La pequeña capilla de la finca fue testigo de un doble "sí" pronunciado con la urgencia de quienes temen que el mundo se acabe. Chacha y Braulio, con los ojos empañados, ejercieron de padrinos, viendo cómo los cuatro jóvenes sellaban un pacto que iba más allá de los nombres y las fortunas.
Pero la farsa no podía durar eternamente. Justo cuando Ana se disponía a cambiarse su vestido blanco por el traje de viaje, el señor Salcedo, su abogado, irrumpió en el vestíbulo con la puntualidad de un reloj suizo y una cartera llena de realidades.
—¡Señorita Ana! —exclamó con entusiasmo—. ¡No sabe cuánto me satisface que todo se haya arreglado!
Ana palideció. Intentó detener el torrente de palabras del letrado, pero fue inútil. El secreto estalló en medio del salón como un fuego artificial.
—¿Quién es usted? —rugió Celso, aún vestido de "secretario pobre"—. ¡Y por qué llama Ana a mi mujer! ¡Nos hemos casado por amor y hemos renunciado a la compañía!
El abogado se echó a reír con un regocijo casi infantil.
—Señor Norlega, usted se cambió la personalidad en Barcelona, y nosotros lo supimos desde el primer día. Y la señorita Ana, muy agudamente, hizo lo mismo con su amiga Laura.
Celso se quedó de piedra. Miró a su alrededor, procesando que el "abismo de la pobreza" al que se había lanzado por amor era, en realidad, un colchón de plumas de la más alta alcurnia.
—Celso —susurró Ana, tomándolo del brazo—, tú me engañaste, yo te engañé... pero en lo único que no mentimos fue en nuestro amor.
Sin dar tiempo a más discursos, las dos parejas huyeron hacia sus respectivos destinos. Laura y Nazario partieron hacia su nueva vida, con la promesa de un futuro brillante y un empleo seguro en la compañía. Ana y Celso, por su parte, se lanzaron hacia el puerto.
Horas después, el yate se balanceaba suavemente en alta mar. En el lujoso camarote que Celso creía perdido, el millonario abrazaba a su esposa, todavía aturdido por el giro de los acontecimientos.
—Soy Ana —repetía ella entre besos, como si quisiera convencerse a sí misma.
—¡Qué importa! —respondía él, rindiéndose por fin—. Eres tú. Solo tú.
—Pero no perdimos nuestra fortuna, Celso...
—No perdiéndote a ti, lo demás me importa un pitillo.
Y bajo el cielo estrellado, lejos de abogados, testamentos y mentiras, Celso Norlega comprendió que la mayor riqueza de su vida no era el acero de sus barcos, sino la mujer que, siendo "secretaria" o "heredera", había conseguido lo que ninguna otra pudo: hacerlo inmensamente feliz.