Un Contrato Muy Travieso

Capítulo 12

En la habitación, Celso era una fiera enjaulada, mientras Nazario lo observaba con esa paz exasperante de quien ya tiene el mapa del tesoro.

—¡Me iré, Nazario! —exclamó Celso, hundido—. Voy a huir como un ladrón. Si me caso con ella, lo perderé todo. ¡Y mis padres no me enseñaron ni a mondar un palillo! Sin dinero soy un asno.

—El amor despierta la imaginación, Celso —murmuró Nazario—. Lástima que se pierda una fortuna, pero Ana me ama a mí y se casará conmigo aunque sea en la miseria. Haz tú lo mismo con Laura.

—Tengo que explicárselo. Tal vez me rechace cuando sepa que, pudiendo ser rico, elijo ser pobre por ella.

Celso salió a paso ligero, decidido a jugarse el "todo por el nada". Mientras tanto, en la terraza, Laura y Nazario (los verdaderos secretarios) compartían una sonrisa cómplice. Ana les había confesado que prefería mil veces al secretario que a la fortuna del millonario. "Que se casen creyendo que lo pierden todo", acordaron. "Así jamás podrán echarse nada en cara".

Celso encontró a la Chacha en la terraza y, en su desesperación, intentó explicarle sus intenciones. La pobre mujer, confundida entre nombres reales y falsos, no entendía nada hasta que Ana apareció con esa mirada fulminante que ordenaba silencio.

—Ven, Laura —dijo Celso, asiendo a la joven de la mano con una urgencia que no admitía réplicas—. Vamos a hablar claro. Hay que poner las cartas boca arriba antes de que sea tarde.

Se sentaron bajo la sombra de un árbol viejo, en el frescor de la tarde. El silencio duró unos minutos, cargado de la electricidad de lo que estaba por decirse.

—Te escucho, Nazario —dijo Ana, usando el nombre que él fingía tener.

—Si quieres casarte conmigo, lo haré —empezó él, pasándose los dedos por la frente—. Pero dime antes... ¿me amas?

—Bien lo sabes —susurró ella, estremeciéndose.

—Laura, mi amor...

Celso no pudo contenerse más. La atrajo hacia sí con una impetuosidad que borró cualquier rastro de duda o cinismo. La besó con el hambre del que acaba de encontrar un oasis en el desierto. Ana, tras un instante de inmovilidad, rodeó su cuello con los brazos y se entregó al beso con la misma intensidad.

En ese momento, para Ana, el contrato, la compañía naviera y los millones de su herencia desaparecieron. Solo existía el latido del corazón de aquel hombre que tanto había luchado contra sí mismo para terminar rindiéndose ante ella.

Bajo la sombra del árbol, Celso respiró hondo y soltó la bomba con una serenidad que le costaba la vida mantener. Sus dedos apretaban los de Ana con tal fuerza que parecía querer triturarlos.

—Ya lo sabes todo, Laura —dijo al fin—. Yo no soy Nazario. Yo soy Celso.

Ana se quedó muda un instante, procesando la confesión, y de pronto estalló en una risa cristalina que desconcertó al hombre.

—Pero, ¿qué te pasa? —preguntó él, herido en su dramatismo.

—¿Y estás dispuesto a perder toda tu fortuna por... mi amor? —inquirió ella, conteniendo la risa.

—Todo —sentenció él con amargura—. ¿Te importa que sea un hombre pobre?

—Cariño, si yo jamás amé a un potentado. Yo amé al secretario de Celso, ¡y resulta que el secretario eras tú!

—Sí —gruñó él—. Yo. Y perderé hasta el último céntimo, porque Ana se casará con otro y el testamento es implacable. ¡Mi yate, Laura! ¡Mi bello yate! Se lo quedarán los abogados. Tendremos que hacer el viaje de novios en un vagón de tercera...

Ana lo abrazó, ocultando su sonrisa burlona en su hombro.

—Bueno, no digas nada a nadie todavía. Casémonos primero y dejemos que los abogados vengan después a por nosotros.

Celso, rendido a sus labios, ya no pensó más en trasatlánticos ni en acciones. Solo existía ella.

Poco después, Ana entró en la alcoba de su amiga con el rostro encendido. Laura, que ya lo sabía todo por Nazario, no se dejó impresionar por la noticia de la boda, pero sí por la decisión de Ana.

—No diré quién soy hasta que estemos casados —declaró Ana con firmeza—. Nos casaremos aquí mismo, en la capilla de la finca, los cuatro a la vez. Sin invitados ni banquetes. Hablaré con el capellán para que Celso no entienda mi nombre real durante la ceremonia.

—¡Ana! —se alarmó Laura—. Eso es un lío más gordo que el anterior.

—Es la continuación del mismo —rió Ana antes de salir—. Nos iremos al yate de viaje de novios... y allí, cuando estemos en alta mar, le diré quién es su "pobre secretaria".




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