—Te equivocas, Celso —respondió Nazario con suavidad—. Existe una fuerza superior al dinero: el amor. Estoy convencido de que Ana, cuando sepa todo este lío, me elegirá a mí por encima de tu fortuna. Tú te quedas con los millones y yo me quedo con ella. Todos contentos, ¿no?

Celso se desplomó en el borde de la cama, abrumado.

—En cuanto te cases, yo me largo de aquí. Me llevo la herencia y a correr mundo. No quiero saber nada más de esta ciudad.

—Me parece que te va a resultar difícil —apuntó Nazario, terminando su nudo—. Estás enamorado, amigo. Admítelo.

—¡Oye, tú...!

—Lo estás. Te empeñas en decir que no, pero es la pura verdad. Has deseado a mil mujeres, pero a esta... a esta la amas.

—¡Bobadas! —estalló Celso—. ¿Sabes qué te digo? Que voy a deshacer este entuerto ahora mismo. Me caso con Ana y dejo a esa tonta de Laura con un palmo de narices.

Nazario se volvió hacia él, muy tranquilo.

—Y todo eso... solo porque hoy no se dejó besar. Reconócelo: es la primera vez que una mujer te dice "no", y eso te ha vuelto loco.

—¡Yo no soy un cursi como tú! ¡Yo no me enamoro! —bramó Celso, aunque sus ojos decían lo contrario—. ¡Me caso con mi prometida porque me pertenece! A ti ya se te pasará el entusiasmo por ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.