Un Contrato Muy Travieso

Capítulo 10

El salón de la villa nunca había parecido tan grande y tan vacío. Nazario (el verdadero secretario, que Laura ya sabía quién era) esperaba solo, visiblemente inquieto. Cuando las dos jóvenes bajaron, elegantes y hermosas, la ausencia del cuarto integrante del grupo pesaba como el plomo.

—¿Y tu secretario? —preguntó Laura, fingiendo una curiosidad que Ana no se atrevía a mostrar.

Nazario evitó la mirada de las dos.

—No bajará.

—¿Está enfermo?

—No... exactamente.

—Dilo ya, Celso —insistió Laura, colgándose de su brazo con esa nueva confianza que les daba su secreto—. Tu secretario es un hombre difícil, pero no va a asustarnos.

—Se ha ido —soltó Nazario al fin.

Ana sintió un pinchazo en el pecho, pero mantuvo la máscara.

—¿Ido? ¿A dónde?

—De paseo.

El ambiente se volvió irrespirable. Nazario propuso salir a cenar a alguna sala de fiestas elegante para animar el grupo, pero Ana parecía estar en otro mundo. Cuando Laura sugirió llamar a un conocido común, Miguel Fuertes, Ana reaccionó con una mirada de pánico: un invitado real desmoronaría toda la farsa en cinco minutos.

—¿Dónde está realmente tu secretario? —volvió a preguntar Laura, presionando a Nazario.

Él se atragantó antes de confesar la cruda verdad:

—Dijo... dijo que se iba de juerga.

—Hizo muy bien —respondió Ana con una ironía que cortaba el aire—. Vamos a cenar fuera.

Pero la energía de Ana se desinfló tan pronto como llegaron al jardín. Al pie del coche, se detuvo en seco.

—Id vosotros. Yo me quedo.

Laura conocía esos arrebatos de su amiga desde el internado; era inútil discutir. Los tres regresaron a la casa, cenaron en un silencio sepulcral y tomaron el café en el salón. Ana, buscando una salida a su angustia, se sentó al piano. Sus dedos, que antes temblaban en el tocador, ahora arrancaban melodías melancólicas al teclado.

—Bailad —pidió Ana a la otra pareja—. Me gusta veros.

Mientras Ana tocaba, olvidándose incluso de las jerarquías de su juego, Nazario y Laura se abrazaron en la pista improvisada.

—No se entienden —susurró Laura preocupada—. Naz, tu amigo es un libertino.

—Lo era, Laura. Te aseguro que hoy no se va a divertir —respondió Nazario al oído de su novia—. No me extrañaría que apareciera por esa puerta en cualquier momento. Celso es testarudo, pero está perdido por ella.

—¿Qué pasaría si no hubiera engaño? —se lamentó Laura—. Sin fortuna, Ana no se resignaría.

—Conoces poco a tu amiga —sonrió Nazario—. Ana ama a Celso con locura, y él a ella. El dinero ya no importa, aunque ellos aún no lo sepan. Pero no te preocupes más por ellos... preocúpate solo por mí.

Laura se dejó acunar por el ritmo, sintiendo que su pesadilla se transformaba en dicha, mientras en el piano, Ana pasaba de los ritmos alegres a una balada lenta, una llamada desesperada en forma de música para el hombre que, en alguna parte de la ciudad, intentaba inútilmente olvidarla en brazos de desconocidas.

Eran la una y media de la madrugada y el piano no callaba. Ana, enardecida, volcaba su frustración en las teclas mientras, al fondo del salón, la Chacha y Braulio mataban el tiempo con las damas. Braulio, muerto de sueño y harto de la farsa, no dejaba de gruñir hasta que la puerta se abrió de golpe.

La figura que apareció en el umbral era irreconocible. Celso, desaliñado y tambaleante, irrumpió en el salón con una borrachera monumental. El silencio que siguió al cese de la música fue sepulcral. Todos —Ana, Laura y Nazario— se quedaron petrificados ante aquel espectáculo.

—¿Por qué... hip... no continúas? —balbuceó Celso con la lengua de trapo, balanceando la cabeza como si fuera de goma—. ¿Es que nunca habéis visto a un hombre... hip?

Nazario, el verdadero secretario, palideció. Tenía pánico de que su amigo, en ese estado, revelara quién era quién y arruinara el mes de tregua. Intentó acercarse, pero Celso lo rechazó con violencia, ordenando a sus propias piernas que se mantuvieran "con dignidad".

—Con dignidad muy digna —proclamó Celso, señalando al aire—. Ana María y Laura... Nazario y Celso... cuatro nombres y cuatro vidas. ¡Hip!

Ana se puso en pie, herida en su orgullo. Lucía un vestido de noche escotado que la hacía ver más hermosa y tentadora que nunca bajo las luces. Celso la miró con ojos vidriosos.

—Es una belleza... muy bella, sí... Laura de mi vida —dijo, llamándola por el nombre de la secretaria—. Uno quiere ser bueno y no puede... ama a las chicas y se emborracha.

—Me das asco —espetó Ana con un desprecio que pretendía ocultar su dolor.

Celso soltó una carcajada idiota mientras Nazario, harto de la escena, lo cargó sobre sus hombros como si fuera un fardo y se lo llevó de allí. Ana y Laura se quedaron solas en la puerta, compartiendo una risa nerviosa al final. "Cuando un hombre se emborracha así, es que está al cabo de sus fuerzas", susurró Laura, comprendiendo que el "secretario" estaba sufriendo por amor.

Mientras tanto, en el baño, la escena era menos poética. Nazario, implacable, metía la cabeza de su jefe bajo el chorro de agua fría.

—¡Ya está bien! —bramó Celso, recuperando algo de lucidez bajo la ducha—. ¡Esto es una falta de respeto! ¡Cuádrese usted, Nazario del demonio! ¡Queda despedido!

—De acuerdo, señor —respondía Nazario con una paciencia infinita.

—¡Eres un animal! ¡Una rata! ¡No la amo, Nazario!

—La ama, señor —sentenciaba el secretario mientras le quitaba los zapatos y la camisa.

Celso se derrumbó de nuevo, esta vez en los brazos de su amigo, llorando su desgracia.

—¿Soy Celso o soy Nazario?, —preguntaba con la voz quebrada—¿Dónde están mis trasatlánticos, mis mujeres de todos los días? ¡Oh, Nazario, qué desgraciado soy!.

El secretario lo vistió con el pijama y lo depositó en la cama como si fuera un niño pequeño. Celso, antes de quedar profundamente dormido, susurró con una ternura infantil:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.