Richard era alto, tenía cuerpo definido, 21 años de edad, pelo ondulado, tes clara, algo callado, pero inteligente, rostro cuadrado y muy pocas veces demostraba cariño a las personas. Lo conocía más o menos porque visitaba mucho a mi amiga que era hermana de él.
El sonido de la puerta no dejó que se diera algo grandioso, ¡qué lástima! Nos pusimos rectos en el sofá para disimular que estábamos solo hablando.
—Puedes traer tus cosas y mudarte aquí ¿sabes?
Dijo Esther mientras terminaba de entrar. Vio mis ojos aguados y lanzándose sobre mí, me abrazó cambiando de tono:
—¡Ay, mi niña! Ya estoy aquí, tranquila...
Sus palabras de madre consoladora me llegaron a lo más profundo. Su abrazo sincero y tierno me hacía combatir con mis lágrimas, pero quería ser fuerte por las palabras de Richard.
Ella no preguntó qué me pasa, solo me abrazó por el simple hecho de que estaba mal. La cualidades de los dos hermanos eran distintas: uno quiero resolver las cosas a la fuerza y la otra con gestos más afables, aunque ambos buscaban que me sintiera mejor y lo lograron.
Escuchaba los latidos del corazón de Esther y sentía paz. Ella me pasaba la mano por la cabellera y me tarareaba una canción. Me conocía bastante.
Después de un gran rato en ese estado, fuimos a su cuarto y allí le conté todo. Se siente agradable tener amigos que te escuchen, te apoyen y aconsejen en situaciones de crisis.
Me habían invitado a colaborar en la parroquia, teníamos actividades de profundo, ayudaba a los jóvenes y eso me hizo distraerme y hasta olvidarme de ese causante de mis lágrimas inocentes.
Estudiaba y además ayudaba a mi padre en su trabajo. Me enfoqué en los estudios y en el servicio tanto laboral como parroquial que no tuve tiempo en pensar en un noviazgo. A veces el intentar conocer y ser comprendida es como cansarse de correr sin detenerse en mirar hacia arriba; recorrer kilómetros de prisa y cuando estamos cansados, heridos y tirados, queremos encontrar de nuestros laberintos la salida.
Un día estaba en el parque de la universidad, adelantaba una tarea. De repente se me acerca un joven y me pregunta:
—¿Me puedo sentar?
Lo miré de reojo y le respondí:
—El parque es un espacio público, no tienes que pedir permiso.
El joven buscaba conquistar o por lo que entendí, quería caer en gracia conmigo.
—La carroza de una doncella no puede ser invadida sin el permiso de ella.
Se sentó con la esperanza de que le siguiera la conversación. Yo estaba atareada con mi asignación, así que solo lo dejé expresarse.
Volvió a intentarlo de manera educada:
—Se nota lo apurada que estás y aunque mi presencia sirba no más que para molestar, déjame una pregunta realizar.
Su estilo de hablar era peculiar, parecía hablar en prosas, pero lo dejé continuar, veamos hasta dónde llega este.
—¡Adelante!
—¿Te gustan las flores?
Y esa pregunta a qué viene. A qué mujer no le gustan las flores. Lo miré con una sonrisa forzada y le contesté que sí. Dio media vuelta y sacó una flor roja, una cayena. Me sorprendió la forma en cómo lo hizo, parecía un mago. También me gustó el gesto, me la colocó entre la oreja izquierda y el moño.
Luego, me hizo unos cuentos de cosas que le había pasado y entre risas y carcajadas, se me olvidó terminar la tarea. Milkar me había hecho la tarde. Produjo en mí un sentimiento que se encontraba dormido. Me dejó su número y hablábamos todos los días, nos juntábamos para comer y hacer tareas en la universidad. Después me enteré que estudiaba literatura por eso su forma de expresarse tan correcta.
El tema que me inquietaba emergió:
—¿Tienes novio?
Preguntó en uno de esos momentos relajados de nuestra conversación. Le respondí:
—Por ahora no estoy concentrada en eso.
—Interesante. Alguien tan hermosa, divertida, responsable y entusiasta no tiene una media naranja, es triste de saber.
—Estoy bien, no necesito por ahora una mitad para ser alguien completa.
—Hasta los versos hacen excepciones para compartir su línea.
—A la luna no le hace ser luna la luz del sol.
—Pero, sin el sol la luna sería una piedra redonda más que flota al rededor de la Tierra en el oscuro espacio. Olvidad por no ser vista ni apresurada por nadie. A veces necesitamos del brillito de otros para ser felices.
Me había quedado sin palabras ante esta comparación. Debía asumirlo, Milkar era bueno con las palabras. Como era chateando que estábamos, sintió que me dejó sin palabras y añadió:
—Correr de lo natural, no te va a hacer antinatural; escapar del amor no implica que no vas a sufrir; si no das oportunidad no sabrás cuál es el correcto.
Así continuó diciendo frases reflexivas. No dejaba de pensar de que él tenía razón en muchas cosas. Quería distraerme en mis cosas para no pensar en lo inevitable, el amor.
Las palabras de Milkar me desglosan como si ya me conociera de toda la vida. Lo de Richard no funcionó porque solo quería vivir un momento, no soy mujer de un momento, merezco más. Es cierto que no existe el hombre de mis sueños, pero existe el hombre que me puede hacer soñar maravillas, tal vez no me lleve a las estrellas, pero me conformo con que me lleve a la estrellita.
Milkar quería una oportunidad y la buscaba a toda costa, tenía labia para enganchar a cualquier mujer, pero... aún no estoy lista para volver a poner mis sentimientos en un colder ajeno.
Mientras pasaban las conversaciones de conquista de Milkar y mi indecisión, llegó la invitación de participar en un campamento en la parroquia. No había podido participar de uno, así que me apuntaré, quiero vivir la experiencia, conocer a profundidad a otros, compartir, otro ambiente, despejar la mente y disfrutar de la naturaleza.
Llegó el día de ir al campamento, entonces nos fuimos para un campo, allí éramos 12 mujeres y 10 hombres contando a los guías y cocineras. Espero disfrutar de este momento, despejar un poco mis preocupaciones.