La mañana era espléndida, pero el aire en la terraza se sentía denso. Ana estaba allí, sola, con la piel morena todavía húmeda por el baño matutino y el cabello revuelto. Vestía apenas unos pantaloncitos cortos y una blusa de tirantes, una imagen de frescura que golpeó a Celso como un mazo cuando apareció tras ella.
No parecía avergonzado por el bochornoso espectáculo de la noche anterior, pero había algo cohibido en su postura, una rigidez que delataba su lucha interna.
—¿Por qué no lo dices de una vez? —soltó él finalmente, harto del silencio.
—¿Decir qué? —preguntó Ana con desdén.
—Lo mucho que me desprecias por lo de anoche.
—¿Tanto te importa mi desprecio?
—¡En modo alguno! —rugió Celso, furioso por haber caído en su propia trampa.
—Pues te desprecio —apuntó ella con frialdad—. Te desprecie o no, quiero que lo sepas.
Celso pidió disculpas a regañadientes, alegando que no había estado "digno", y comenzó a alejarse a grandes zancadas. Pero antes se detuvo para mirarla de arriba abajo, atrapado por su belleza.
—Estás... muy guapa —admitió con rabia.
—¿Debo darte las gracias?
—¡Vete al diablo!
—¿Por qué estás tan furioso, cariño? —le lanzó ella cuando él ya descendía.
Celso se detuvo en seco. Aquel "cariño" lo estremeció hasta los huesos. No podía soportar que ella se burlara de él, él que siempre había sido el que manejaba los hilos del corazón ajeno. Volvió sobre sus pasos y se plantó frente a ella, gritándole casi al oído:
—¡Yo no me caso, Laura! ¡Y lo sabes!
Ana, con una calma exasperante, dejó caer su albornoz al suelo sin inmutarse.
—Me parece, Nazario, que te preocupa el matrimonio mucho más que a mí. ¿Acaso he pedido tu mano?
—Sé cómo sois las chicas... queréis cazarnos.
—¿Cazarte? —rió ella—. Estás enamorada de mí, Nazario. Admítelo. ¿Sabes qué haré el día que me enamore de verdad? —Ana se acercó a él—. Se lo diré, le admiraré, no le negaré mis besos... le daré más de lo que me pida.
—¡Calla! —suplicó Celso, sintiendo que su pedestal de célibe se desmoronaba ante la visión de una entrega que él deseaba más de lo que se atrevía a confesar—. ¡Calla y vuelve a la playa conmigo!
—Ya me he bañado.
Celso perdió los estribos. La lógica se le escapaba entre los dedos.
—¡Parece que tendré que llevarte a la vicaría con los papeles en la mano para que aceptes darte un baño conmigo!
—Aún ignoras si yo aceptaría casarme contigo —sentenció Ana con mordacidad.
—Eso es una majadería. ¡Dudarlo es absurdo!
—Cuidado, Nazario... te estás ganando unas buenas calabazas.
Ana entró en la casa sin mirar atrás, dejándolo solo con su furia. Celso dio una patada al suelo, frustrado, y se lanzó al parque. Esta vez no se volvió. Necesitaba aire, distancia y, sobre todo, una forma de entender cómo una "simple secretaria" le había robado el mando de su propia vida.
Al mediodía, la tensión en la villa se volvió asfixiante. Celso subió a su alcoba sin siquiera mirar a las jóvenes que descansaban en la terraza. Nazario, viendo el estado de su amigo, decidió intervenir.
—Este hombre está furioso —comentó a Laura y Ana—. Voy a ver si puedo tranquilizarlo.
—Mejor encárgate tú, secretaria —pinchó Laura a su amiga.
—En modo alguno —respondió Ana con una frialdad que no sentía.
Nazario subió y se encontró con un Celso desencajado. El millonario, acosado por sus propios sentimientos, quería tirar la toalla.
—¡Esto se acaba, Nazario! —gritó—. Diré la verdad. Te casarás con Ana, te quedas con la gerencia, yo me llevo mi parte y me largo. ¡Y de Laura no quiero saber nada más! ¡Que la parta un rayo!
—¡Celso! —le reprendió Nazario—. Hablemos de hombre a hombre. Estás loco por ella, admítelo.
—¡Bueno, sí! —gruñó Celso, rindiéndose por un segundo—. ¿Y qué? No quiero ser pobre, Nazario. Mañana podría dejar de ser rico por casarme con la mujer que amo en lugar de la que mi padre eligió. No quiero renunciar a mi mundo.
Celso, en su ceguera, no se daba cuenta de la ironía: la mujer que amaba era la mujer que su padre había elegido. Pero su terquedad era más fuerte que su intuición. Pidió a Nazario que apresurara su boda con "Ana" para que quedara claro que era ella quien renunciaba al compromiso legal.
—Ana dice que no tiene prisa —respondió Nazario con una calma desesperante—. Tiene de plazo hasta el quince de noviembre.
—Pues ayúdame —suplicó Celso—. Tú te encargarás de mis negocios y yo me dedicaré a recorrer el mundo. Sin ella.
Nazario lo dejó por imposible. Sabía que Celso estaba luchando contra un gigante que no podía vencer: su propio corazón. Al bajar, se reunió con Laura y compartieron sus miedos.
—Está aferrado a su celibato —le explicó Nazario—. Si no decimos la verdad pronto, ambos perderán su fortuna. Pero si hablamos ahora, Ana podría rechazar a Celso por despecho. Tienen que decidir casarse antes de saber quiénes son.
—Tengo miedo —susurró Laura—. Ana es muy orgullosa.
—En el amor, el orgullo significa muy poco —sentenció Nazario, antes de atraerla hacia sí para un beso que sellaba su propio compromiso de futuro en Barcelona, lejos de los lujos pero llenos de amor.
Ana, que se acercaba en ese momento, fue testigo del beso. Al girarse para evitar la escena, se dio de bruces con Celso, que también había estado observando.
—¿Te da envidia? —le soltó él con veneno.
—¿Y a ti qué te importa? —estalló Ana, con los ojos brillantes de rabia y dolor—. ¡Eres un cínico!
—Eres tan fría, Laura... —provocó él.
—¡Me desconoces! ¡No tienes ni idea de quién soy! —gritó ella antes de alejarse corriendo, dejando a Celso solo con su orgullo herido y una envidia que le quemaba las entrañas.
Al anochecer, la terraza era un refugio de sombras y silencio. Ana, recostada contra una columna, fumaba absorta, creyendo que Nazario (su secretario, en realidad Celso) seguía lejos de la finca. Cuando él apareció de improviso a su espalda, el susto la hizo tropezar casi contra su pecho.