Liora Vance
Siempre he creído que las personas no se conocen por el tamaño de su casa, sino por la manera en que enfrentan los días difíciles.Y los míos llevaban demasiado tiempo siendo difíciles.
El sonido del despertador me arrancó del sueño a las cinco y media de la mañana. No tenía necesidad de poner una alarma; la preocupación siempre despertaba antes que ella. Aun así, la dejaba sonar unos segundos, como si fingiera que era una persona normal, una mujer que se levantaba para empezar un día cualquiera.
Pero mi vida estaba lejos de ser cualquiera.
Giré la cabeza hacia la pequeña cama donde dormía mi abuela.
Su respiración era tranquila.Eso bastaba para regalarme un poco de paz.
Me levanté despacio para no despertarla y caminé hasta la diminuta cocina del apartamento. Mientras preparaba café, observé el techo agrietado y las paredes desgastadas por los años.
Aquel lugar no era bonito.
Pero era nuestro hogar.
Y haría cualquier cosa por conservarlo.
—¿Otra vez despierta tan temprano? —escuché la voz adormilada de mi abuela.
Me giré con una sonrisa.
—Ya sabes que el café no se prepara solo.
Ella soltó una pequeña risa mientras se acercaba lentamente.
—Lo que no se prepara solo son los milagros, hija.Besé su frente.
—Los milagros llegan cuando menos los esperas.Ella acarició mi mejilla.
—Ojalá tengas razón.
Desayunamos juntas como cada mañana.Hablamos de cualquier cosa menos de dinero.
Era una regla silenciosa entre las dos.
Las facturas seguían acumulándose sobre la mesa desde hacía semanas. Los medicamentos costaban cada vez más y el alquiler llevaba dos meses de retraso.
Yo fingía que todo estaba bajo control.
Ella fingía creerme.
Cuando terminé de lavar la taza, tomé mi bolso.
—Volveré antes de que anochezca.
—No trabajes demasiado.Sonreí.
—Prometido—Mentí.
Trabajaría hasta que las piernas dejaran de responderme si eso significaba darle una vida mejor.
...............
La pequeña librería donde trabajaba olía a papel antiguo y madera envejecida.
Era mi lugar favorito en el mundo.
Mientras otros soñaban con oficinas modernas o edificios de cristal, yo era feliz rodeada de libros rotos esperando una segunda oportunidad.
Quizá por eso me dedicaba a restaurarlos.
Siempre pensé que las cosas rotas podían volver a ser hermosas.
Tal vez las personas también.
Pasé toda la mañana limpiando cuidadosamente las páginas de un ejemplar antiguo cuando el teléfono de la tienda comenzó a sonar.
Mi jefe contestó.Su expresión cambió de inmediato.
Levantó la vista hacia mí.
—Liora... te buscan.Fruncí el ceño.
Nadie llamaba preguntando por mí.
Tomé el teléfono.—¿Hola?
—¿La señorita Liora Vance?
La voz masculina era seria.
Demasiado seria.—Sí.
—Le hablo del despacho jurídico Ferrer & Asociados.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—¿Ocurre algo? Hubo un breve silencio.
—Necesitamos reunirnos con usted hoy mismo. Es un asunto relacionado con una deuda registrada a nombre de su difunto padre.
Mi corazón dio un vuelco.Mi padre. Hacía años que había fallecido.
Pensé que todos sus asuntos habían quedado resueltos.
—Debe haber un error.
—Lamentablemente no lo hay. Si no se presenta hoy antes de las cinco de la tarde, iniciaremos un proceso legal para el embargo de sus bienes.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Embargo?
—Encontrará toda la información cuando llegue. La estaremos esperando.
La llamada terminó.
Durante varios segundos fui incapaz de moverme.
Sentía las piernas de gelatina.
Mi jefe se acercó preocupado.
—¿Qué pasó? Tragué saliva.
—Creo... creo que voy a perder mi casa.
Las palabras salieron apenas en un susurro.
No lloré.
No podía permitírmelo.
Respiré profundamente, tomé mi bolso y salí de la librería con el corazón latiendo tan fuerte que parecía querer escapar de mi pecho.
Mientras caminaba por la acera, una pregunta no dejaba de repetirse en mi cabeza.
¿Por qué una deuda de mi padre aparecía tantos años después?
Sin saberlo, estaba dando el primer paso hacia un destino que jamás habría imaginado.
Un destino que tenía nombre y apellido.
Kael Ardent.